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TRIBUNA

Sánchez triunfador

jueves 26 de julio de 2018, 20:10h

Regresa el socialismo utópico y volvemos a vivir en un reino de ensueño. A propósito del fracaso escolar el Sr. Sánchez se declara incapaz de entender cómo puede fracasar un niño de 12 años, ese fracaso le parece que “arranca a una edad intolerable para un país con valores como los de España”. Por nuestra parte, es fácil encontrar su consideración excesivamente cicatera y mezquina. En un país con valores como los de España nadie habría de fracasar, al margen de su edad, de su género o de cualquier otro rasgo de su condición. Incluso debería soñar con más vehemencia y atreverse a pedir la retirada del idioma del vocablo “fracaso”: sé realista, pide lo imposible parece recitar el presidente-publicista, empeñado en arrojar un eslogan con cada frase. ¡Cómo no evocar esos reclamos comerciales que niegan límite alguno a nuestra capacidad: no limits, just do it…! El radicalismo del presidente converge sorprendentemente con las consignas de ensueño de las grandes marcas deportivas… No podía esperarse otra cosa de un tan dinámico y deportivo presidente. Se diría que, entre nosotros, el deporte ha adquirido el lugar en la vida humana – ligado a la idea naturalista de salud – que estuvo reservado en otro tiempo a la religión (salus: salvación). La negación del fracaso se pretende hoy una promesa de salvación.

La vieja religión que rigió en la era de desigualdad y la dependencia mutua, anterior al tiempo nuevo de la igualdad y la libertad, conocía un plano en el que esa desigualdad quedaba abolida. En ese terreno de valor absoluto, en el que se jugaba la gran victoria, el fracaso o el éxito sociales carecían de valor. Se trataba de un terreno metafísico, lo que no significa que careciera de efectos reales e inmediatos en la existencia de los hombres: el plano en el que sólo Dios no hace acepción de personas (Hechos 10.34; Gálatas 2.6 etc.) Esa religión prometía una victoria trascendente sobre el fracaso último y radical, el fracaso de nuestra muerte: la gran ruina.

No es ése el orden de pensamiento en que se mueve Sánchez, que sabe coincidir con los grandes hombres – precursores del superhombre –, individuos de éxito o de enorme riqueza como aquel Rizzoli, Dios le tenga en su gloria, que en su lecho de muerte afirmaba que no podía morir, aduciendo una razón terminante: “¡soy el hombre más rico de Europa!” El hombre de éxito condenado al último fracaso. Están claros los valores de España que Sánchez tiene presentes cuando rechaza que un niño o un joven puedan fracasar, los valores de esta España ultramoderna empeñada en negar que la condición del hombre es impotencia, que “el fracaso es la substancia de su vida”, como escribe Gómez Dávila. No un accidente, sino la verdad radical de la condición humana es el fracaso. Frente a esta antropología de la humildad el socialismo residual alza su sueño antropoteísta, su programa delirante de apoteosis del hombre. De hecho se deshace de la dimensión trascendente en que Dios no hace acepción de personas y, aunque pretende la abolición de las diferencias cualitativas entre los hombres, hace de la diferencia cuantitativa o meramente económica, una diferencia real y definitivamente insalvable. Arroja así las mismas conclusiones que el viejo liberalismo económico, del que sólo superficialmente se distingue.

La resistencia del presidente a aceptar el fracaso escolar es la contraparte de su idea de éxito, tan bien representada por Operación Triunfo. Pero estoy seguro de que Pedro Sánchez no quería ir tan lejos y sólo quiso adornarse una vez más con el emotivo humanitarismo, que tan bien se vende, oponiéndose a la imagen de un niño condenado al fracaso ante la severa autoridad de un profesor sin corazón. Pero si el presidente no reconoce lo que su emotiva declaración encierra es sólo porque padece de cierta inconsciencia. Si el fracaso le parece ya repugnante, ¡qué diría el presidente progresista de mi propuesta! Una propuesta que juzgo de enorme importancia y absolutamente improbable aceptación, relativa a una nueva asignatura a incluir en el plan de estudios: ahora que vuelve a hablarse de la Educación civil o ciudadana, ahora que vuelven a proponerse contenidos – obligatorios y no alternativos a la religión – de carácter ético. ¿Cómo juzgaría el presidente la inclusión – atenta a la fórmula consabida de Educación para… - de una nueva asignatura bajo la rúbrica Educación para la muerte? Como recoge un título de F. Hadjadj no hay éxito con sentido que no pase por triunfar en la muerte (réussir ma mort). No hay mayor victoria que consagrar el/consagrarse al gran fracaso.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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