Salgo de cena y a mi lado unas señoras que se sientan con la misma intención se besan en la boca. Yo comento que serán viudas, y la persona con la que converso me dice que son lesbianas. Le pregunto que por qué se reúnen en tan numeroso y prolijo grupo, y me dice que es por vicio. Me da la impresión de que a estas chicas de oro les pasa como a los chicos de la escuela que sofocaban sus impulsos naturales por la vía rápida. Pero al contemplar de soslayo esta escena prodigiosa de erotismo deshabitado comprendo que la ociosa actividad genital de nuestros días va en el mismo paquete del consumismo estéril, del trabajo inútil e inventado, del contacto carnal en el que las personas se utilizan, son usadas como mercancía, como medios, y nunca como un fin.
Pasados unos minutos me di cuenta que una mujer muy hermosa fijaba su vista sobre la mía. Estaba acompañada, pero en posición de tenerme a tiro, en su campo visual. Digamos que su mirada era artística, pero ¿cómo podía estar yo seguro de que su concepción del amor era la que tenía Fromm cuando hablaba de éste como un arte? Me sentí como aquel amigo de Kane que recuerda haber visto pasar una vez por delante de él a una joven que ya no olvidará el resto de su vida. Hice mal, pero era tan fácil mirarla a sus ojos sin mover el cuello que me temo que ese instante fue la misma eternidad, es decir eso que Eckhart denominaba un continuum del presente, pues todo vendría a producirse en el presente, tanto el pasado como el futuro.
Hace medio siglo Fromm iniciaba su estudio sobre el amor recordando estas palabras de Paracelso: quien no conoce nada no ama nada, no comprende nada. Quien nada comprende, nada vale, pero quien comprende también ama, observa, ve. Cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa más grande es el amor. Regreso a Fromm tantos años después de haberlo leído en la adolescencia, y lo hago impelido por las noticias que me llegan de la escuela. Las autoridades andan preocupadas porque los niños se lo hagan bien y no queden embarazados, pero que de quedar ya tienen a mano otras resoluciones pertinentes para que no sufran y hagan lo que les pluguiere. Es un planteamiento equivocado, grave, inútil, y desviado.
La eternidad es como el amor, esa disciplina que no se enseña en la escuela, pero que es como la música, como las matemáticas, algo que requiere observación, contenido mitológico, belleza, sutileza, encantamiento y ternura. Los niños y sus papás lo hacen al revés, pero el tiempo zanjará esta ausencia del aprendizaje del amor con violencia, no sólo con la llamada y espuria violencia de género, sino de los géneros entre sí, pues las muertes por envenenamiento son tan pavorosas y episódicas, como las que sobresalen en los medios en una sola dirección.
Es increíble qué gran dificultad muestran las autoridades en distinguir el problema y en atajarlo. Fromm decía que la mayoría de la gente se muestra interesada en ser amada y no en amar. Las bestias que se dan a la violencia de género han comprado previamente mercancías, objetos, que acaban siendo sexuales. Al pensar en ello y mirar con timidez a las chicas de oro de al lado, en realidad dejé de ver personas que se divertían en sus privacidades como si hubiera entrado en un lupanar de Petronio, y no en una comensalía ad hoc, no; me venía todo de repente a la cabeza, Fromm, Eckhart, Petronio, pero yo sabía, lo sabía, que ninguno de estos pobres desgraciados que envían a las guarderías del Régimen, leerían jamás Tristán e Isolda, texto que resultaría de un buen inicio para comprender el camino del amor, mucho antes de que pudieran entender El banquete.
Nuestros maestros de escuela deberían aprenderse la reflexión de Fromm: el acto sexual sin amor nunca elimina el abismo que existe entre dos seres humanos, excepto de forma momentánea. Volví, entonces, a encontrarme con la mirada de la mujer que atendía a su hijo, no sé si a su esposo, y algunas matronas de avanzada edad. Y seguí leyendo para mí el texto de Fromm mientras la persona que me hablaba al oído continuaba su discurso sobre las desbordantes señoras que tenía a mi lado: si soy como todos los demás, si no tengo sentimientos y pensamientos que me hagan diferente, si me adapto en las costumbres, las ropas, las ideas, al patrón del grupo, estoy salvado; salvado de la temible experiencia de la soledad.
Esa tarde me había dado un paseo por la playa y lo había visto todo, todo. Vivimos en esa forma de delirio que hace que el ocio no le sirva de nada a la mayor parte de la población que está sometida a trabajos infames, horarios inauditos, actividades robotizadas que enferman el alma de las personas. El ocio presenta la misma anomalía que la sexualidad separada del amor. Los primeros días la cosa marcha bien, pero cuando regresas al trabajo observas que el ocio al que te has dado no te ha liberado, ni drenado de los males que has acumulado durante el año. Las vacaciones, el ocio, no deberían ser para el verano, sino que deberían estar insertados en la propia actividad.
Sí, creo que el amor es como la eternidad, como ese tiempo único en que esa mujer y yo nos miramos por encima de la nada, por encima de la separatividad y por encima del tiempo.