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TRIBUNA

Amores y desamores

Juan José Vijuesca
miércoles 26 de septiembre de 2018, 19:54h

Lo de coger la puerta y marcharse de casa es algo mucho más frecuente de lo que creemos en nuestro país. Por cierto, uno se pregunta qué necesidad habrá de llevarse la puerta de casa cada vez que hay una separación en la pareja. En fin, que España es el segundo país de la Unión Europea con mayor tasa de divorcios. Más o menos se producen cinco cada minuto. Este promedio sobrecoge. Trescientos divorcios a la hora y subiendo. No me atrevo a elevar el cálculo más allá por respeto a Adán y Eva que ya están muy mayores. A los padres siempre hay que cuidarlos a partir de cierta edad y nada de disgustos.

El dios del amor está bastante desmejorado” –me comenta un amigo que suele viajar con frecuencia. “No me extraña, si es que la edad no perdona” –le respondo. Cuando sobrevuela una frase como: “no te aguanto más” la cosa es de fin de carrera. Este amigo mío, que además de viajar es licenciado en relaciones nada estables, ha puesto un negocio de despedidas de casados. “Lo vi en Hungría y es todo un éxito

Si les cuento esto no es por ahondar en su interior y mucho menos en estas fechas traídas de las todavía recientes vacaciones veraniegas, tan propicias para romper rutinas para lo bueno y lo malo. Cambiar de paisaje y de paisanaje es lo que tiene cuando los cuerpos se liberan y la piel ajena se acomoda a la vitamina D orientándose hacia nuestras pupilas. Eso crea fricción en muchas parejas porque el subconsciente te la guarda para después. De ahí que crezca, y de manera inusitada en nuestra sociedad, las despedidas de casados cuyos recién divorciados celebran su separación por todo lo alto. Viene a ser algo parecido a la toma de la Bastilla.

La vida es lo que trae consigo, que siempre continúa. Bien es cierto que para unos más que para otros, pero si alguien se para en hacer encaje de bolillos y en pesares de mala suerte la teoría de solo se vive una vez no habrá servido para nada. Tras el divorcio –siempre hablando de civilizadas rupturas- el devenir de la nueva etapa se antoja una especie de libre comercio para mente y cuerpo de los integrantes en cuestión. Ahora no hay autocompasión y sí celebración. Es curioso, pero las mismas empresas encargadas de organizar las bodas también ofertan las despedidas de casados. Es como un abogado representando por igual a ambas partes. Curioso arreglo para un desarreglo.

El desamor es un negocio como otro cualquiera, es más, diría que el amor siempre se lo ha puesto fácil a los incapaces de amar de verdad. Los nuevos tiempos se emparentan con las modas y sabido es que las vanguardias trabajan a destajo para resultar rentables. De esa manera la tristeza por la ruptura amorosa forma parte de otro siglo o eso pretende que así sea el negocio del desamor. Les diré que el ser humano lo es por condición propia, podríamos haber nacido siendo lince ibérico o koala, pero no ha sido así, por eso racionalizamos los sentimientos en función de lo que más nos interesa para dar rienda suelta a los momentos de mayor felicidad. Celebramos la boda de igual manera que ahora el divorcio, rodeados de los mismos seres queridos e idénticos buenos deseos de felicidad, incluso similar catering y hasta regalos de soltería. Puede sonar a excusa, pero perder el miedo a separarse parece que está siendo superado. Mucha culpa de todo esto la tienen las vacaciones, que como ya dije los cuerpos ajenos se exponen a la brisa corpórea y esto les reconcome a los que atesoran dudas.

Este mi artículo no guarda relación alguna con la manera de proceder de cada cual. Es más, como tanto el amor como el desamor es una cuestión personal de cada cual, lo único que me queda es invitarles a hacer cosas interesantes. Por ejemplo, valorar mucho más lo que se tiene que lo que se desea, siempre que la cosa funcione a favor de obra, claro está, porque hay mucho martillo pilón dando forja día y noche a todo lo que se menea. Eso resulta abrasivo y nada tiene que ver con el amor ni con el desamor. Es perversidad amasada en toda regla. En fin, aprovechen ahora porque somos el tiempo que nos queda. Recuerden que la felicidad no existe, a menos que uno mismo se la fabrique.

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