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TRIBUNA

España-Rusia

jueves 05 de julio de 2018, 20:26h

Fue un partido gris y anodino, el balón iba constantemente de una a otra banda sin aproximarse al objetivo del juego, que consiste – sabrán Uds. – en que atraviese el marco de la portería contraria. El gol que la selección española marcó fue de hecho obra no intencionada de un defensa y el gol ruso resultó de un penalti. Y nada más.

Yo disfrutaba hace años del futbol y llegaba a entusiasmarme con estas ferias mundiales. El exceso del merchandising y la publicidad han acabado por arruinarme el gusto y me impacientan las coreografías que las estrellas del juego ejecutan tras sus aciertos, tanto como me inquietan sus peinados horteras y espectaculares. El gesto se patenta, adquiere pronto una especie de copyrighto se convierte en la firma de marca de un producto comercial. Se ve a niños y jóvenes, en parques y colegios, adoptar la actitud severa de un viejo prócer, en el momento de lanzar una falta en el patio. Ese histrionismo ridículo sería divertido si no respondiera a la estimación social de que gozan los que ya hace muchas décadas se llamaban héroes del balompié. Para mí el futbol estuvo siempre profundamente vinculado al comercio y la publicidad y no recuerdo el tiempo en que, según narraba Alfredo Di Stéfano, el jugador podía incluso detenerse a discutir con el aficionado en la banda. Recuerdo el remate de su biografía, cuando declaraba su molestia porque los locutores usaran siempre la misma expresión: “Di Stéfano marcó ante la pasividad de la defensa”. Una defensa pasiva, decía, sólo servía para desmerecer su juego. Aunque en continuidad con el proceso que ha conducido a la gran feria mundial del futbol, se puede decir que por entonces eran todavía otros tiempos.

Y, sin embargo, el futbol conserva un elemento de realidad bajo la faramalla de la televisión, las ventas o las sugestiones colectivas… un balón y veintidós jugadores sobre un terreno, regularmente dividido y sujetos a unas normas sencillas. Bajo el brillo impostado del escenario sigue siendo visible la habilidad singular, la potencia física, la comprensión de los movimientos colectivos, la fortaleza de ánimo, el cansancio o el riesgo de lesión. Asimismo puede verse la insidia, la turbia intención o la gesticulación impostada. Pero también los símbolos conservan un elemento, aunque desplazado, de realidad: himnos, escudos, banderas. Finalmente la propia figura heroica del juego: ataque y defensa, victoria o derrota. Otros juegos alcanzan una composición análoga pero el futbol es indudablemente el más ajustado modelo de la vida política o de la guerra. La pasión real que lo envuelve puede trascender con facilidad la malla de representaciones torcidas que lo abraza y toda su intensidad se alcanza como trasunto de una tensión nacional o de clase. En la medida en que otorga un lugar – aunque muy contenido – a la singularidad personal, permite recoger las vicisitudes de la vida de cada cual: el héroe abatido o envejecido, el temor a una lesión, la acción determinante y la soledad del ejecutor. Si bien la singularidad es insuficiente, que se lo digan a L. Messi o a C. Ronaldo. Es un juego de equipo en el que el individuo ocupa un espacio propio, singular y notable.

Como es natural un tan ajustado modelo de la vida política o de la guerra ha de incluir alguna suerte de diálogo, de diplomacia y negociación, así como algún remedo de las virtudes políticas. España que en sus mejores tiempos, todavía muy recientes, pasaba con elegancia y prontitud de la diplomacia al ataque, parece hoy convertida en una escuela de embajadores facundos y flemáticos: lentos. Pero también su tolerancia es interminable y así han entrado los contrincantes ante la pasividad de la defensa y la ineficacia del portero, violando una barrera inexistente. Rusia jugó a una defensa fanática, intolerante, sin armas reales inoculó un fervor insensato a sus conatos de agresión, pero buscó un desenlace de fe.

Nuestros jugadores – cónsules del diálogo infinito – practicaron un futbol transversal, entre bandas, en una charla insustancial incapaz de hacer valer su fortaleza. Por su parte, los rusos, coreados por su pueblo, no dudaron de su fe. La lánguida y decadente imagen de nuestro portero y el rostro entrecano de A. Iniesta son un signo del ocaso de aquel juego español, desbordante de retórica pero argumental y directo, que ha devenido hoy obsesionado y retraído como si le gustara escucharse para no decir nada. El viejo Iniesta no pudo enervar el pesado organismo del grupo y el vehemente Rodrigo, aunque descargó un latigazo súbito, careció de la tensión necesaria para estimular la poderosa inercia de un cuerpo caído. Hablando de nada y cediendo ante el menor ataque del otro, nuestra selección ha verificado su carácter simbólico, trasunto de esta España sin verdad y sin defensa.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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