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Ceesepe: Toulouse-Lautrec en Madrid

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 11 de septiembre de 2018, 20:03h

Se fue, a los 60 años, el gran esteta de la llamada Movida madrileña. Medalla de Oro de las Bellas Artes y un marginal para las galerías. El eterno husmeador de cómics del Rastro, el bohemio con oficio, el trabajador incansable. Fernando Castro Flórez ha sido el único en dar con la dirección adecuada y en recoger el testimonio privado más público y desconocido del autor: “No quiero tener nada que ver ni con Alaska, ni con Mario Vaquerizo, ni con Fabio McNamara. Ni compro sus discos, ni sus libros ni nada de eso. Ni aunque me los regalen. Yo no quiero ser un bote de Colón ni salir anunciado en televisión”. Tenía todo el orgullo del oficio, un pintor auténtico y renovador, nada de gilipolleces ni amateurismo ni toda esa gallofa de no saber de nada y, encima, como todos los anteriores, explicitarlo a cada paso. La Movida, en abstracto, unió el intento con el logro, pero hoy conviene separarlos. No jugaba a ser pintor sino que lo era: íntegro, sin devaluaciones, muy bueno, ajeno a trepar por la cucaña y amarillismos.

Ouka Lele ha dicho, a su muerte, algo muy gracioso: “Teníamos a Tolouse-Lautrec en Madrid y no nos dábamos cuenta”. Igual no se daba cuenta ella, pero muchos lo sabían: Ceesepe empieza sus colaboraciones con Miquel Barceló, Javier Mariscal y Pedro Almodóvar, sin bajar el listón y muy seguro de lo que hacía. Su pintura es festiva, multicolor, toreros con camisas floreadas y monstruos del underground, un Nazario que quiso saltar de la calle al papel. En la senda misma de El Hortelano y García-Álix, artistas de una pieza, repito, que no deben confundirse con la infame turba del micrófono o del venderse rapidito, calentito y muy bien de parné. Viene del pop, como ha demostrado Castro Flórez, de Peter Phillips y, sí, también del cabaret de Tolouse-Lautrec o del mundo onírico arrebatado de Chagall. Según Castro, crítico al que venero: “Sus personajes vienen a materializar el paso o el traspiés calamitoso desde el hipismo hasta las más sombrías adicciones, la pesadilla turbia en la que queda claro que aquellas ilusiones con las que comenzó una utopía estética y lúdica terminaron en un mundo degradado. El underground y la escoria”.

Exposiciones en Nueva York y París, portadas de discos, estudio de cien metros en la calle Mayor, papeles de colores y brisa de Gauguin desde la ventana mientras fuma humo bajo de melancolía. Javier de Juan, compañero de oficio, vecino de puerta, dio en otra diana metabólica: “Carlos nos enseñó a muchos que no hay diferencia entre el dibujo y la pintura (nos daba la risa llamar cómic a los tebeos, ya ves), entre un cómic y un mural, entre un cartel y un óleo. Todo era arte. También el cine, sus cortos de Bombita, la fotografía con la que trabajaba los últimos años. (…) Hay artistas inclasificables porque empiezan y terminan en sí mismos. Porque su mundo, su ojo, su mano y su entendimiento no se pliegan a tendencias, modas o demandas de mercado. A veces, eso sí, coinciden su obra y su espíritu con los tiempos, y bien. Y cuando no, también bien”. Vivir sin coro ni aplauso, única brújula en la mar de tanto tiburón por un trozo grande de carne.

El más moderno de tres históricos de las hojas volanderas: La luna, Madriz y Madrid Me Mata. El mismo camino que García-Álix sin más alfombra roja ni runrún mediático: de las putas y yonquis a los premios nacionales. Orgullo desde abajo que, al subir por el semáforo, puede ser flash o acuarela viva de ocasión: Sigfrido Martín Begué o Pérez Villalta. Tribu urbana y hambre física de adoquín. Tachuelas oxidadas y birras baratas. Cuero del Rastro y amores de segunda mano. Casas destartaladas y homilía demorada/depurada de la cisterna del váter que tarda en callar. Luz de luna y mucha noche peluda, como el rock, que beberse a sorbitos cortos y con espuma en el bigotito. Camisetas baratas, molonas y, sí, libros caros, por supuesto robados. Manuel Vicent dijo que sus ojos eran igual que dos olivas negras mojadas, como los de Picasso o Buster Keaton, y su raza la de los tímidos silenciosos, con voz baja entre dientes pero sin acceso a ninguna tontería. Ahí, ya de por sí, si lo pensamos, hay todo un código deontológico.

Ceesepe sabía de qué iba la pintura y también el mamoneo, su matrícula en la facultad de Bellas Artes tuvo su doctorado en la puta rúa y su fiesta lenta de jazz y brillos de charol. Sus carteles hoy son más joyas que las películas que anunciaban. La ironía fue su modo de pasear descalzo por la navaja. Lo ha dicho Bea Espejo de modo inmejorable: “Era solo uno de los muchos personajes que acumulaba su nombre: el más conocido, el acrónimo y el artista. Pero había muchos más. Estaba el tímido, el lacónico, el que hablaba sin mediar palabra. El niño cohibido. Ese tipo de humor negro que no dejaba indiferente. El altruista y el irreflexivo. El independiente y el indomable. El creador que siempre reivindicó el oficio por encima del discurso, un amor por lo artesano que le venía de lejos y de casa: sus padres y abuelos eran carpinteros y su hermano mayor tiró por el dibujo. Aunque a él lo de Bellas Artes le duró poco. Probó un mes y cambio”. Pintor, con mayúsculas, para quien la Automoribundia de Ramón Gómez de la Serna era el único libro válido en cien años o más de literatura española. Qué genio.

Diego Medrano

Escritor

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