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Esta noche se parece a un enano que crece

miércoles 11 de julio de 2018, 20:17h

Lord Anson es premiado con los más altos honores: Máster de Oro del Real Fórum de Alta Dirección. Los artículos de Anson son ese enano que crece en mitad de la noche estrellada y a veces en completo desamparo, la piedra en el centro del estanque que multiplica las ondas, una cosita muy pequeña y bien trenzada que pide segunda lectura y crece a cada cata nueva de aire lujoso y acorralado para la ocasión. Cyril Connolly lo dijo de modo inmejorable: “Literatura es todo aquello que está llamado a ser leído dos veces”. Juan Goytisolo incidió en esa línea: “El texto literario debe estar presidido por la resistencia”. Claro, obvio, debe ser difícil entrar ahí, por eso se lee dos veces y a cada lectura somos otros lectores, siempre mejores. Los artículos de lord Anson hacen crecer a la noche y al enano saltimbanqui que llevamos dentro, nos hacen cosquillas, ponen luces nuevas a la navidad del alma por la que comienza un festín absoluto en cada adjetivo. Gimferrer, académico de la Española, lo apuntó en alguna entrevista: “Los premios me acompañan”. España suele olvidar, suele ser mala madre para los creadores, por eso veo bien todos los premios que se den a genios en edad avanzada y que no han dejado un segundo de claudicar, en martirologio permanente, para beneficio de todos, sin una hora vacacional ni ajenos a la belleza.

La España megaeditada e hiperpublicada deja en la cuneta diamantes del tamaño de manzanas y melones. Un buen acercamiento a Luis María Anson es el libro de dos periodistas jóvenes, Daniel Forcada y Alberto Lardiés: Anson. Una vida al descubierto (La Esfera de los Libros). Lo que más me impresiona del maestro son varias cuestiones. Una, el tentempié, el batido de chocolate con sándwich de jamón y queso, la carne a la parrilla con helado de pistacho, y el chocolate, esos breves paréntesis a título de cena o comida frugal que dan cuenta de otra gasolina. Otra, la aparición, tan propia de lo espectral: Anson llega a los actos y se va enseguida, sin perder el tiempo, con mucha cuenta de reloj, evitando lo superficial y ahondando en lo esencial, sin tiempo para vinos (no bebe) o flautas posteriores de todo pelaje. Lo fundamental: la literatura memorística; Anson memoriza textos, poemarios enteros de San Juan de la Cruz o Neruda, y eso da continuidad al discurso, conoce las montañas encrespadas del lujo literario pero también los valles y ensenadas, las caídas, de ese mismo verbo que siempre es curva y toca lo alto para volver a lo bajo en el dibujo de la mejor orografía del mar interior. Por último, su pasión por el teatro, por la palabra hablada, a lo que lleva consagrado desde niño, visitando los teatros de Madrid tres veces por España, estando muy al tanto de la obra de vanguardia, porque ahí hay otro género, literario por supuesto, pero también actoral, la palabra hecha cuerpo, el actor o la actriz que se crecen en el castigo o cuentan no necesariamente con palabras todo un universo de calas artísticas sin parangón. Todo ese Anson, poliédrico y único, radiante y premiado, puede ser modelo para jóvenes en una lección fundamental: la literatura, la palabra, no es un oficio sino, al igual que la pintura, un estilo de vida, una forma de vivir, un modo de vida donde el lenguaje o la sintaxis, a la manera de Valery, es “una facultad del alma”, pero también el mejor estado de felicidad posible, el verbo aromado de vida sin cortes ni tajos indivisibles.

Anson. Una visa al descubierto se lee con los ojos muy abiertos y donde vuelan perlas del fondo marino abisal del tipo: “A mí lo que me divierte es el periodismo. Siempre estoy de vacaciones porque hago lo que me gusta. Las vacaciones son hacer lo que uno le gusta y divierte”. Pero se lo dijo todavía mejor a Juan Manuel de Prada en un librito que he enseñado mucho desde la presente garita (Penúltimas resistencias): “Todavía soy capaz de trabajar dieciséis horas todos los días de la semana”. Ahí está todo, trabajar dieciséis horas y decirnos si mañana tal vez podrán ser veinte, ajenos a la edad y esas horas donde, como quería Baroja, “todas hieren y la última mata”. Daba, asimismo, lección magistral de periodismo, en dos direcciones que muchos olvidan: 1) “La letra impresa nunca perderá su primacía, porque te permite reflexionar, mientras que, cuando ves la televisión, si te paras a reflexionar, ya no ves lo siguiente”; 2) “El periodismo tiene dos facetas. Una es informar; la otra, mucho más arriesgada, consiste en el ejercicio del contrapoder: hay que elogiar al poder cuando acierta, criticarlo cuando se equivoca y denunciarlo cuando abusa”. Las coordenadas explícitas del oficio diario.

La noche de hoy crece y crece, frente al artículo de ese trabajador nato llamado Luis María Anson, al que los años dan premios y no enfermedades. La noche, ese enano tierno y sonriente desde muy adentro, nos lleva a alegrarnos del éxito ajeno y desear más éxito a los gigantes. La vida del hombre apasionado es ejemplo para todas las inconsciencias juveniles.

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