Sumar ocho centurias no es poco mérito y en 2018, la Universidad de Salamanca las cumple y su conmemoración es ineludible. El pensamiento, la ciencia, la presencia y la trascendencia transoceánica que descuellan allí, sumándose como en ninguna otra de España, nos conminan a no obviarla, tratándose de un pilar inmutable de la sapiencia hispánica. Y Salamanca, la blasonada “Ciudad Sabia” como la evoca acertadamente su sobrenombre cual divisa –alcor de inteligencia, alfaguara de conciencia– es en sí misma, su universidad, al dotarla de su quintaesencia, su dinámica y juvenil atmósfera. Cosas de acogerla Roma la chica.
Quizá por ello anteojos y espejuelos pululan en sus serpenteantes y abigarradas calles, a la par del bullicio colegial de sus pupilos. Un equilibrio ecuánime donde se olfatea el comedimiento al estudio sin prescindir del feliz acoplamiento al ocio encausado, que permean a cabalidad la veterocastellana urbe, la animan extendiéndole su halo de vida y convergen en su representativa Plaza Mayor, pues la Universidad no para en un enclaustramiento, al propagarse sus afanes a extramuros, proporcionando a cada ocasión su momento y su divertimento.
Soy afortunado en conocerla. Sucedió en 2002 en pleno año de la capitalidad europea de la cultura. Imposible me era pedir más beneficio y bienaventuranza estivales para deambularla y hasta el Tormes, atento con mapa en mano preguntando a un transeúnte por el afamado puente romano, respondiéndome el amable lugareño que estaba yo situado sobre él. Mi despiste ha sido mayúsculo y asaz divertido. Prosélito por gusto y afición, ya no digamos porque mi actividad va ligada a la educación universitaria, saber la historia y repercusiones de la universitas cristalizada en formaciones sólidas y de forjada raigambre como las posee la de Salamanca –atildada sin parangón– nos recuerdan su ingente esfuerzo realizado alejándonos de un mundo pedestre, para proyectarnos a uno científico y humanista, que abona al razonamiento en detrimento de nuestra más silvestre condición, anhelando que cultura e instrucción provean y engrandezcan.
Disquisiciones aparte, sin adulaciones ni cirigañas innecesarias, su nombre se ornamenta encumbrado, bosquejado con algunos firuletes y orlas a modo. No a diario se cuentan ochocientos años alcanzados y la nacida a finales de 1218 sin conocerse una fecha precisa, tal parece, en este año esboza su pertinente calendario de actividades alusivas, muy nutrido. Y recurro a mi amiga salmantina Ana Cerezo, una antigua alumna de la agasajada, quien solícita me expresa su sentir, apuntando con acierto: “Al igual que el mundo en sus diversas vertientes cambia, también lo hace la enseñanza y no se percibe el entusiasmo por estudiar una carrera universitaria como hace unos años, cuando una –ilusionada– iniciaba la etapa de adquirir conocimiento y madurez en la Universidad de Salamanca, un referente mundial. Pensar en personajes que tanto han contribuido a la Política, la Cultura, la Ciencia, etcétera, no sólo de este país, que es España, sino del mundo entero, enorgullece a cualquier salmantino y a cualquiera de sus antiguos alumnos. Pudiera decirse que este VIII Centenario entusiasma más a generaciones pretéritas que venideras, aun así, es el momento de retomar y despertar en los jóvenes ese regocijo de aprender y, más aún, en una Universidad envidiada por tantos por todo lo que ha dado al mundo, que es mucho y valiosísimo”.
Concuerdo. La máxima salamanquina Quod natura non dat, Salmantica non praestat atribuida a Maese Villalpando, solo agrega lustre al otro soberbio adagio que reza:¡Quien quiera saber, que vaya a Salamanca! Axiomas que nos recuerdan la valía, plenitud, exigencia y reclamo de aquel egregio claustro, cimentado en sus ocho siglos acopiando saber y erudición, incrustándose todo cual remoquete indeleble en el intelecto humano. Aserción de un escenario incomparable de sugestivas edificaciones. Y me remito al cariz americano de la cátedra helmántica por no ser exiguo y por razones muy diferentes a las que pudiera reclamar, verbigracia, la Universidad de Sevilla. Y es que el llamado Canon de Salamanca prorrumpió e inspiró los modelos escolásticos del Nuevo Mundo en tiempos del dominio español. Las universidades y colegios creados en aquella porción del orbe, miraban y abrevaban del prototipo salmanticense –ya sumaba tres centenas de años frente al otrora recién fundado paraninfo hispalense– siendo una suerte de hermana mayor de las academias hispánicas en América, como lo atestiguan las placas colocadas en su sobrado patio de escuelas de modesta composición. La Real y Pontificia de México reprodujo el esquema salmantino, salvo por el hecho de que los alumnos no elegían al rector. Aun así, no era su adlátere, pero si su ineluctable referente, tanto de ella, como de un listado grandioso y colosal en las Indias, que pocas escuelas pueden presumir, enorgulleciéndose todas de ello.
Es que todo abogado ligado a la educación y a la evolución del arquetipo educativo europeo implantado en América, no puede ser ajeno a aludir a esta magna obra, donde se enseñaron las leyes como una tarea primaria. Recordemos que los estudios de jurisprudencia fueron pioneros en Salamanca, imposibilitándonos a omitirla en las alocuciones jurídicas, exaltando su estirpe y su incuestionable impronta por distar de ser cosa menor; por lo cual me adhiero a este aniversario más que redondo y dígase que la de Salamanca goza de un prestigio renovado, bruñido y alisado por un abolengo pulido, otra vez fulgurante.
Como suma de su timbrada exégesis, que apila siglos con alusión transcontinental –una presea más a sumar a su medallero– en que su legado casi épico, no obstante que no se trata de la universidad más antigua de España, sí que la dotó de un particular renombre superlativo de sobresalientes crestas; denominándosela con la aquiescencia del Papa en pleno Medioevo, como una de las cuatros luces del mundo. Nada más y nada menos, refrendando así ser una sede con una anfitrionía excepcional, de órdago, ubicada en una metrópoli que se torna dorada en el arrebol veraniego, atinente a personajes de solera castellana y entregada al pulimiento de sus herrumbrosos cimientos, actualizándose, prosiguiendo su marcha y por consiguiente, no solo viviendo de glorias pasadas. Actualmente continúa aquilatando su plena acreditación, muy tesonera y loable, que alardea de su alcance, tradición y prosapia, perfectamente casadas con el siglo XXI.
Los charros son hospitalarios y por su admirable trayectoria, la Universidad de Salamanca invita a visitar sus formidables recintos y a matricularse. A entretenerse buscando su mimetizada ranita del famoso y recargado frontispicio plateresco, testimoniándolo su feliz hallazgo Fray Luis de León, impávido y anuente. Un ritual de salamanqués que merece efectuarse, igual que contemplar cómo se pergeñan sus clamorosos e inmemoriales vítores por los muros pálidos del casco antiguo. Curiosa y destacable premisa que honra a sus doctorados. La celebro como su campanazo de titulación, ya que este asentamiento académico reviste maneras mayestáticas, otrosí pulcras en su sencillez, después de todo.
La Universitas Studii Salmanticensis nos congrega y nos inspira. Como lo hizo cuando su alumno Antonio de Nebrija publicó la primera gramática del castellano o como cuando acogió a la primera mujer que ingresó a la educación superior española. Como toda institución viva no carecerá de alifafes, pero estoy cierto que tiene un promisorio futuro apoyada en su gallardo pasado, cuyo basamento es la academia no solo española, sino hispánica y sin duda alguna, iberoamericana; que es adarga del conocimiento, nombradía del quehacer intelectual, receptáculo de reputados resultados y manifiesta excelencia; como que la multicitada es de celebérrima notoriedad y festeja por todo lo alto estas ocho centurias, cuya universalidad nos provoca y determina, entusiasmándonos. Van mis felicitaciones.