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Novillada nocturna

José Suárez-Inclán
martes 22 de julio de 2008, 22:08h
Son las once en punto de la noche, leo un libro de viajes en la terraza de la casa de mi amiga Isabel bajo un cielo estrellado de luna menguante, casi llena, indiferente a las ráfagas de ruido que en la ronda, que separa la ciudad del campo, dejan coches y motos cada pocos segundos con ritmo regular. En la isla de Menorca, la más oriental de las Baleares, anochece antes que en el resto de España y esa oscuridad temprana parece alejar los acontecimientos del país, como si de otro lugar y de otro tiempo se tratase. Y en ese preciso instante -ti-ti-ti; ti-ti-ti- el sonido intermitente del móvil me indica que he recibido un mensaje. Llega de la capital, departamento de comunicación de la plaza de toros de Las Ventas, y dice textualmente: “Madrid. Novillos de Salvador Domecq. Antonio Nazaré aviso silencio, aviso silencio y silencio. Juan Carlos Cabello 2 avisos pitos y silencio. Mario Aguilar vuelta y herido en el sexto”. En el calor sofocante de este veinte de julio, la plaza semivacía pese al retraso crepuscular del espectáculo y los precios de saldo de los billetes, con la ciudad hundida en el sopor dominical de vacaciones, los novilleros y sus cuadrillas se han vestido de luces, sedas y azabaches, para alcanzar la gloria extemporánea del toreo. Gloria solitaria, satisfacciones personales al valor y a la destreza que, en el silencio de piedra de los tendidos aún ardientes del coso madrileño, se han saldado con avisos, silencios y heridas; sin galardones, con desolados fracasos.

Se sigue preguntando uno “por qué”, desde este mar, pionero de los “por qués”, padre de estas fiestas primarias y complejas, rituales y artísticas, brutales y cruentas, de tan sofisticada humanidad como anacrónica sensibilidad. Y entonces suena de nuevo el ritmo metálico de otro mensaje: “Madrid. Rectificación: Antonio Nazaré ha saludado una ovación desde el tercio a la muerte de su segundo novillo, tras escuchar un aviso”. Y parece venir en la rectificación una alegría breve, un “menos mal”, el alivio modesto y esperanzado, la dignidad recóndita que se esconde tras la ovación de la afición fiel y cabal, por breve que sea.

Rasgan la noche los vehementes rebuznos de un burro, que suenan antiguos, alegres y rotundos, desafiando a los tubos de escape en la negritud del campo de acebuches, cuando un tercer aviso ilumina de nuevo la pantallita del teléfono: “Madrid. Parte facultativo. Mario Aguilar: puntazos corridos en ambos muslos y erosiones múltiples. Pendiente estudio radiológico, se traslada clínica Fraternidad”.

Y me vienen a la memoria las hermosas palabras que escribiera Juan Ramón Jiménez en su composición “Toros de noche”: Un landó negro, desvencijado y lento, lleva entre la brisa que llena la noche honda como de puntas de estrellas, a los toreros. Frío su oro y helada su plata, en la luz de yeso de los arcos voltaicos de la Cibeles que lanza su surtidor abierto, parecen peces de otros planetas. (...) Esta noche, al verlos, tan solos, tan agonizantes, tan caídos, con su plata y su oro funerarios, los he sentido un poco héroes.
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