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La pobreza segura es alegre

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
lunes 13 de agosto de 2018, 20:09h

La melena blanca le hace paje del lenguaje. Vende libros en la calle (a un euro) y su paz, a ráfagas, simula la del perfecto artesano, cofrade de una raza en extinción similar a la de los auténticos escritores (los de papel y pluma, sin teclados ni botones). Llama la atención el chaleco de fantasía, la camisa blanca muy arrugada, el pantalón negro de pingüino de un luto interminable (¿el fin de la era Gutenberg?). Me siento junto a él, veo sus ojos como dos carbones encendidos, el gesto ratonil, rostro que es mucho antes mapa y humo. Me habla, entre miradas torvas y gesticulaciones raras, de la pobreza rasa: “El rico dedica todo su tiempo a las riquezas sin darse cuenta de la gran felicidad que podría tener al perder así su alma, cosa que no le sucede al pobre. Los ricos están llenos de úlceras, infartos y dinero, y los pobres sólo aspiran a ser ricos. Los pobres son sanos y alegres, y los ricos son tristes y pálidos. Aunque los ricos tienen mucho campo siempre andan preocupados por si llueve, cosa que le trae sin cuidado al pobre”.

Te acercas a los bohemios por aquello que decía Álvaro Pombo en un pasado incierto: por su dureza, por su radicalidad, por su resistencia. Tu gurú dice verdades como puños y te embriagas de ellas bajo el sol más cariñoso y tuerto: “El pobre, aunque solo tenga un bocado de comida diaria, es feliz si no trabaja; en cambio el rico, aunque se mate trabajando, siempre quiere más y le da el infarto. Hay quien trabajando se hace rico, pero es más seguro jugar a las quinielas. Los ricos son egoístas y gordos, y los pobres son cristianos y más bien delgados. Los ricos hacen mejor el pobre que el pobre rico. Se puede ser pobre con coche y rico con bicicleta. ¿No te das cuenta? El rico tiene mucha comida y esto le engaña a sí mismo y no es feliz temeroso de que se la quiten; en cambio, el pobre es feliz aunque hambriento. El rico siempre vive asustando al pobre y el pobre al rico. Si a un hombre le toca la lotería se convierte en rico y cambia. Los comunistas, no te vayas a pensar, también tienen ricos y pobres, pero con otros nombres”.

“¿Es cuestión de ambición?”, pregunto, taimado. “El rico tiene muchas cosas y cada vez quiere más, aunque no sepa qué hacer con ellas ni dónde ponerlas; en cambio, para el pobre alegre es grande su pobreza”. “¿Es cuestión de felicidad?”, pregunto, con los ojos ya abiertos como platos. “El pobre es más feliz porque tiene lo justo para mantenerse, mientras que el rico tiene tantos problemas que siempre tiene úlceras”. “¿Es cuestión de avaricia?”, me levanto. “El rico es avaro y está lleno de impuestos que le preocupan; y el pobre siempre es pobre y sólo tiene riquezas para poder subsistir”. Sonrío antes de soltar a bocajarro: “Entonces, ¿es sólo cuestión de divertirse?”. Me responde de seguido, también en pie, como más animado: “El pobre, si es sano y sin ambiciones, lo pasa muy divertido. En cambio el rico por mucho que se divierta siempre se aburre, nunca está tranquilo, pues siempre hay alguien vigilándole para quitárselo, no puede ni confiar en su comida, puede estar envenenada; el pobre, como no come, no tiene ese peligro”.

Le compro un libro de los suyos, nuevecito y casi sin abrir, y me premia con una despedida digna del mayor poeta: “La pobreza segura es alegre. Los pobres tienen menos preocupaciones. El rico vive, espléndidamente, engañado por su riqueza. Los ricos no quieren repartir algo y luego se quedan sin nada. Los ricos tienen bancos, y los pobres también, pero para dormir. Muchos ricos desearían no tener dinero para hacer cosas que no pueden hacer los pobres. El rico es pobre, pues vive inquieto y receloso, mientras que el pobre es rico porque le queda poco de vida. El rico tiene el carácter absurdo de ser ambicioso, que le hace marcharse a sitios absurdos para escapar de su preocupación”.

Muy bien, todo claro. El dinero no tiene nada que ver en la distinción entre pobres y ricos. Camino, no me aparta la vista de encima. Cuatro o cinco metros más allá, me vuelvo, y le grito muy fuerte con las manos haciendo bocina: “¡Los pobres son más libres porque los más ricos están hoy todos en la cárcel!”. Él hace también con las manos bocina, pega un salto de gigante y grita más fuerte que yo: “¡No te fíes del todo! ¡Míralas por dentro y verás cómo ésas que llamas cárceles son palacios! ¡No te fíes, Calamar!”. Me hace gracia lo del Calamar, habrá que saber si es por la tinta de la escritura o esa otra de la confusión, siempre más rentable a la hora de vender libros.

Diego Medrano

Escritor

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