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La escopeta secreta y cargada de Iñigo Urkullu

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
miércoles 03 de octubre de 2018, 20:17h

Torra se pone bravo, Torra sabe de su decapitación por parte de un sector de los suyos, los que le llaman traidor, y prefiere entregarse al posible hachazo que propine Pedro Sánchez, harto y doliente. Torra no opta a la vía Puigdemont, escapar no es posible, y un traidor que no puede irse está muerto, política y vitalmente, así solo queda otro vuelo de marioneta, volver a contentar a quienes nos amenazan. Volver, en definitiva, a hacer lo que le dicen, cual títere. El órdago mayor a Pedro Sánchez, la exigencia del referéndum de autodeterminación, no es más que una notoria forma de reconciliación con los propios, quienes ya no lo quieren, ni a él ni a Puchi, por su demagogia insufrible y no saber llevar el carro. El reloj tiene prisa, la guadaña no juega a su favor, todo antes de noviembre, sí, a ver si se salva.

El ruido está en Cataluña pero de lo que nadie habla, los silencios llenos de palabras, puede que estén, en igual frecuencia modulada, en el País Vasco de Iñigo Urkullu. Lo que son ensayos en Cataluña son certidumbres o seguridades en Vasconia. Urkullu sabe bien lo que quiere. Europa como funcionamiento de democracia plurinacional y, sin moverse de ahí, con la trompetería de los catalanes soplando muy fuerte, convertir España en eso mismo, confederación de estados donde encajar los diferentes sentimientos de pertenencia nacional. En cualquier caso, y siguen en lo mismo, menos dependencia del Estado, autogobierno, derecho a decidir, blindaje de competencias y, sí, algo muy literario, “no subordinación”. La hipotaxis de Urkullu discurre bajo la mesa, sinuosa y sigilosa, donde se fragua un nuevo Estatuto para los vascos, con todas las fuerzas de su parlamento implicadas, y casi sin enterarnos en el resto de la nación.

Urkullu va mucho más en serio que Torra: lo suyo es escopeta de bala y no pistola de agua y piscina. Primero, las firmas de todo el parlamento vasco. Segundo, nueva negociación con el Estado, en clave confederal, de igual a igual, siguiendo muchas otras tradiciones pasadas. Urkullu habla de Escocia y Reino Unido, no de Canadá ni Quebec. Urkullu habla de Bélgica y su modelo de federalismo asimétrico, de Suiza y de su soberanía compartida, de Baviera y su federalismo alemán basado en la subsidiariedad y en la lealtad multilateral federal. Urkullu, lo dice él mismo, gestiona ilusiones y no frustraciones, lo que va por Torra y Puchi en el exilio dorado. La Ponencia de Autogobierno del Parlamento Vasco, así se llama el engendro, quiere la firma de nacionalistas y no nacionalistas, para rematar en las Cortes Generales.

Voluntad secesionista de la mayoría, en primer término, algo que no pasa en Cataluña, y después consulta legal y pactada, en segundo término. Socialistas y populares no están muy de acuerdo en esta tierra, porque ya todo fue escrito por nacionalistas; tampoco la izquierda abertzale, que piden más contundencia en un Nuevo Euskadi siempre desde el derecho a decidir. Urkullu no va por el camino de la reforma constitucional, donde Torra se estrella de morros, sino por una perversidad mayor: la actualización de la Disposición Adicional Primera de la Constitución sobre el modelo foral vasco y sus derechos históricos. En definitiva, un nuevo Estatuto vasco, con rango casi constitucional según los planes, sin injerencias externas, con mayores posibilidades de venderse fuera, en esa misma Europa que rechaza y se mofa, a mandíbula batiente, de un Puchi balbuceante y sin ardor léxico.

ETA, según nos cuentan, se diluyó el pasado mayo. A través de una política penitenciaria nueva durante este agosto, cara a cara en Moncloa, Sánchez prometía a Urkullu el acercamiento de presos. Poco después de esa reunión dos miembros del Comando Vizcaya, Olga Sanz y Javier Moreno, viajaban de la prisión asturiana de Villabona a la vizcaína de Basauri. Instituciones Penitenciarias habló entonces de Tercer Grado y no de ningún pacto Sánchez/Urkullu. El Gobierno entendía que se cumplían los requisitos para salir del régimen de dispersión: petición de perdón, desvinculación de la banda, renuncia a la violencia y ofrecimiento de colaborar con la Justicia. Urkullu consigue logros sin meter ruido, tiene al Colectivo de Víctimas del Terrorismo detrás y lo sabe. Sánchez no ha hecho nada por Torra, Urkullu trabaja de otro modo, se ha marcado un año para conciliar PNV/Bildu con Podemos, fundamentalmente. Tampoco quiere el viejo Plan Ibarretxe, que salió escaldado de la misma Europa de Puchi, la que no le hizo caso tras la caída del Muro de Berlín y el desplome de la Unión Soviética y Yugoslavia.

Está mal decirlo tan claro, tan difícil, tan oscuro, pero Urkullu sigue el camino de los nacionalistas demócratas (“Antes que nacionalista, soy demócrata”, dijo Aguirre, el primer lehendakari elegido en la Guerra Civil) bajo la Europa ultra, Ultraeuropa, que acabará soportando secesionismos (planteados de otro modo, no como shows de fuga) con tal de frenar migraciones, extranjeros, pateras, etc. Son dos bandos nacionalistas, vascos y catalanes, a los primeros les viene de perlas que no dejemos de hablar de los segundos mientras ellos siguen con su cocina sin perder turno, tiempo, conscientes de plazos y ajenos a carnavaladas de ocasión, urnas de plástico, lacitos baratos o divorcios fatales con Bruselas. La escopeta cargada de Urkullu va muy en serio: hace y no dice, mientras los otros no callan y, lentamente, como se deja a un amor, se van despidiendo de todo.

Diego Medrano

Escritor

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