Soraya Sáenz de Santamaría está siendo la espera. Se sabe apoyada por la cúpula anterior (Mariano Rajoy, Méndez de Vigo y todo seguido) por lo que no espera sobresaltos, sustos, imprevistos, miocardios. Esa seguridad, por decirlo de algún modo, tal vez se confunda desde fuera con la soberbia, como ha subrayado hace pocas horas Pablo Casado, sacando músculo. En cualquier caso esta línea es continuista, a veces hasta el ridículo o el absurdo, como el reciente apoyo del expresidente Zapatero, que no se entiende, viniendo de otras siglas, de otra casa, de la acera de enfrente. Un regalo envenenado, pues esto no gusta nada a la derechona, aunque sea light, guiños cómplices que dan lugar a lo que no son, amistades que no se siguen, etcétera. Soraya está muy tranquila, ni pasa calor ni se despeina, sabe que Mariano no para de llamar por atrás y el famoso vídeo denostándola, en el fondo, la beneficia porque queda como una ordinariez o patada al caldero que no inmuta a sus compañeros exministros, muy serios.
Pablo Casado es la esperanza: la renovación del PP en base a que vuelva lo de siempre. Por ahí están los que ya se saben: Aznar, Esperanza Aguirre… todo seguido hasta Vargas Llosa, según explican los más optimistas. Nadie quiere hablar de la cuestión de género, pero es importante, muchos no ven una mujer en España como futura Presidenta del Gobierno, así de claro. No lo dicen, no lo reconocen, pero tampoco es machismo, sino incultura rasa, falta de libros y de preparación. Lo dijo este fin de semana el escritor Lorenzo Silva: “Mucho, muchísimo más de la mitad de la población española jamás ha abierto un libro”. Nos creemos a veces lo que no somos, y muchos siguen queriendo un varón, joven, apartado del continuismo de Rajoy, al tanto de lo nuevo coyuntural y de lo bueno anterior, para dirigir la Oposición y, si suena la flauta, incluso el Gobierno. Casado va a por todas, no se arredra, sabe que es su momento, y siempre ha estado mucho más cerca de Aznar que de Rajoy en la manera de llevar el carro. Ese es su plus y su mayor desventaja: quitarse el mono o ropaje de conservador cara a unas elecciones abiertas. Ahí, estratégicamente, ha entrado como anillo al dedo Suárez Illana, puro centrismo, con tal de descafeinar el invento y rebajarlo.
Cospedal es la desesperación. A estas alturas no se sabe ganadora, ha decidido apostar por Casado antes que por Santamaría, con quien jamás hubo brindis ni sonrisas sin colmillo. Me dice un resentido, un confidente amigo del Rioja en vaso de sidra, los blazers con botones de marinero, la gomina por kilos, los gemelos, los pantalones blancos, los mocasines con borlas y las camisas, tonos rojos o azules de rayas, escotada hasta el ombligo: “Presuntamente, es la que más dinero ha ganado. Y lo sabemos todos, su simultaneidad de cargos se lo permitía. Ello levanta ampollas”. La desesperación es lo a lo que conduce: primero Casado no, luego Santamaría tal vez, después Casado sí, Santamaría no, y ahora creemos que está en esta línea pero a lo mejor cambia de verso por culpa del encabalgamiento final. De una forma u otra, sospecho, también ha estado más cerca de Aznar que de Rajoy, y en este baile de marionetas de guante, también cuenta mucho quien maneja los títeres desde el teléfono oculto y las llamaditas de socorro.
Casado siempre ha querido un debate con Santamaría, pero la espera y la esperanza jamás han casado bien: una es quietud, si nos fijamos, la otra no deja de moverse. Cospedal siempre ha sabido que Casado es su adversario, porque esperanza y desesperación son igual de nerviosas: lo mismo que ahora se funden en una sola, igual antes del sábado se separan de sopetón, con navajazo incluido. En cualquier caso el PP está muy mal: la sorpresa vino del cielo cuando se supo que lo de sus novecientos mil militantes quedó en nada, era un farol, ahí comenzó la ruina. Cuando se supo que no llegan a setenta mil los afiliados inscritos. ¿Y dónde está el resto? Albert Rivera contestaría con una sonrisa larga, muda, distraída, que vendría a ser algo así como: “A mí no me preguntes, querido, pero tampoco me cachees, porque igual los llevo en el bolso de atrás”. Hasta el sábado queda mucho baile, agarrado y suelto. El tono sube cada día y, si lo pensamos bien, todo es lamentable. Pelean por las sobras y no se enteran.