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MENÚ DE POBRE

¡Calla, coño, que te pego una hostia!

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 17 de agosto de 2018, 20:19h

Pensamos, cándidamente, que el pasado no se mueve cuando jamás se está quieto. Los maestros de la Historia (Paul Preston, Raymond Carr, Stanley Payne, Gibson…) nos enseñan cómo el pasado es lo que más se mueve. Bajo la chumbera repaso un Umbral muy específico: el de su análisis personal/político del socialismo vivido (La década roja, El socialfelipismo) y el de la Santa Transición como decisión de cambio del pueblo español (Y Tierno Galván ascendió a los cielos, A la sombra de las muchachas rojas). Me he reído lo mío con una anécdota que cuenta en La década roja: cena en Lhardy, cena de copete y florete del mejor periodismo, entre los presentes Luis María Anson y Javier Pradera, juntos y dialogantes al principio. Pasan las horas, y ante el culturón de Anson, ante su dicción y erudición apabullante, ante su trilla pormenorizada y exégesis de la cultura, ante su verbo brillante, lujoso, cráneo privilegiado, la mejor cabeza amueblada de España, embrujo y pura hoguera verbal, Javier Pradera pierde los nervios y suelta a voz en grito, pálido y roto: “¡Calla, coño, que te pego una hostia!”.

Parece una nadería pero no lo es. Siempre es igual: la cultura como pose, dentro de cualquier ideología, sí, pero su cata profunda, ni hablar. Paco quería mucho a Luis María y es emotivo, por la desaparición del primero y la edad avanzada del segundo: “Anson es el alumno que les explica teología a los frailes, como explica monarquía a los monárquicos, en las cenas, república a los republicanos, literatura a los escritores y diseño a las diseñadoras. Su didactismo, empero, no le hace pesado, sino impertinente como se debe ser, en su justo punto, confesional y ameno. Solo es tolerable la impertinencia de la cultura o el talento, que es la que practica Anson. (…) A Anson se le recibe siempre como un ministro y se le despide como a la reina madre”. Umbral murió en agosto, nadie hace ya la onomástica debida.

Otra reina, no madre sino consorte, Carmen Romero, es protagonista de una anécdota similar: en Moncloa quería hablar de literatura, tenía muy metido dentro su Sevilla natal, los vinos negros, el barrio viejo, la literatura que enseñaba a estudiantes perroflautas y para la que vivía. La generación del 27, del 98, los poetas andaluces, el Nobel de Aleixandre, etc. Felipe, harto, cansado, despectivo… estalla una noche para sorpresa de todos los comensales: “Bueno, muhé, calla ya”. La muhé, sí, fue quien becó –según Cela y Umbral- a 150 escritores del momento, filiales y compañeros; la muhé echó un cable a las plumas jóvenes del momento, pero no él, de quien Umbral deriva todo el fenómeno de la beatiful people y esa pasión por el dinero o lujo social que no cabe en un socialista/comunista de base. Y ello –lean los libros- la primera que lo ve es Romero, tal vez, como primer anuncio de su divorcio o separación. Calla, coño, o te pego una hostia, nuevamente.

Me lo decía un escritor rentista, que jamás se propuso vivir de los libros, Gerardo Lombardero, sobrino de Manolo Lombardero, consiglieri interino de Lara (Planeta), que cuentan se hizo rico con la venta a crédito de libros: “Para la derecha la cultura es un adorno, la cuelga y descuelga del perchero según le conviene; la izquierda la odia profundamente, no entiende qué es eso de un señor haciendo versitos o pintando monas, que no está en el andamio”. Todo es mascarada, todo es pose, todo es espuma y ola pero no fondo abisal; profundizar no, mientras el asunto quede en juego de manos, mímica, lenguaje trilero y cubiletes baratos como tapones de botella. Tenía esperanza en los parlamentos de Monedero, pero pronto le cortaron el riego, hablaba claro, a doble espacio y con buen tamaño de letra, jamás le oí oscuridad a título de coartada sobre Laclau, Marx, Gramsci o Perry Anderson. Qué pena que no le diera casi tiempo a explicar por qué Laclau desayunaba champán en el Claridge y otros hoteles de lujo internacionales.

Los tiempos de mordaza se acabaron. Creo en esa cultura que, aún intimidatoria, impertinente, súbita, ayuda a subir escalones y no bajarlos. Lo cantó Antonio Machado y nadie le hizo caso: “¡Qué difícil es cuando todo baja no bajar también!”. Creo en Anson y en Carmen Romero y en poner sobre la mesa lo que te hierve dentro aún con el cuchillo de la faltriquera entre los dientes por si llueven bastos. Lectura no solo es esfuerzo sino digestión, emulsión y combustión. La moda es lo contrario, un guante más del engaño, no entrar demasiado en la espesura no sea que me atrapen, magia Borrás de la que al rascar se decepciona hasta la uña. Postureo, dicen hoy los jóvenes cuyas madres seguro fueron jais entre ilusión y priva chachi.

Diego Medrano

Escritor

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