Las lagartas finas del papel moaré, clase alta y mansiones tiernas, vuelven a enseñar su colección de candelabros en las entrevistas estivales. La plata orla, la plata brilla de otro modo, la nobleza en metal siempre queda bien, algunas todavía sin desterrar cortinones y suelo persa en su abolengo. La realidad es que, tal y como están las cosas, dichos talismanes no son adornos, sino que a la luz de la luna todas los usan para ir al cuarto de baño a echar un pis. Las compañías eléctricas y de gas recibieron 1,5 millones de quejas durante el 2017, ha publicado la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC). La cosa está imposible. Consumo, facturación y cobro de luz eléctrica son la democracia real: nos equiparan a todos en la misma pobreza simpática, la de la vela y las babuchas a escondidas.
Los mejores barrios, los portales de pedigrí, los pisos de mil metros, el ascensor de jaula, todo eso que vale un potosí, a las cuatro de la mañana, si miramos hacia arriba desde la acera, todo son lucecitas de aquí para allá como el simpático árbol de navidad de los desheredados. Los más poetas, con la pantallita del móvil, que luce y gasta menos, el caso es no encender una bombilla, porque la cosa está que arde. Asunto curioso en el dato antes vertido: los grupos empresariales o de consumo privado son más estables que el mercado libre de solitarios individuos. Nos ha jodido: en el trabajo nadie enseña el candelabro, allí todas las luces son pocas, pero la oscuridad del hogar muestra los ojos del gato (solo los ojos) de un miedo que crece por el pasillo y llega a la cama, y de ahí al techo y a la parte alta de las persianas. Ciento y pico euros de luz, doscientos, trescientos, quinientos… esto no puede ser. Es un dinero y una fortuna, hay que gastar menos. Saca el mechero, Manolo, que esto lo soluciono yo con esas esculturas que tiene mi madre encima del aparador. Al baño, con mango de plata, como debe ser.
El asunto va por territorios. Galicia fue la que más reclamaciones presentó (7,5 por cada 100 clientes) luego Castilla La Mancha (5,9) y Madrid (4,9). La Rioja fue la que menos (1,6), tal vez por culpa del vino, tinto de verano y de invierno, que ayuda en eso de cerrar o abrir la pupila según las horas. Murcia, en el sector del gas, lideró las quejas (7 por cada 100) y le siguió Castilla La Mancha (6,9). Los manchegos se quejan mucho en luz y gas, ya se ve, eso de estar moviéndose todo el rato del interior a la costa y viceversa lleva a unos cabreos de campeonato. Del total de quejas presentadas: el cuarenta por ciento en el sector eléctrico y el treinta y cinco en el del gas natural. Quejas siempre telefónicas (78% en gas y 61% en electricidad) y muy demoradas, sin miedo a colgar, seguro porque no saben si el teléfono va por gas o por electricidad. Los consumidores domésticos reclaman su derecho al Precio Voluntario al Pequeño Consumidor (PVPC) pero todo el mundo se hace el longuis, nadie con la cartera en la mano es pequeño, a todo el personal con más de un par de bombillas podemos sacarle lo que no está escrito, desde los higadillos hasta la glotis, el caso es empujar y no pedir perdón. El pequeño consumidor es, en realidad, el grande, lo que pasa que hay que vestirle de pequeño para que no se entere ni se lo diga a los vecinos. Menos es más, por supuesto, y aquí el que no corre, vuela, porque el chollo siempre es el engaño adulterado, algo así como la metáfora que en guapo dice una cosa y en feo lo contrario. Pongamos un ejemplo castizo: La vedette que vive de la huerta. En cristiano: Alquilar el coño. Toda factura es una metáfora que en papel dice una cosa y, después del quite de la cuenta bancaria, otra muy diferente… ¡Ay, señor, señor!
Los mejores pisos de las millas más caras, de los kilómetros ceros más céntricos, de las zonas residenciales más in, de los chalets más jet, de los dúplex más high, de los loft más low, a eso de las cuatro de la mañana, en busca de un vaso frío de leche, son una peregrinación con un solo foco y alguna que otra caída por este lifting que nos están haciendo a todos. En no sé qué libro sobre Cela, no recuerdo, de un secretario, que hizo tres o cuatro muy seguidos, decía que Marina obligaba a hacer las fotocopias en casa por la noche, para ahorrar. Todo vamos a hacerlo por la noche, y por el día, ya se sabe, a robar como se pueda la luz del sol, para justo eso mismo, para más noche y menos conciencia pobre o depauperada, con la recarga propuesta. Goethe, en el lecho de muerte en Weimar, lo tuvo muy claro al no dejar de repetir: “¡Luz, más luz!”. Por supuesto, en tales condiciones, la de la despedida última y ceremoniosa, es siempre bueno dejar el pufo al que viene detrás, para que se acuerde de nosotros y no nos olvide, que según Jaime de Mora y Aragón, experto en tales lides, era siempre el mayor de los fiascos.