Muchas veces utilizamos las comparaciones con el pasado para resaltar que vivimos en el mundo mejor posible. Hablamos de la sociedad feudal, de la Inquisición, de los siervos y los esclavos para complacernos a nosotros mismos y maravillarnos de la sociedad actual. Es verdad, que muchas instituciones de dominio han sido eliminadas, pero también es verdad que otras tantas se han disfrazado en la “post-modernidad” para establecer otro tipo de controles no menos severos que en el denostado Medievo.
Empezando por la esfera pública, ¿disfrutamos de la plena libertad económica para conseguir la prosperidad? O dicho de otra manera, ¿alguien concibe conseguir una posición próspera sin recurrir a los favores de las autoridades o sin meterse en los negocios ocultos? Ser funcionario, no autónomo es el objetivo de la mayoría de los trabajadores. Formar parte de una gran empresa y no tener un negocio propio parece que es lo que más seguridad da hoy. Pero hay algo más: bastantes jóvenes, entre treinta y cuarenta años, deciden trabajar unos años para luego “descansar” un par de años cobrando el paro. ¿Es posible el avance del Estado y la nación con este concepto de la vida? ¿Es posible una sociedad mejor renunciando a la noción del esfuerzo y el trabajo? No olvidemos, que esta visión de la vida sin esfuerzo, sin chispa ni riesgo, es la más adecuada para los políticos de corte totalitario-autoritario, como Iglesias y Sánchez, porque toda su visión de la economía está basada en más recaudación de los impuestos para luego repartir más ayudas y subvenciones y fidelizar, que es otra manera de llamar a la esclavitud, de esta manera a sus votantes. El esquema empezó a funcionar hace ya años, sobre todo, a nivel regional o autonómico.
El feminismo rabioso, que es una degradación del feminismo sensato y necesario, con frecuencia clama contra el patriarcado. ¡Liberamos las familias del poder despótico del padre! Mas, ¿están las familias actuales más libres que antes? ¿Acaso es posible el vacío del poder? Analizando la legislación y viendo de vez en cuando las noticias, una cosa es clara: las familias actuales están subyugadas no al padre de la familia, sino al control de algo más grande y potente que es el Estado. Cualquiera que se atreva a formar una familia tiene que saber que aparte de las dificultades de siempre, que son la convivencia, la conllevancia y el respeto, ahora es menester conocer las leyes creadas por el Estado para controlar la vida familiar. Hoy día una bronca familiar o un mero rifirrafe puede convertirse de inmediato en asunto público, si no en cuestión del código penal. Será por esta intromisión estatal en la vida íntima que crece drásticamente el número de los ancianos solitarios. Fijémonos que nadie reclama la responsabilidad de un hijo, cuando se descubre un cuerpo momificado de un mayor, sino claman contra el ayuntamiento, el municipio o contra el gobierno nacional.
Pero hay otra intromisión de carácter todavía más íntimo y cruel: el control de la memoria. Ya no somos libres de recordar, estudiar e interpretar nuestra historia según nuestro criterio. Si éste no coincide con el criterio oficial quedamos expuestos a todo tipo de insultos, vejaciones, exclusión y el silencio. La ley de memoria histórica, o mejor dicho, la ley histriónica de Zapatero-Rajoy-Sánchez hará de los ciudadanos normales esclavos de su ideología totalitaria. La propaganda y la ideología al estilo de Pravda parecen acabar con lo poco que quedaba de la libertad en la sociedad.