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TRIBUNA

El Refugio

Natalia K. Denisova
sábado 07 de julio de 2018, 19:18h

¿Creen ustedes que la vida se deja taladrar y arrastrar sin lucha? Interesante es la pregunta planteada por Ortega y Gasset. Y, ¿cómo responderla? Observemos nuestro derredor. Busquemos ejemplos, cuánto más alto apuntemos menos ejemplos encontraremos. Desgraciadamente, hoy como en todos los siglos de la crisis histórica, nos quedamos sin individuos con coraje ni ingenio en la escena pública. Los políticos totalitarios, disfrazados por los oropeles de diálogos y compromisos, intentan acaparar más poder; los “intelectuales” que no saben nada ejercen su poderío porque tienen las instituciones a sus ordenes. Los decretazos para controlar la opinión pública y las subidas de impuestos al gasoleo en la época de vacaciones para no olvidar que no estamos en el reino de Jauja.

¿Cómo evitar estas pésimas elucubraciones? Hay que partir por el camino de la sierra de Guadarrama, pasando por la sierra de Gredos, su magnífico parque natural y Arenas de San Pedro a las que sólo proporcionamos un rápido vistazo. No es el objetivo de nuestro periplo. Lo que buscamos son las verdes vegas y frescas gargantas llenas de agua de montaña. La provincia de la Vera, una de las más bellas de Extremadura, nos espera. Valverde de la Vera con su Senado, Villanueva con su rivalidad vecinal con Valverde, Jarandilla de la Vera, Aldeanueva de la Vera y Cuacos de Yuste. Estos son los destinos del camino que han visto a los romanos y a los tartesios. El Senado, que hemos mencionado, resulta ser una junta de los vecinos que se pone cerca de la carretera para controlar cómo va el bus de Madrid: si llega a tiempo bien, si tarda mucho el conductor queda desacreditado. El gesto con que acercan el reloj a los ojos los “senadores” de la aldea es más implacable que el de los romanos en el circo: perdonan la vida al conductor si viene a tiempo, si no…queda como un paria del oficio.

Jarandilla de la Vera fue el lugar del retiro de Caros V, quien se alojó en el castillo de los duques de Oropesa, antes de trasladarse al monasterio de Yuste. Pero antes, mucho antes del emperador, fueron los soldados veteranos de la Augusta Emérita que se percataron de la bondad del lugar y de sus fuentes. El municipium Flavium Vivertorum fue el nombre de Jarandilla, es decir, el municipio de Flavio con aguas vivificantes que bajan desde la montaña en contraste con las aguas estancadas en los pozos. Aquí en el castillo de los condes de Oropesa se alojaba Carlos V, antes de refugiarse en el monasterio de Yuste. El emperador venía allí por un pintoresco y verde camino de doce kilómetros. Sin embargo, el viajero de hoy tiene que estar prevenido de que no es nada fácil encontrar el camino al monasterio jerónimo de Yuste. Faltan señales en la carretera porque las autoridades del pueblo creen que lo tienen que remediar los del Patrimonio Nacional, mientras que los del Patrimonio echan la culpa a las autoridades locales. Las disputas de siempre.

La tierra del pimentón y del tabaco fue elegida por el emperador que dirigía el imperio más grande del mundo. Fue su último refugio. Allí pasó tiempo escuchando a los mejores músicos-jerónimos convocados de todos los reinos de España. Luis Méndez de Quijada fue uno de los pocos nobles que le acompañaron, Martín de Soto ejercía de escribano y el flamenco Van Overstraeten fue su boticario. Juanelo Turriano disfrutó de gran aprecio del emperador: fue relojero que mantenía el gran número de los relojes y entretenía a su Majestad fabricando las figuras articuladas y realizando las obras hidráulicas de Yuste. También Carlos V se ocupó de la educación de una criatura nacida por Bárbara Blomberg en torno a 1545, un tal Jeromín, futuro héroe de Lepanto. Este niño que pronto mudaría de nombre y sería conocido como Juan de Austria fue criado desde su temprana edad en las tierras españolas: Leganés, Villagarcía de Campos y, finalmente, Cuacos de Yuste, donde conoció a su padre, el emperador. El secreto de su nacimiento fue bien guardado hasta la muerte del césar que adjunto una cédula secreta destinada sólo a Felipe II, donde Carlos V reconocía a Juan de Austria como su vástago y encomendaba a su hermano tratarlo como tal.

Estas explicaciones no las encontrarán en el real monasterio. Allí los guías se entretienen hablando de las minucias y flaquezas del emperador, desvirtuando su figura y convirtiéndola en poco más que un cansado glotón que huyó del mundo y de los asuntos del Estado.

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