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TRIBUNA

Los dos lados de la valla

viernes 03 de agosto de 2018, 20:20h

Del otro lado de la valla se agolpa una población africana, joven y fuerte, capaz de soportar el esfuerzo de un largo viaje en condiciones muy duras y con el deseo de afrontar mañana el tramo final que les permita plantar pie en Europa. ¿Qué Europa conciben esas muchedumbres en busca de una vida mejor? ¿En qué sentido será mejor su vida europea?

A este lado de la valla habita una población europea, envejecida y débil, que apenas puede soportar su vida diaria, a juzgar por los índices de suicidio y la extensión creciente de los trastornos psicológicos. ¿Qué Europa conocen esas poblaciones agotadas? ¿De qué carece esa vida europea languideciente?

Desde la perspectiva humanista abstracta tanto da un lado como el otro de la valla y la constatación misma de su existencia significará un baldón para el observador. La valla es simplemente fenoménica o aparente. Un espejismo: su existencia es un accidente histórico cuya realidad se agota en la superficie – superestructural – de las divisiones sociales o históricas determinadas en el fondo por una economía que puja por hacerse definitivamente global. No habría que insistir en ver la valla, habría que derribarla de nuestra percepción para hacerla desaparecer del horizonte histórico o externo en que persiste. Pero ésta es la imagen que propagan, precisamente, los defensores de la economía global, agentes del comercio cósmico, debeladores de fronteras. Verdaderos ejecutores del humanismo idealista. El hombre económico, esa abstracción de una ciencia que rehúsa la historia, se resuelve en fuerza de trabajo o se ajusta al concepto ultramoderno del ciudadano de un estado democrático que ha logrado, por fin, su forma política definitiva: la de un estado tolerante o comercial en que todo hombre disfruta su estatuto terminante de trabajador-consumidor.

Desde esta perspectiva, dominante a este lado de la valla, la vida mejor que anhelan del otro lado se resuelve en la mayor renta per cápita, en los altos índices de consumo. Cualquier valor – en nombre de una tolerancia sin confines – se resuelve en magnitudes económicas y el resto se deja estar al albur de un relativismo de límites imprecisos. Libertad con el único obstáculo de la libertad ajena. Añádase a esta imagen del presente una oscura voluntad de expiación (Finkielkraut) derivada de la explotación histórica ejercida por la vieja Europa, acaso necesaria para alcanzar el horizonte sin trascendencia del final de la historia. Una temerosa conciencia de culpa que aguarda su castigo, culpa por un colonialismo atroz practicado por Europa en las tierras de procedencia de esas muchedumbres del lado oscuro de la valla.

Potentes y victoriosos los colonizadores aportaban la civilización, vencidos y hoy colonizados se esfuerzan por preservar su precaria identidad cultural y se señalan como indígenas de Europa. Pretenden – en este reflujo inesperado de la marea colonial – esquivar un contragolpe que, sin embargo, aguardan con una oscura voluntad de expiación, fruto de varios siglos de crítica contraria a la Europa que dio forma al mundo. La misma Europa en que España ocupó un lugar marginal y contradictorio pero en la que ha quedado integrada, al precio de mutilar su continuidad histórica, arriesgando su subsistencia misma. ¿Pero somos muchedumbres de hombres sin atributos, hombres insubstanciales que, sin origen ni procedencia, estamos construidos para la producción y el consumo?

El aterrador sueño de esa democracia cosmopolita que inaugura la era interminable de la paz perpetua se realiza ante nosotros. La paz perpetua semeja una guerra infinita: “microfísica, capilar, dispersa” y la democracia cosmopolita es un mercado sin fronteras, saturado de banalidades y con una explotación técnica sin precedentes del rendimiento humano en el trabajo y el consumo. Del mismo modo que el sueño comunista de realización del reino de Dios en la tierra arrojó más bien un acabado trasunto del infierno, el sueño liberal – más cicatero y precario – amenaza con producir su propio modelo de un infierno desagregado e individualista, un infierno de unidades egolátricas y desnutridas de toda sustancia espiritual o comunicativa.

Sin embargo, del otro lado de la valla, los luchadores en busca de una buena vida no se han desprendido, al menos de momento, de todo criterio antropológico de una vida buena. Me pregunto si esa concepción de una vida buena se avendrá a limitarse a la calidad de un valor entre otros, en el mercado de los estilos de vida, asumiendo el relativismo sin confines de nuestra vaga tolerancia. ¿O acaso, pese a su debilidad económica, las muchedumbres que asaltan la valla tengan la pretensión fuerte de salvar esa Europa mortecina de su propia disolución democrática?

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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