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ORIENT EXPRESS

A trompadas en Roma

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 12 de agosto de 2018, 19:56h

Resulta que una holandesa y una italo-estadounidense se han agarrado a trompadas en la Fontana di Trevi por ver quién ocupaba el mejor sitio para sacarse un “selfie”. Llevadas por el afán de autorretratarse ante una de las fuentes más bellas del mundo, han terminado en un duelo a puñetazos y bofetadas en plena Roma de los Papas. No es que esto sea una novedad en la Ciudad Eterna, que ya lo ha visto todo desde el triunfo de Lucio Emilio Paulo Macedónico en el año 167 A.C. hasta el Saco de 1527, pero este episodio sí nos dice mucho de uno de los males que aquejan al ser humano en nuestro: la superficialidad, el narcisismo y la masificación de la experiencia del viaje. El desmesurado culto del autorretrato llevó ya hace unos años a que prohibieran los palos de “selfie” en los grandes museos de España, Francia y el Reino Unido desde el Prado hasta el Británico. Preocupados por compartir imágenes y ganar signos de aprobación entre sus seguidores en las redes sociales, muchos se olvidan de admirar la belleza que tienen ante sí. Ellos pasan por los lugares, pero los lugares no pasan por ellos y vuelven a sus casas sin la transformación que el viaje podría suponer.

Hubo un tiempo en que el viaje era una experiencia sólo al alcance de unos pocos. Aventurarse por los caminos, explorar rutas desconocidas o hacerse a la mar era un desafío lleno de peligros. Desde que Ulises emprendió su viaje a Ítaca o Abraham partió de Ur de Caldea para ser padre de pueblos numerosos como las estrellas del cielo, sabemos que quien viaja no sólo se desplaza físicamente, sino que algo en su interior ha de conmoverse para que el viaje sea completo. Así, sin ese estado de la mente que supone la apertura a lo desconocido y la aceptación de la maravilla, el desconcierto y aun el milagro, no hay viaje en el pleno sentido del término. Hay quien se pasa la vida a bordo de los aviones pero, en este sentido, no ha viajado jamás y hay quien, como Plá, puede convertir una viaje de cien kilómetros en autobús en una experiencia conmovedora.

Hay economías que dependen del turismo, pero son la memoria y la historia de la humanidad quienes están en deuda con los viajeros. Gracias a ellos, conocemos nuestro pasado y podemos encarar nuestro futuro. Antonio García y Bellido publicó dos libros maravillosos que explicaban cómo eran España y los españoles hace unos dos mil años según la “Geografía” de Estrabón y según Pomponio Mela y Plinio. En la dedicatoria del primero de ellos, recodaba a Arganthonios, rey de Tartessos, “el primer español de nombre conocido que supo admirar a Grecia”. Tras estos griegos que veían en el mar no una barrera sino un puente -de ahí la felicidad de Jenofonte y sus compañeros cuando avistan el mar y corren hacia él alegres- llegaron los españoles y los portugueses que surcaron los océanos y dieron la vuelta al mundo.

También hay quien navega por desiertos de arena y piedra. Recuerdo la increíble historia de Yúder Pacha, nacido en Cuevas de Almanzora allá por el siglo XVI y muerto en Marrakech en 1605, que atravesó el Sáhara con un ejército y conquistó Tombuctú. Esta estirpe de viajeros se ha perpetuado hasta nuestro tiempo en hombres como László Ede Almásy de Zsadány y Törökszentmiklós, cuya vida fue mucho más intensa y llena de aventuras que la mostrada en la película “El paciente inglés”. En ese firmamento de reyes y reinas de las dunas figuran Freya Stark, lady Lester Stanhope y Gertrude Bell y tantos otros desde Pedro Páez, natural de Olmeda de las Fuentes, que se adentró en el Nilo azul antes que Burton y Speeke, hasta Teilhard de Chardin y su Misa sobre el Universo en pleno desierto del Ordos.

Hay motivos muy distintos para echarse a andar y lo verdaderamente importante no es tanto el destino como el camino. Ignacio de Loyola marchó a Jerusalén y todos sus planes parecieron frustrados, pero terminó fundando la Compañía de Jesús y cambiando el mundo por completo. Ya Dante recordaba en el siglo XIII que “sólo es peregrino el que camina hacia la tumba de Jacobo, romero es el que va a Roma, palmero el que marcha a Tierra Santa”. A veces uno debe echarse a andar sólo para descubrir que Dios ya había dado el primer paso y echaba a correr, como el Padre Misericordioso, al encuentro de su criatura. No en vano se dice tradicionalmente que el viaje a Tierra Santa es el “Quinto Evangelio”. Una de las inscripciones más antiguas del Santo Sepulcro se encuentra tras el altar de la capilla de los armenios y reza “Domine ivimus”, “Señor, llegamos”.

La masificación y el turismo irresponsable amenazan no sólo los grandes destinos, sino la esencia misma que ha hecho del viaje una de las formas más profundas de aprendizaje y descubrimiento de Dios, del humano y del mundo. Estas dos personas que la emprendieron a golpes frente a la Fontana di Trevi revelaron con su conducta que no habían entendido nada de la maravilla que tenían ante sí y que hubiese debido llevarlas a conmoverse por la belleza que ante ellas se alzaba. Esa visión de la fuente pudo haber sido, quién sabe, una experiencia transformadora, pero sólo dio lugar a una escena lamentable.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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