El Postismo, en mayúsculas, como movimiento literario, se coció en pensiones de baja estofa y sin calefacción. Muchos lenocinios similares salen en mi Llévate el paraguas por si llueve, que no tiene los mismos piojos postistas porque se los comen otras garrapatas más suculentas antes de fermentar al calor del disparo o chorretazo de semen tan negro como el alma cuando está contrita en pos de letras y parto. El mito de los abrevaderos postistas fue la Pensión Garde: sita en el número 41 de la calle San Marcos, correspondiente al inicio del último tramo de la misma, entre las calles Colmenares y Barquillo, justo enfrente del Círculo Medina de la Sección Femenina de Falange, que era un centro cultural. La calle Colmenares termina hoy en la de San Marcos, pero entonces la atravesaba el Pasaje de la Alhambra. Por una puerta de Colmenares, Carlos Edmundo de Ory vería entrar y salir a los elefantes del Circo Price. El Postismo, en diccionarios, es Carlos Edmundo de Ory, Chicharro y Sernesi, pero basta seguir haciendo cata en la autopsia de García Gil (Prender con keroseno el pasado) para comprobar cómo, sí, para otros, caso de Carriedo, Ory se subió al vagón ya inventado el monstruo en Roma por Chicharro, Sernesi y Gregorio Prieto.
Verano en pensiones, pensiones eternas, Pensión Garde de habitaciones espaciosas, techos altos con molduras artísticas, habitaciones con armario ropero, mesa, silla y lavabo. Pensión Garde de catorce habitaciones, duchas y baños afuera, sin calefacción durante todo el año, pasillo largo como paladar de lobo áspero con solo un teléfono en medio, y el recibidor amplio, con un sofá sobre el que lucía una considerable reproducción de La Sagrada Familia del pajarito de Murillo. El dueño, Crescencio Garde, de la provincia de Cuenca, hombre bajito y rechoncho, con cierta retranca pueblerina. Pensión de doce pesetas diarias, incluidas las comidas (los huevos fritos, como las conversaciones telefónicas, se pagaban aparte) y el lavado de ropa. Pensión Garde donde, al azar, coinciden los pintores: Rafael Zabaleta, Antonio Hernández Carpe y Pedro Bueno (y sus dos fox terrier). Un periodista oficial: Juan Arboleya. Los escritores: Ángel Crespo, Rafael Santos Torroella, Ignacio Aldecoa y Carlos Edmundo de Ory (también Sánchez Ferlosio, cuando a veces dormía en un retrete en obras con bañera inutilizada). Pensión Garde, según García Gil: “albergue para eternos estudiantes de oposiciones, de memorizadores de códigos que heredaban chuletas y chinches, además de refugio para artistas y calaveras”. Los primeros versos de Ory, las primeras tentativas sintácticas de Aldecoa, los primeros recitados de Alfonso Sastre que estrena por entonces su Escuadra hacia la muerte, las borracheras iniciáticas de Carlos Martínez Rivas. “En aquellos cuartos se fraguó otro modo de entender el arte y la cultura, otra manera de vivir”, añade García Gil.
Y a pocos metros, en la calle, las tabernas del espíritu, de los temperamentos fogosos y los malabarismos léxicos. Las tabernas donde Aldecoa bautiza a Carlos Edmundo de Ory de modo sacro (“Carlos Inmundo de Orín”) y cita con frecuencia dos versos suyos muy admirados (“Ayer estuve en el cine/ y allí desayuné”). Pensión Garde cercana al café Gijón y que exigía en las tardes de verano las libaciones por las cercanías: subir por Almirante, alcanzar San Marcos y El Colodro, para acabar, no siempre, en Infantas. Tabernas con barras de zinc y azulejos en las paredes, mesas bajas de roble y banquetas, vino en frascas con vasitos y tapas de aceitunas por toda comida. Era, según Ory, La Kasbah: el perímetro donde les fiaban.
Pensiones de entusiasmo juvenil, de animales siempre alerta todavía más en verano, ajenos a “La España distraída de la dispersión estival” (Lord Anson dixit). Armar el libro de versos o cuentos, los folios primeros de la novela o el lienzo clavado en el bastidor y listo para la batalla. Pensiones donde no se está de vacaciones y la imaginación acogota, intimida y exige. Zafarrancho interior, sin techo ni asiento, con los nervios en punta, donde ser bestialmente delicado y joven. Pensiones de Rimbaud, Verlaine, Aloysius Bertrand, Lautrèamont, Rachilde, Wilde, Hoffmann o Kafka. “Lo de bohemios se nos decía porque no nos era nada fácil encontrar una máquina de escribir. Ayer estuvimos juntos Ory y yo, sin poder pasar unos sonetos a máquina”, escribe le escribe Ángel Crespo a Juan Alcaide. Pensiones de lo difícil donde Ory arma su libro de cuentos Kikiriqui Mangó (300 páginas) y, gracias a Max Jacob y Antonin Artaud, toma ya la dirección a seguir: “Loco de dos piernas, el loco; loco de una sola pierna, el poeta”. Cuentos como una descomunal carcajada o el llanto de lluvia más suave, gracias a la pensión.
Pensión Garde de Josefina Rodríguez (novia de Aldecoa), Sánchez Ferlosio y Carmen Martín Gaite, José Manuel Caballero Bonald, Ana María Matute, Medardo Fraile, Manuel Mampaso, José María de Quinto o Alfonso Sastre. Una foto, en pluma de García Gil, para acabar y salir de paseo: “Estamos en el Madrid de las frías pensiones en las que nunca se ponía el sol. El de los cafés de peseta cincuenta con el que unos y otros tiraban sus buenas horas frente a la jarra de agua, que hacían llenar solo de vez en cuando. Y en los que se pedía mucho bicarbonato, porque, como decía aquel genial pintor surrealista, algo alimentará”. Allí la vida iba en serio, en los veranos con mayor ahínco, sin tiempo para estas lasitudes o distracciones de hoy. En la Pensión Garde, como diría Umbral: “había que hacer biografía”.