TRIBUNA
Miseria de los zapatos
sábado 18 de agosto de 2018, 17:35h
H. G. Wells pasó la mayor parte de su infancia en la cocina de un sótano. La ventana daba a un pasillo encajonado y cerrado por un enrejado, delante de la ventana de la tienda de su padre. Me lo puedo imaginar. Cuando Wells miraba por la ventana, en lugar de ver -como los niños de una educación superior- la cabeza y el cuerpo de la gente, veía su base. Intuyo a que se refiere Wells, pero suponiendo la moda de la época no creo que Wells se refiriera a otra cosa que no fueran precisamente los zapatos, y sobre todo la suela de los zapatos.
No conozco a nadie que haya hecho una oda de los zapatos salvo que habláramos de Pablo Neruda, inundado de odas, o de un viejo comunista que me enseñó a atármelos por medio de una argucia que desde entonces me ha venido muy bien porque sólo me los tengo que atar al levantarme por la mañana. Supongo que es lo único que he aprendido del comunismo, lo cual no es poco. Mi comunista, además, siempre me aconsejaba que comprara los zapatos más caros, unos zapatos que me sirvieran para el verano y el invierno a la vez, y que me envolvieran bien el empeine, pero me lo decía cuando yo era muy joven, es decir, cuando yo era muy pobre, y él, en comparación, muy rico, porque tenía trabajo.
H.G. Wells, pese a todas las circunstancias inconmovibles, no estaba afiliado a ningún partido, ni comprendió nunca el movimiento obrero, pero hizo más por el socialismo, probablemente, que nadie. Por eso recomiendo que se lean Miseria de los zapatos, un folleto le llamó su editor, quien, en realidad, es un cuento que tiene de todo, y que me acabo de encontrar escondido entre el polvo de la Historia mientras zarandeaba una estantería, igual que si me hubieran vuelto a visitar con la escoba mis hadas madrinas, las hadas de la investigación.
La verdad es que los niños en general hacíamos como Wells cuando conocíamos a otros niños en la escuela: los conocíamos por sus zapatos. Como dice Wells un hombre empieza a ser alguien por sus zapatos, no por donde se suba los pantalones, y así como Wells conoció a toda clase de tipos sociales, así conocí yo las clases sociales, incluso lo que yo representaba dentro de mi familia en un conjunto interminable de varones a los que me incorporé el último, quizá porque dentro de una familia numerosa también hay clases, especialmente si te has incorporado después de una guerra civil.
Quizá haya que empezar a hacer el recuento de los zapatos para establecer el punctum de la situación real de la crisis, de las clases y sus luchas, aunque mi amigo el comunista no sería nunca un buen referente dada la singularidad que siempre manifestaba hacia los zapatos y especialmente hacia los suyos. Mira, estos son los zapatos que te tienes que comprar, y si quieres te llevo a la tienda en la que adquirí éstos. Yo miraba sus zapatos y, ciertamente, ponía cara de filósofo, porque como dice Wells en este cuento magistral pensar en los zapatos es un serio asunto de filosofía.
Después de tanto tiempo no he acertado a comprarme los zapatos que me convienen: esto debe de ser una cosa parecida a dar con la mujer ideal. Ninguno de los zapatos que me compro se ajustan definitivamente a mis pies, exactamente igual me pasa a mí con los sistemas, los gobiernos, la gente del poder, los sindicatos, los partidos, las iglesias, y tutti cuanti. Un día metí un pie en el agua y el dedo segundo de ese mismo pie no volvió jamás a la vida, y ahora mismo hay tres dedos nuevos del pie izquierdo que han dejado de hablarme y de mirarme, como si se hubieran despedido de este mundo para siempre.
Lo único cierto es que una de cada diez personas sufre por sus zapatos, especialmente si son nuevos. Wells, reunido con su amigo, hizo una clasificación de la miseria de los zapatos, del mal de los zapatos. Lo resumo: los zapatos suelen estar hechos de malos materiales. Los zapatos nunca están hechos a la medida (la industria ha acabado con los buenos artesanos). Los zapatos suelen desgastarse por la suela, y esto hace que las chicas que acuden al trabajo y caminan largas distancias acaben por distorsionar sus columnas -todo lo cual me afecta y hace que me ponga furioso con un mundo que las trata así-.
Digo que veo al rey con sus zapatos nuevos, y le envidio. No se parecen a ningún otro calzado; son como dos grandes zuecos negros de goma, y la goma se explaya por encima de sus suelas sosteniendo al rey como si sostuvieran al Régimen, pues sus zapatos también se han hecho del Régimen, y yo no sé cómo podría hacerme con unos zapatos similares, pues también me miro al andar. En casa vivo un reinado de los zapatos insoportable, y no me atrevo a rebelarme. Los zapatos de mi mujer campan por sus respetos. Se han salido de sus celdillas y cajones, y me veo en la obligación de caminar con denuedo, con sutileza, comiéndome las injurias por dentro, porque los zapatos me persiguen, me hablan, me detienen, me hacen perder el equilibrio, me acosan, me atosigan; siempre están a mi lado y, a veces, me sorprenden, como si en vez de una mujer vivieran conmigo cien. Sé que un día de estos un zapato me derrotará.
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Historiador
JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.
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