11 de septiembre de 2018, los separatistas catalanes celebran mañana su fiesta, ¿están mejor o peor que hace seis años, en 2012, cuando movilizaron lo que no está en los escritos para que Mas iniciara un asalto al poder que acabó el año pasado, 2017, con un golpe de Estado liderado por Puigdemont? Es obvio que están peor, porque después de tanta y cruel tabarra no han conseguido la independencia. Y, además, les quedan pocas esperanzas de que la separación sea más o menos inmediata. Tampoco estarán muy contentos si miran el futuro que les espera a algunos de sus líderes: los golpistas encarcelados pueden recibir una condena severa. Tanto es así que los de ERC ya están avisando de lo que se les viene encima: sangre, sudor y lágrimas…
Sin embargo, por otro lado, han conseguido cargarse un Gobierno de España y, lo que es peor, colaborar para poner en la presidencia del Gobierno a un político que les da cariños y carantoñas. Los separatistas, sí, son los apoyos principales del Presidente de Gobierno de España, pero eso no les da seguridad alguna para que mañana consigan su cruel crimen: romper una nación…
Entonces, ¿qué nos cabe esperar a los que defendemos la unidad de España, según es concebida en la Constitución de 1978? Poco y malo, o sea, algo parecido a lo que sienten los manifestantes del 11-S: sangre, sudor y lágrimas, porque a los separatistas catalanes, como a los independentistas vascos, no les basta con ser feliz, sino que necesitan, como diría Groucho Marx, que los demás sufran”.
Esto no tiene solución. Ya lo dijo Ortega: solo puede conllevarse.