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MENÚ DE POBRE

Prístina joyería de arrabal y cuneta

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 21 de septiembre de 2018, 20:24h

El éxito no deja de ser una convención. Una serie de señores que nos cuentan, generalmente desorbitados y grandilocuentes, untados o no de intereses personales en lo que se fragua, cómo esto es cojonudo, por supuesto, y se opone a aquello otro, viene de aquí y de acullá. El éxito, como dijeron tantos grandes, gigantes de la humildad, es una convención. Puede, sí, que el éxito sea verdad, no voy a ser quien lo niegue, en menos por ciento de lo que nos cuentan, pero como daba cuenta el último anarquista de Madrid, Agustín García Calvo, sabio de los de antes, inolvidado e inolvidable: “La realidad es mucho más que la verdad”; “La verdad es lo que hay pero la realidad es siempre mucho más de lo que hay”. Otro cantar sería si los premios los diera Dios, entidades supremas o celestiales, seres mágicos. Hay oportunidad presente de paseo por los márgenes, y a ello vamos.

La primera parada sería Humberto Rivas en la Fundación Mapfre de Madrid. Fotógrafo de calle, cazador de imágenes callejeras, artista de lo anónimo y salvaje, luz dura de otra geografía, la de la esperanza, en tierras argentinas y sin mucho sol al que le aferrarse. Memoria, fluir de tiempo, también bohemia, malditismo, sangre a borbotones. Explica el comisario Pep Benlloch en diálogo con el periodista Alfredo Merino: “Cuando no tenía bastante con sus modelos, exploraba las barriadas arrabaleras, su territorio favorito. No le costaba nada darse de bruces con el mismo sentimiento trágico de la vida. Esquinas descarrilladas, comercios de cierres desvencijados, casas de ventanas tuertas, ruinas de extrarradio y horizontes barriobajeros. Escenarios decisivos de su intensa relación con la vida en los márgenes”. Pronto fue alguien en nuestra Barcelona portuaria, pronto el MOMA llegó a adquirir muchas de sus obras, pronto tuvo el Premio Artes Plásticas de la Ciudad Condal (1996) o el Premio Nacional de Fotografía (1997). Quiso una fotografía que fuese expresión artística –según Jiménez Burillo, responsable de Cultura de la Fundación Mapfre- y lo consiguió.

Segunda parada por el extrarradio: Kazimir Malévich en el Museo Ruso de Málaga. Cuarenta y cuatro obras suprematistas, otra geometría y otra vida, dieciséis de ellas jamás vistas en España. Todo Malévich de 1906 a 1933, el viaje del impresionismo donde empieza y contradice a su locura de rectas, geometría, cubismo, experimentos lisérgicos con la densidad, el volumen y la solidez siempre en busca de otra cosa. Es el pope absoluto de las vanguardias rusas. Su abstracción geométrica hay quien la emparenta con otro naturalismo, con la prehistoria del minimalismo. Es otro Kandinski, un Kandinski visto desde el otro lado: también lirismo de círculos, triángulos, cuadrados, curvas, ángulos, trufados de música y movimiento, pero, por así decir, más “limpios”, formas geométricas donde ha intervenido el bisturí, y hay colores sólidos sobre fondo blanco, y lleva a esa pintura no figurativa que, en la época, aseguran producía un “sentimiento puro”. Viene del cubismo/futurismo, viene de 1909, pero ya su Cuadrado negro de 1915, un simple cuadrado negro pintado sobre un lienzo y rodeado de un margen blanco es otra cosa. En un panfleto que acompañaba a la obra decía el maestro: “El Cuadrado negro es el rostro del arte nuevo. El Cuadrado es un infante regio y vivo. El primer paso de la creación de un arte puro. Antes de él sólo había deformidades ingenuas y copias de la naturaleza”.

La última parada es Ángel Bados, premio Nacional de Artes Plásticas, la nueva escultura vasca, autor ajeno a la convencionalidad, que nada más saberse ganador le quita peso al asunto en conversación con Bea Espejo: “Vivimos en una época de solución, donde nada permanece. Por eso proliferan los premios. Pero no es fácil entender un premio cuando hay tanta gente trabajando que se queda reconocimiento. Así es que mi Premio Nacional de Artes Plásticas es un homenaje a todos los artistas que no lo recibieron”. El premio, sí, como mecanismo de atención, como flash y como foco, pero también como nada distinto al trabajo diario y su grandeza. “Espuma”, que decía Umbral, presente hoy y desaparecida mañana.

La línea de Bados es también la de Txomin Badiola, la de muchos otros, armando lío desde los ochenta, que acaba en jóvenes como June Crespo, y que coge al espectador por el cuello para explicarle su mundo. Lo apuntaba Bea Espejo: sinsentido, anarquía, relectura del pasado, escritura del futuro, contradicción y fuerza, Beuys y Oteiza, cultura árabe, símbolo y tejido. Creador Bados de los que se ocultan, monstruo privado, poética que conviene enmarcar: “Soy lo que soy y tengo mi propia ley. Podéis bajarme del pedestal al que me alzasteis o intercambiarme con otros objetos, pero bien sabéis que, antes y después de vuestras aventuras, solo yo puedo hacer ese material carne enamorada, para así dar cuerpo al tiempo de la duración. Y bien estaría que al ser estos los atributos simbólicos de la cualidad espacial que me adjudicáis los cuidarais con esmero”. Su condición de profesor, un sueldo, siempre le hizo tener las lentejas a salvo. Feliz contracultura, amigos.

Diego Medrano

Escritor

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