León ha dado dos premios Cervantes: Antonio Gamoneda, Jiménez Lozano. Dos flamantes académicos de la Española: José María Merino, Luis Mateo Díez. Dos clásicos inmortales fuera del tiempo: Campos de Castilla (Machado) y Castilla (Azorín). Dos sementales de la novela: Julio Llamazares, Gustavo Martín Garzo. Dos líricos del cuento: Antonio Pereira, Juan Pedro Aparicio. Dos poetas torrenciales: Leopoldo Panero, Victoriano Crémer. Dos líricos de lo mínimo: Josefina Aldecoa, Andrés Trapiello. El lenguaje más cercano a los clásicos imaginable: Delibes. Y una raza entera periodística, la de Jesús Torbado, fallecido recientemente, que por delante tenía a Manu Leguineche (con quien firmaría la histórica Los topos) y, por detrás, sin barroco alguno, conecta con Pérez-Reverte o el propio Miguel Delibes.
Recuerdo las palabras escritas de Pedro Cuartango, cuando era director de El Mundo, también en alguna entrevista televisada, al explicar que un libro del que jamás se había apartado era el clásico de Miguel Delibes: Castilla, lo castellano y los castellanos (Planeta). Ahí está el canto más sincero a una manera de ser austera, profunda, ajena a la fanfarronada, incluso árida pero no menos verdadera. Cuartango (de Burgos) conecta con Delibes (de Valladolid) en una misma tierra o bildungsroman (novela de iniciación o formación). Torbado era un artesano de la palabra, un mago del lenguaje, un periodista de la luz, tuvo premios (Planeta, Alfaguara), ventas millonarias (El peregrino; novela de la que sale todo Coelho) y humildad, modestia, humor, carisma. Tiene un clásico en Cátedra (La ballena) y textos históricos sobre la memoria del dominio español en Sidi Ifni (El imperio de arena) que unen reportaje y novela (a la manera de otra colosal: Yo, Pablo de Tarso). Torbado sabía de qué iba el martirologio de la Olivetti, e incluso tuvo tiempo para su canto mesetario, descarnado y bíblico sobre su propia tierra, la que aquí glosamos: Tierra mal bautizada (decía sobre sus orígenes algo que vale para cualquier parte: “Nunca un escritor nacido en León podrá ser leonés… porque nunca le echarán una mano”).
Dignidad del hombre y paisaje cultural están embridados en el escritor de la calle Zapaterías de León, donde nació, y quien hizo del viaje honda vocación histórica además de ojos luminosos, abiertos como platos. Su manera de ser campesina (ajeno a la voz engolada y la faca), reservado pero amable, niño de posguerra, trabajador ajeno a camarillas y trepadores de cucaña, le hizo ser solo fiel al tema y al estilo, y a poéticas que muchos deberían enmarcar en lo alto de la celda de trabajo: “No vivo de la renta. Fama no tengo, y si los editores confían en mí es porque les mando nuevas novelas”. En el día de hoy (Premio Planeta) lanza la hipótesis de qué hubiera pasado si la República hubiera ganado la guerra. Gancedo, periodista del Diario de León, describía así su pequeño mundo en su crónica y homenaje: “Torbado era periodismo de calle y cuneta, viajero mochilero y lecturas febriles”. ¿Hay algo más? Sí, lo que decía otro castellano de Cuenca, otro campesino privilegiado de las palabras y sus milagros, Raúl del Pozo: “No aprendí a ser periodista en la escuela ni en la universidad, sino en la puta calle, en los aeropuertos, en las casas de socorro. Empecé cuando las crónicas se enviaban por télex, como las señales de humo de los indios, hasta ahora que entran por correo electrónico en la página. He sido reportero, cronista de sucesos, corresponsal en el extranjero y he cubierto conferencias y hasta bautizos. Jamás pudieron atarme a una mesa de redacción y cuando me hicieron jefe durante algunos meses mi gestión resultó un desastre. No tengo otro capital profesional que mi nombre y mi apellido. Para mí el arte de escribir es un juego, una aventura. Vale más lanzar una piedra que una palabra, el que escribe se proscribe, pero yo no hago otra cosa desde que tenía veinte años. Tengo un amor adolescente a este oficio y tal vez por eso llamo la atención de algunos jóvenes escritores, sobre todo de los airados” (A Bambi no le gustan los miércoles).
Torbado era calle, viaje, luz, documentalista y guionista, siempre morral y zurrón hacia lo insólito y desconocido. Labrantín de las letras, algo que ya no se estila, directivo de Televisión Española con los años (Estudio abierto, Directísimo, 300 millones) pero siempre juntaletras y corresponsal bélico (primera Guerra del Golfo para El Independiente). Las corrupciones (1966) enamoró a Cela y no paró hasta convencer a Fraga (de gallego a gallego iba el canto), censura de por medio, de su publicación en la editorial recién fundada por él, Alfaguara. Su vida fue lección de oficio: un hombre enfrentado a unas teclas duras, marmóreas, a redacciones de plomo y ginebra fresca, junto al sabio arte combinatorio de las mejores palabras en el mejor orden. Zurrón o morral, alpargatas de esparto, cara de bueno, recetas como escudos: “Prefiero la emoción al asombro”. ¿Su riqueza? Medio centenar de títulos entre novelas, cuentos, crónicas y reportajes. Su franqueza última es culpable de esta lágrima furtiva que ahora derramo: “Soy un honrado artesano que hilvano varios hechos. Ni me creo un genio ni aspiro a serlo”. ¿Dónde coño está el reemplazo de estos paisanos gloriosos de una sola pieza?