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NOVELA

John Banville: La señora Osmond

domingo 23 de septiembre de 2018, 18:42h
John Banville: La señora Osmond

Traducción de Miguel Temprano García. Alfaguara. Barcelona, 2018. 384 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. Firmando como Benjamin Black, el escritor irlandés se puso en la piel de Raymond Chandler en “La rubia de ojos negros”. Ahora, nos ofrece un más difícil todavía al proponernos una sugerente secuela de “Retrato de una dama”, una de las mejores novelas de Henry James. Por Paulo García Conde

A estas alturas de su trayectoria literaria, John Banville no va a sorprender a nadie con sus habilidades narrativas. La prosa de ficción en varias de sus vertientes no entraña secretos para un escritor tan capaz de crear obras dramáticas notables como novelas de género negro celebradas de manera casi unánime. Sin embargo, esta vez el propósito parecía querer situarse un poco más lejos, allá donde pocos autores logran llegar. Banville decidió fijar su meta en retomar la historia de Isabel Archer, uno de los personajes más admirados salidos de la pluma de Henry James. O lo que es lo mismo: se atrevió a escribir la secuela de Retrato de una dama.

Atreverse no es un verbo fortuito, teniendo en cuenta que la hazaña del autor irlandés no tendría que pasar meramente por proseguir con tino una novela convertida en clásico, una historia perteneciente a otra época. Una de las distintas decisiones a tomar (y en este proyecto toda decisión pertenece a la categoría de «determinante») era la del estilo. Escribir como John Banville o hacerlo como Henry James. Podría haber resultado, de querer sorprender de verdad (aunque quizá no con fortuna) a sus lectores, que Benjamin Black, seudónimo que el escritor utiliza para sus narraciones policíacas, fuese quien desarrollase esta idea. Pero no. Banville optó por otra vía nada sencilla: hacerlo como Henry James.

El trabajo resultante, en cuanto a estilo se refiere, es una pieza de orfebrería. La cadencia, la mirada del narrador, el dibujo de cada escena, el diálogo verbal y no verbal; todo está medido con la precisión de un artesano literario ducho en muchas batallas. Podemos llegar a creer que La señora Osmond ha sido escrita en pleno siglo XIX. No obstante, y a pesar del mérito que esto pueda tener, en algunos pasajes de la narración uno puede llegar a preguntarse si no habría sido mejor atender más a la acción y un poco menos a la palabra.

Retrato de una dama, la obra de Henry James, goza de un final que invita a pensar a cada lector en las hipotéticas circunstancias a las que deberá hacer frente o no Isabel Archer, reconvertida para su desgracia en Isabel Osmond. Por tanto, la siguiente determinación podría erigirse en la más complicada de todas: cómo continuar tal historia. Banville elige arrancar la novela con la protagonista decidida a romper su matrimonio y a hacer frente a su sibilino y desleal marido. Es Isabel, en todo momento, el eje de la historia. Sin embargo, que su resolución aparezca ya definida desde las primeras páginas causa una sensación de repetición y lentitud en lo tocante a la construcción del desarrollo. Cierto es que las personalidades de la época (así como los escritores que las retrataban) eran un polvorín de afectación, y que para expresar una sencilla idea o un inocente anhelo podrían merodear durante horas, o páginas, alrededor de los mismos.

En Henry James, tal artificio funciona a la perfección; después de todo, era un escritor de su tiempo. Pero entrever a Banville jugando en exceso con la afectación y el rebuscamiento genera ciertos riesgos. Uno de ellos, quizá el más grande, es el de desinflar la propia historia. El libro, que consta de casi cuatrocientos páginas, podría haber apuntado al mismo objetivo valiéndose de la mitad. Si lo que uno busca es examinar la capacidad de un autor moderno disfrazándose de otro perteneciente a una escuela anterior, el disfrute está garantizado. No obstante, un personaje como el de Isabel no puede contentarse con cualquier cosa. Hacerla revivir más de cien años después debe tener sentido, mucho sentido. De lo contrario, la novela original resultaría desmerecida, y la resultante poco significativa.

Por fortuna, el novelista se vale de otros personajes para que el relato no se manifieste tan oprimido. Las apariciones de algunos de ellos, como es el caso de la señora Touchett o de la señora Merle, dotan de una fuerza casi extraordinaria los pasajes que las acogen. Memorables también son algunas escenas en presencia de Gilbert Osmond. Con otros secundarios, sin embargo, el resultado es tibio, y algunas «subtramas» no terminan de florecer con la perfección que, en otros aspectos, sí garantizan la experiencia y destreza narrativas de John Banville.

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