Algo une a Rosa María Mateo y a la difunta Pilar Miró: ambas son hijas de militar. Mientras una creía en la autocrítica y la parodia como vías de evolución (todos recordamos la mofa de Javier Gurruchaga para con el entonces presidente del gobierno, Felipe González, en la figura de un enanito entrevistado por una falsa Victoria Prego) la otra comienza su política de tajo y cuchillo jamonero (afilado en la sombra por Begoña Alegría) al que el golpe de muñeca hace veloz en la crueldad sin la menor cautela o raciocinio. Esta prensa recuerda a la de otros tiempos (militares) y voy a poner un ejemplo, relacionado con esta casa, para ejemplo de todos, donde, sí, la autocrítica despeja el camino sin que los árboles más altos nos impidan ver el bosque.
Luis Maria Anson dirige el ABC entre 1983 y 1997. Una de las primeras medidas que toma es –voy a contarlo, debido al espacio, en un lenguaje sucinto y popular al máximo- llenarlo de rojos. El diario es conservador, liberal, pero el director cree en pluralidad, la norma de la casa debe ser la de señalar la excelencia allá donde ésta se produzca y así empiezan a escribir rojos de mucho pedigrí: Rafael Alberti, Marcelino Camacho, Pasionaria, Fernán-Gómez, Arrabal, Alfonso Sastre, Nieva… se monta un jaleo con Umbral: los lectores no toleran su presencia, y tienen que salir el propio director (Anson) y uno de los columnistas estrella (Ussía) en su defensa. Umbral acabaría dejando el periódico con un testimonio muy divertido: “No sé si el ABC lo lee mucha o poca gente, me basta con que lo lea uno, me lo encuentre por la calle y me rompa las gafas de una hostia”. Sánchez Dragó, entonces ya no maoísta, escribe a Anson para colaborar en sus páginas, le cuenta que ha cambiado y la respuesta del director no puede ser más franca: “A mí, Fernando, me gustaba cómo era antes”. Eso es pluralidad, eso es abrir el puño, eso es pensar desde el diferente, civismo.
Es inadmisible, desde toda óptica democrática, el giro de Rosa María Mateo en la santa casa de RTVE, nuestra televisión pública para TODOS. Programas anulados de Informe semanal sobre los primeros cien días del presidente del Gobierno, creación de la inesperada plataforma Por una RTVE libre a cargo de los trabajadores en los que se lanza un manifiesto que aboga por “evitar el atropello y las represalias” donde se denuncia “el intolerable número de ceses y nombramientos afines”. Una administradora única, provisional y supuestamente a la espera de un concurso público, lleva desde el verano haciendo lo que le da la gana con un ente público, Rosa María Mateo desatada y con el cuchillo jamonero entre los dientes. Organigrama partidista donde lo prioritario es el control editorial. Purga desde directivos, editores, responsables de área, interinos o presentadores (el último en caer Javier Cárdenas). Todo, desde el verano, previo a la elección de un presidente y un Consejo de Administración de RTVE por vía parlamentaria y con la fórmula acordada de concurso público. Manipulación, manipulación y manipulación con la guadaña de la censura al fondo en paisaje árido.
Un libro viejo (1994) es de lectura inmediata y obligatoria, a cargo del ex corresponsal de TVE en Alemania, Manuel Piedrahita: El rapto de la televisión pública (Noesis). En él se recoge el concepto de “televisión del Estado”, a cargo del pasado Luis Solana, donde quien ganaba las elecciones debía organizar información e imágenes sin más injerencias. Una barbaridad. La opinión de Piedrahita es que el director del ente no debe ser solo un buen gestor sino que debe creer en la televisión de la sociedad, por encima de las aspiraciones electorales de los partidos. En un artículo reciente Piedrahita lo decía más claro: “Mientras no cambie el estatuto, RTVE seguirá siendo coto del Gobierno de turno”. Justamente, lo que se omite, el Estatuto que rige la empresa impide maniobras similares (Estatuto de 1980, consensuado entre PSOE y UCD). Conclusión, también de Piedrahita: “La Radiotelevisión Estatal tiene de pública solo el nombre”.
Se escrutan y cotillean los currículos ideológicos, el examen es ideológico, partidista, algo que Pilar Miró creía en hacer solo desde la profesionalidad. La hazaña la apunta Piedrahita, sucedida en 1990 en el entorno de los cursos de El Escorial, una Pilar Miró públicamente enfadada con el Estatuto anteriormente mentado y a micrófono abierto: “El director general en ningún caso debe ser nombrado por el Gobierno, sino por consenso de todos los grupos parlamentarios. Dudo mucho que los consejeros de RTVE puedan ser independientes mientras sean nombrados por los partidos”. ¿No es un derecho la opinión pública libre? ¿Por qué los tribunales no actúan? ¿Puede el Gobierno de turno aleccionar al ciudadano informativamente como las dictaduras más cerriles sin principio de contraste a su libre antojo? ¿Dónde están la pluralidad y la imparcialidad? ¿Dónde la información rigurosa, veraz y libre? Sectarismo desde Torrespaña, pérdida de derechos, interminable número de ceses, nombramientos afines.
Aquí no puede una persona hacerse dueña del cortijo y organizar una vendetta masiva a su libre antojo. Begoña Alegría, directora de Informativos, nos toma el pelo con sus declaraciones: “Los puestos en esta casa no son vitalicios”. Todos los editores de Telediarios renovados, así como los jefes de todas las áreas, salvo Cultura, además de los adjuntos. Medio centenar de cambios, según cálculos, entre lo que se ve y lo que no se ve en imagen. Los de la patada en el culo más fuerte han sido Sergio Martín (Los desayunos) y Jenaro Castro (Informe semanal). La mejor respuesta es un buen ataque: no sintonicen RTVE desde sus televisores ni aparatos de radio. Nadie tiene que decirles lo que tienen que comer. Que ellos, y sus conciencias, sean quienes repitan del mismo plato todos los días. Que baje y baje su audiencia hasta preguntarse qué lo motiva. “La libertad y la salud es lo mismo”, decía Mauriac en Francia, a quien las presentes dietas hubieran crispado.