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NOVELA

Yoko Tawada: Memorias de una osa polar

domingo 23 de septiembre de 2018, 18:37h
Yoko Tawada: Memorias de una osa polar

Traducción de Belén Santana. Anagrama. Barcelona, 2018. 296 páginas. 19,90 €.

Por José Pazó Espinosa

Yoko Tawada es una escritora japonesa asentada en Berlín. Es practicante de la “exofonía”, lo que significa que escribe en japonés pero también en alemán. Ha recibido importantes premios, el Akutagawa en Japón o el Kleist en Alemania, entre otros. Es una autora, por tanto, muy reconocida, pero difícil de situar. Sus temas no encajan bien con la generación de escritoras japonesas actuales, tan fértil. No practica el intimismo, ni el minimalismo, ni se adentra en los pliegues más oscuros e íntimos de las relaciones ni de la condición humana. Quizá la primera frase de la novela que nos ocupa sirva de guía y ejemplo: “Alguien me hizo cosquillas en las orejas, bajo las axilas, o me encogí, me convertí en luna llena y rodé por el suelo.” La que habla, es una osa polar. Es esta mezcla de realismo mágico, uso de la metáfora y cierta abundancia verbal lo que seguramente le caracterice, rasgos poco nipones al uso.

En su edición original en alemán, el libro se llama Etüden im Schnee, Estudios en la nieve. Está compuesto de tres relatos narrados por tres voces diferentes, tres osos polares, un macho, Knut y dos hembras, su madre, Tosca, y su abuela. Su abuela es una osa polar escritora rusa exiliada primero a Alemania y luego a Canadá. Su madre, Tosca, es otra osa polar que quiere ser bailarina de ballet. Y Knut es una auténtica estrella mediática. De hecho, el oso polar Knut fue una estrella para los alemanes, ya que era la estrella del Zoo de Berlín en la vida real, un oso criado en cautividad con osas que le eran hostiles y un cuidador que le dio su cariño y lo encumbró a ese estado mediático que algunos definieron como la “knutmanía”. El título en español, heredado en parte de la edición en inglés, es extraño pues, ya que la novela ha sido rebautizada como Memorias de una osa polar cuando en realidad las memorias son de dos osas y un oso polares.

El libro parte de una situación excepcional, el hecho de que el protagonista, pero también narrador, sea un animal, un oso. Esta situación no es ajena en la literatura nipona; tenemos la divertida Soy un gato de Natsume Soseki, por ejemplo; también la encontramos en el anime japonés, donde hay obras como Los niños lobos Yuki y Ame, de Hosoda, una muy interesante historia de crianza y desarrollo.

Sin embargo, el libro de Yoko Tawada es muy diferente. De entrada, el tema central es casi la transculturalidad y sus problemas, un tema autobiográfico para la autora. Siendo un libro con destellos de gracia, no es un libro especialmente divertido. Ni tampoco serio. Es verboso, eso sí, una cualidad muy poco japonesa, barroco a veces. Y las tres voces son muy desiguales. La más interesante es la tercera, la del propio Knut, mientras que la segunda, la de Tosca, es quizá la menos interesante. La sensación tras su lectura es el de transitar por una planicie. El realismo mágico no acaba de despegar, la crítica social no nos lleva al terreno del humor, y los problemas no acaban de parecer humanos, en un sentido universal. Quizá la metáfora subyacente de la historia sea que la propia escritora se ha sentido como una osa polar en la cultura extranjera en la que vive. Pero en su relato, no ha puesto sobre la mesa las entrañas de su dilema. Sí una pálida sombra, a ratos entretenida.

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