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TRIBUNA

Putos machos

domingo 02 de septiembre de 2018, 20:44h

En este eclipse sin mañana de la realidad se multiplican los signos del final. Nada escapa al movimiento, a la incesante fluidez de la voluntad y cualquier afirmación o disposición, cualquier declaración de imperturbable quietud es motivo de escándalo. Lo que ayer era execrable y maldito es al momento admirable y hermoso. La prostitución que fuera pecaminosa, resultó pronto sólo socialmente reprobable – en cuanto que forma extrema de explotación – y acabó convertida en opción o preferencia, una vía laboral aceptable y enriquecedora, siempre que las condiciones de su ejercicio resultaran higiénicas y sujetas a las condiciones de un mercado libre. Al fin y al cabo, la industria del sexo se reconoce como un sector productivo en ascenso en numerosos países, con áreas muy diversas y diferenciadas y hay numerosas voces que piden computar su actividad en el cálculo del producto interior bruto.

La ministra de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social (la sola yuxtaposición de esos tres campos es un signo esquemático de ultramodernidad) puso el grito en el cielo tras conocer la constitución – amparada por su ministerio – de un sindicato de prostitutas en Barcelona. La ministra movió inmediatamente a la abogacía del Estado al objeto de impugnar los estatutos del mentado sindicato. El registro de la organización sindical de trabajadoras sexuales (OTRAS) no incluye ningún error de forma y la impugnación – dice la ministra – se basará en “cuestiones de fondo”. Admirable.

Pero el acrónimo de la organización es tan liberal y ultramoderno (OTRAS) que no creo equivocarme al prever que su defensa se hará en nombre de la liberación y la tolerancia, es decir, en términos de las mismas ideas-fuerza de la modernidad en cuya vanguardia creía estar situada la ministra Valerio, justo al lado de Carmen Calvo. Ambas piensan que la prostitución no es compatible con la igualdad entre hombres y mujeres, cuando es evidente que lo es de derecho, lo sea o no de hecho. Nada impide pensar en varones dedicados al oficio y en condiciones semejantes a las que sufren de hecho una mayoría amplia de mujeres. Si los hombres practicaran la prostitución en un porcentaje equivalente y en condiciones comparables se habría alcanzado la tan deseada igualdad. Recuerdo hace décadas la oposición a las pasarelas de moda en que las mujeres – se decía – eran reducidas a mero soporte de una mercancía en función de una figura socialmente definida bajo la patriarcal hegemonía del macho. Las pasarelas son recorridas hoy indistintamente por hombres, mujeres y otros géneros – o incluso sexos – en condiciones paritarias y el discurso en su contra ha desaparecido. Otros géneros y sexos, como son otras – las OTRAS por antonomasia – las prácticas sexuales que alberga el mercado del sexo, no sólo al margen de la institución binaria de la pareja, olvidado hace tiempo el matrimonio sacramental, sino incluso directamente antagónicas a esa forma binaria de relación amparada todavía por el poder constituido, signifique esto lo que signifique.

No me cabe duda de que las ministras encontrarán el modo de evitar reconocer que la igualdad de hombres y mujeres en cuanto que mercancías sexuales resultaría una igualdad en la humillación y la desgracia. ¿Acaso dirán que la compra-venta de servicios sexuales en condiciones de libre concurrencia en el mercado no depura la práctica misma de su vileza sustantiva? ¿Dirán acaso que el mal radica en la prostitución misma y no únicamente en las condiciones de explotación en que se practica? ¿Dirán que el ejercicio voluntario de la prostitución no la legitima? Si la prostitución puede de algún modo juzgarse un oficio, en alguno de los sentidos clásicos del término, no parece que pueda concebirse como un trabajo, al menos todavía: mientras la realidad conserve, siquiera sea arruinada, su forma esquemática; mientras permanezca inamovible un elemento de realidad antropológica. Afirmar ese elemento estable supone siempre un riesgo: “Donde todo está en movimiento y además en la misma dirección…estorba el que está parado”, escribió Ernst Jünger. Las ministras no defenderán su posición de manera sustantiva, sino ocasional o adaptativa y deberán ir avanzando por la senda que sus principios dibujan, hacia el horizonte que indican las vanguardias de nuestros días.

Quien mantenga firme la verdadera humillación e indignidad que la prostitución de suyo implica, habrá de disponerse a recibir el impacto de los elementos que se mueven aceleradamente en la dirección sin objetivo del progreso.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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