Inmediatamente después de la explosión atómica, apareció sobre la ciudad de Hiroshima un gigantesco hongo. Media hora después se desató una tormenta de fuego que barrió la ciudad. En el momento álgido de los incendios se generó un tornado en la zona norte de la ciudad. El humo y las nubes negras se desplazaron hacia el oeste y dejaron caer la lluvia negra que hizo caer la radioactividad. La lluvia era de color negro y muy espesa. Los peces de los ríos murieron, el ganado sufrió graves diarreas por comer hierba impregnada de aquella sustancia. En la ciudad de Nagasaki las cosas no fueron diferentes. Así termina su crónica de Los cuadernos de Hiroshima Kenzaburo Oé.
El calendario japonés se inicia desde cero cada vez que un emperador sucede a otro. Así, desde 1926 hasta 1989 la era transcurrida se conoce con el nombre de showa. Después de arrojar sus bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, los norteamericanos siguieron realizando ensayos nucleares cerca del Japón en el atolón Bikini, situadas en el Pacífico Sur. La radioactividad afectó a 239 habitantes, de los que murieron 49 en los doce años siguientes. También fallecieron 28 observadores meteorológicos norteamericanos y 23 tripulantes del pesquero japonés Dragón de la Suerte que faenaba en la zona. Vaya metonimia de la celebración anual de la catástrofe que no ha dejado de tener lugar todos los 6 de agosto desde 1963. Fue ese ensayo lo que provocó un interés renovado por la discusión pública, que concluyó en la celebración de la Primera Conferencia Mundial en 1955, al año siguiente.
El Cenotafio Memorial por las víctimas de la Bomba Atómica es un monumento conmemorativo situado cerca del epicentro de la aciaga explosión. Se trata de un arco de hormigón diseñado por Kenzo Tange, que también diseñó el Parque Memorial de la Paz, dos lugares de los que va y viene el escritor Kenzaburo Oé, Premio Nobel en 1994. En el Cenotafio cualquiera que se acerque podrá leer esta frase: descansad en paz, pues el error jamás se repetirá. Una impresión que el lector no tiene después de acabar su lectura.
Los hechos que más se repiten a los largo del texto, además de las muertes por cáncer que contraen las víctimas que sobrevivieron a aquella fecha fatídica, son los heridos que arrostran unas cicatrices queloides, producidas por un crecimiento en la superficie dañada del tejido cicatricial durante el proceso degenerativo que sucede a una quemadura. Las protuberancias irregulares pueden recordar al caparazón de un cangrejo. Durante muchos años en Eba, ciudad situada a cinco kilómetros del epicentro de la explosión, siguieron produciéndose muertes por anemia o por leucemia hasta hoy, y han pasado 73 años. Catorce años después de la explosión Alain Resnais estuvo allí filmando Hiroshima, mon amour, sin conocer realmente el peligro al que estuvieron sometidos todas las gentes que sobrevivieron a aquella primera muerte.
No deja de resultar paradójico que los actos conmemorativos dirigidos por el Consejo de Prefectura de Hiroshima estén constantemente zarandeados por la injerencia de los partidos y las asociaciones que desde hace tantos años se disputan entre ellos el protagonismo de la celebración. Un estudio de 1960 demostró que el 7% de las víctimas tenía sesenta años o más. Hasta 1957 no se creó una Ley de Atención Médica para las Víctimas de la Bomba Atómica. Básicamente la Ley facilitó que las víctimas pudieran acogerse a distintos complementos y tratamientos.
Desde el 6 d agosto de 1945 hasta el año de la celebración de la Primera Conferencia Mundial en 1955, los americanos obligaron a las víctimas a guardar silencio. A finales de la década de 1970 se estimó que en Tokio vivían 10.000 víctimas de la bomba atómica. Entre 1954 y 1964 se realizaron 367. 413 chequeos médicos. Algunos médicos japoneses reconocerían que las terapias de la ingesta de alcohol y los baños calientes aliviaron los terribles dolores de las víctimas.
El hospital de la Bomba Atómica de Hiroshima, principal objeto de atención de Resnais al filmar su documental ficcionado, atendió desde septiembre de 1956 hasta agosto de 1965 a 210. 954 pacientes externos y 2.248 internos, de los cuales 404 (el 17,9 %) fallecieron. En dos momentos Oé trae a colación sendos pensamientos de Camus y de Celine. A Camus porque el escritor francés desmitificó la palabra santo en una de sus obras. Camus estaba interesado en saber cómo se llega a ser un santo siendo, como era, ateo:
-Justamente, se puede llegar a ser un santo sin Dios; ese es el único problema concreto que conozco hoy.
Y Celine: la gran derrota en todo es olvidar, y sobre todo lo que te ha matado, y diñarla sin comprender nunca hasta qué punto son hijoputas los hombres. Cuando estamos al borde del hoyo, no habrá que hacerse el listo, pero tampoco olvidar, habrá que contar todo sin cambiar una palabra, todas las cabronadas más increíbles que hayamos visto en los hombres y después hincar el piso y bajar. Es trabajo de sobra para toda una vida.