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TRIBUNA

Autorretrato

Juan A. Hernández Les
lunes 27 de agosto de 2018, 20:49h

De vez en cuando les veo llegar junto a mi casa. Vienen por separado. Cada uno conduciendo su coche. Juntos. Uno detrás de otro. Él es mayor que ella. Y él siempre sale del suyo para entrar en el coche de ella. No lo hacen a cualquier hora del día. Lo hacen de noche. Les miro furtivamente. ¿Qué hacen? Hablan. Sólo hablan. Lo paradójico es que son viejos, sobre todo él, porque una mujer, lo que se dice una mujer, es muy difícil que llegue algún día a conocer la laxitud, o la derrota, salvo que haya salido retratada en un aquelarre de Goya. Con la argucia de mi paseo interminable me hago el longuis, aunque sé que me presienten. Imagino toda clase de historias en relación a su furtividad. Si esta relación es clandestina, me siento interesado por saber cómo han podido mantener durante tanto tiempo esta relación. Quizá ahora no haya sexo. O quizá todo empiece ahora. En este caso, si el sexo puede esperar, ¿qué arguyen, qué traman? ¿Querrán eliminar a alguien? Puestos a eliminar, sus víctimas no deben andar muy lejos de aquí, dado que éste es un lugar apartado, y estamos en el campo. A lo mejor, sólo vienen a hacer tiempo. Después de todo, al cabo de una hora se marchan. Coge cada uno su coche, y toman, curiosamente, la misma dirección, la misma carretera. Quizá sólo quieran eliminar su amor, su largo amor adúltero.

Mientras pienso en ellos mi cabeza se va a la gente que no tuvo nunca la oportunidad de alcanzar este dichoso estado. Etienne de la Boetie, que murió antes de los treinta. Schiller, que se empantanó en los cuarenta. Camus, y Murnau, ambos muertos en accidente de coche también en la cuarentena, o Kierkeggard, que apuró los cincuenta.

Precisamente ayer salí de un funeral acompañando a dos ancianas. Y las dos tenían tantas ganas de seguir viviendo como yo. Les dije que tenía un amigo que deseaba morir, por viejo, y lo consideraron inaceptable. Así que cuando las dejé en su casa para volverme a la mía la cabeza se me fue a la pareja de ancianos que buscan mi hogar para escapar de algo o de algunos, y contarse cosas con la misma fruición con que los jóvenes que entran en un coche se las cuentan también.

Cuando Víctor Hugo cumplió los 70 tuvo el encanto de seducir a Marie Mercier, que no pasaba de los 22, y a Judith Gauthier, célebre por su belleza. Pero incluso después, en la impotencia, se contentaba con mirarlas, tocarlas y besarlas. Por lo cual hubo de seguir escribiendo libros que las sedujeran. No sé si mi pareja se limita al tacto y al beso como Hugo, pero la vejez es tan productiva en tantos órdenes de cosas que fijaros: Sófocles escribió Edipo en Colono a los 89 años, Voltaire publicó lo mejor de su obra en sus últimos 20, y Goethe hizo el Fausto ya octogenario. Poco antes de morir, Hugo declaró que no había dicho ni la milésima parte de lo que había dentro de su corazón. Tened la certeza de que lo bueno viene ahora, amigos. Ahora es cuando ya podéis poneros a escribir. Ya tenéis historias. Sólo os falta la paciencia, como diría Baudelaire. El proyecto de escribir es, como dijo la Beauvoir, una tensión entre un rechazo del mundo y cierto llamamiento de ese mismo mundo. Gerón no significa sólo ser viejo, significa el derecho de la ancianidad, privilegio, diputación. Al fin y al cabo ya decía Gorz que la juventud es una inercia menor para moverse. Escribir es la única estrategia que tiene el hombre para soportar la vejez, si ha empezado a practicarla desde niño.

Esta pareja de viejos que viene a mi hogar una noche sí y otra también quizá hayan vivido toda la vida en ese pudor interminable del engaño. Quizá habrán llegado al final, y estén escribiendo su libro de las legaciones, de los hijos que no son, y los hijos que son. Hemos vivido, y capitulamos. Esto para ti, esto para mí. Mañana les contamos todo. Les decimos nuestro amor. Que hasta aquí hemos llegado. Que nunca más volveremos a asustar a nuestro vecino con nuestras cuitas., y extraños encuentros. Así les veo, ahora, de nuevo, todavía no se han decidido a dar el paso, pero lo que traman es importante, intuyo que es cosa de amor, y que están a punto de cancelar, cual Tristán, cual Isolda, el cruel engaño.

Juan A. Hernández Les

Historiador

JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.

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