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TRIBUNA

Plagiadores y bribones

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 21 de septiembre de 2018, 20:29h

Plagio viene del griego “plágios”, con el significado geométrico de “oblicuo”, y el significado moral de “trapacero” o “bribón”. Los Elementa de Euclides no se escribieron con vocablos monosémicos, porque entonces la ciencia no tenía sus variegadas jerigonzas. De “plágios” tenemos el verbo denominativo “plagiadsô”, que significa fingir o engañar. El plagium en Roma era un fraude comercial y social: se trataba de vender a un hombre de condición libre como esclavo. Los romanos castigaban a estos plagiarios con la pena de minas o la crucifixión si eran de condición humilde, y con la relegación perpetua y pérdida de la mitad de sus bienes si eran de posición más elevada. Verdaderamente era un crimen infame. Aunque ya desde la Edad Media fue ganando terreno semántico su sentido de “robo” en el ámbito de la creación, sobre todo literaria, su origen criminal y torvo – geométrica y moralmente hablando – permanece como un débil eco ominoso. El gran poeta Juan Nicasio Gallego sostenía que “sólo es lícito el plagio cuando va acompañado de un asesinato”. Esto es, sólo puede salvarse uno de la infamia de ser plagiario si consigue realizar una obra tan superior a la plagiada que ésta se hunda en el olvido por su calidad inferior y la plagiadora consiga los laureles de lo inmortal. E incluso en este caso – v.gr. la Eneida de Virgilio plagiando los Annales de Ennio – sería aún un pecado – aunque venial – para Juan Valera. Efectivamente, si no acabamos asesinando a lo plagiado estamos reconociendo paladinamente que no tenemos capacidad intelectual para llevar a cabo la obra, que nuestros hombros no soportan el peso de la materia encomendada, que nuestra obra es falsa de toda falsedad. “Sumite materiam vestris, qui scribitis, aequam / viribus et versate diu quid ferre recusent,/ quid valeant umeri”, recomendaba el prudente Horacio en su De arte poetica.

Nuestro joven presidente del Gobierno, tan bien retratado poco ha por la pluma sutil de Ignacio Camacho, realizó una tesis mediocre a pesar de haber plagiado numerosos fragmentos. Luego con ello ha reconocido de modo palmario ante sí mismo que no tiene condiciones intelectuales para llevar a cabo un trabajo intelectual “como Dios manda”. Y dada la mediocridad apabullante de la mayor parte de las tesis que salen de nuestra colosal decadencia universitaria ese reconocimiento ante sí mismo tiene que ser durísimo. Platón afirmaba en Las Leyes que educar supone fundamentalmente convertir a los hombres en perfectos ciudadanos. Y de nuestras universidades no sólo salen iletrados, sino también bribones.

El plagiador es un hombre que no puede vencerse a sí mismo, y, por tanto, enemigo de sí mismo, no debería gobernar a los demás.

Las tesis clásicas están llenas de notas y textos entrecomillados. A mí me gustan los libros con muchas notas, que son como espuma fatigada que el caudal de los ríos crecidos deposita en sus orillas. La nota tiene siempre como un gesto de rubor y timidez, de no querer incorporarse a la gran procesión pública del texto, y se queda en la humilde acera, discretamente, medio escondida, sin querer molestar al lector, indiferente al juicio de la multitud, y contenta si, al azar, un transeúnte repara en ella y se detiene a gustar de su modestia. ¡Y cuántas veces hemos encontrado todo el sentido de un libro, de texto caudaloso, en una nota perdida con letra humilde al pie de sus páginas! Mi muy querido y añorado maestro, Agustín García Calvo, que dirigió mi tesis – ¡qué placer haber sido pilotado por el mejor latinista español del siglo XX! – me obligaba a poner las citas, naturalmente entrecomilladas, en el aparato crítico, en las orillas del fluyente texto, para dejar en el cuerpo del libro la originalidad y aportes de nuestra tesis. Obviamente Pedro Sánchez no ha tenido en su tesis la misma suerte que yo; la de gozar intelectualmente del saber profundo de un buen piloto amigo. Pues no es un director amigo el que permite que su discípulo presente una tesis con plagios, además de ramplona. Y, por otra parte, las tesis tienen que tener el visto bueno del Director de Tesis. Por ello el nefasto guía de Pedro Sánchez tiene una grave responsabilidad en este asunto, tan grande como la de su pupilo.

El plagio insoslayable de Pedro Sánchez hoy nos lleva a encontrarnos con su identidad más hipostática. Una identidad ególatra que como nos advierte el maestro Herman Tertsch podría tornarse peligrosa. Quizás lo de menos sea el plagio, sino la reacción energuménica, el fondo insobornable de su personalidad. Tal vez cuando el pensamiento no puede proyectarse, ahogado por la obsesión del yo, éste se ofusca en una especie de niebla, de sometimientos a compulsivos lenguajes interiores, coágulos ideológicos inertes y negadores que impiden que un yo limpio de enorgumenismo exprese una mirada original y transparente (“theoría”) que pueda aportar una pequeña y humilde investigación auténtica al infinito caudal del acervo cultural del hombre, que se alimenta de esas gotitas de curiosidad intelectual de los estudiosos honrados y apasionados. El carácter bueno, incluso con independencia de la capacidad, es la condición más fundamental del que gobierna. Lo contrario entraña siempre males proporcionales a su poder.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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