El tour de Sánchez por Hispanoamérica ha finalizado demostrando, por enésima vez, que el mal que le agobia es la estulticia crónica y la ideologización extrema. ¡El diálogo! ¡El diálogo! Diálogo reclama Sánchez allá por donde vaya. ¿Los venezolanos huyen del tirano Maduro? Hay que dialogar. Cataluña está arruinada y al borde del conflicto civil. Es menester dialogar. Pero, por muchas majaderías que diga, nadie puede compararse con la ministra de trabajo. Legaliza un sindicato para una actividad que todavía es ilegal y luego intenta desmontarlo, diciendo, como si fuera Luis Enrique o Cholo Simeone, “me metieron un gol”; todo esto revela que la ministra carece de una solvente política laboral y que la preparación del personal que la rodea es escasa. Parecería que la única vía que le queda al sindicato denominado OTRAS, creo yo, sería su plena integración en la UGT. Medida que mejoraría sus condiciones de trabajo, diversificaría el ocio de los sindicalistas y aumentaría la cartera de clientes de las trabajadoras sexuales.
¿Qué respuesta hay a estas y otras políticas insufribles del gobierno? Pocas hay políticamente correctas. ¿Qué decir de PP, Cs, Vox, Podemos? Silencio. Me temo que todos adaptaron la misma estrategia del viejo proverbio: virgencita, virgencita, que me quede como estoy. El debate político está reducido a quién es más de derechas y quién es más “moderno” y “liberal”. Nadie quiere pronunciarse sobre la realidad que nos rodea. Y la realidad consiste en el enfrentamiento civil en Cataluña y en la paulatina pauperización de los españoles. Para decir algo sobre las dos cosas hace falta coraje, inteligencia y argumentación.
Pocos, si algunos, políticos están por esta labor porque las encuestas lo que expresan es el letargo ciudadano. La mayoría de la población ha adaptado los patrones del comportamiento de las élites políticas: perfil bajo y que no me toquen. La vida y las relaciones cotidianas son la prueba de que la censura severa se ha apoderado de la sociedad supuestamente “diversa”. Tenemos que controlar las palabras permanentemente y no se puede expresar las opiniones políticas siquiera en compañía de amigos.
En fin, España necesita políticos y no polichinelas. Anhelo tanto a Fernando como a Isabel, al yugo como a las flechas…