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TRIBUNA

Tres artistas editores venidos de España

jueves 04 de octubre de 2018, 20:22h

Que yo me haya enterado, hasta el momento no hay un trabajo de investigación sobre el aporte de los inmigrantes españoles al mundo editorial argentino. Los que hay versan sobre las grandes editoriales y parecen escritos a gusto y piacere de ellas. Nadie recuerda a los auténticos pioneros, por lo general poetas y filósofos ansiosos de difundir la verdadera historia de los grandes artífices de la humanidad.

Ahora bien, durante las últimas décadas del siglo XIX, proveniente de la península, emergieron pioneros que marcarían el inicio de una empresa extendida de inmediato hacia toda la América Hispánica, y que fue el resultado de un primer proceso de ampliación del público lector como consecuencia de la creciente inmigración y de las políticas alfabetizadoras de la Argentina. Aquel mercado, sin embargo, sólo tuvo visibilidad para la élite letrada, que irá mutando, en su característica endogamia, de un cosmopolitismo francófilo a un nacionalismo clasista y en ciertos casos xenófobos. El famoso Anuario Bibliográfico de Alberto Navarro Viola, publicado a lo largo de la década de 1880, resulta una fuente insoslayable: allí se advierte que Carlos Casavalle, y su Imprenta y Librería de Mayo, fue el editor emblemático de aquella élite de siglo XIX.

Ya en el inicio del siglo XX se dieron a conocer las primeras colecciones modernizadoras, como la precursora, encabezada por el prócer Bartolomé Mitre y su Biblioteca de La Nación, que incorporó a la narrativa europea contemporánea (en especial, al naturalismo francés), en una activa política de traducciones. Hacia los años veinte se consolidó un segundo momento de ampliación del público: un número notable de libros de bajo costo y de folletos populares inundó el mercado de los impresos. La lectura y la pequeña biblioteca en la casa comienzaron a alimentar expectativas de ascenso social para el proletariado urbano. La célebre editorial Claridad fue, por ejemplo, un proyecto identificado con un socialismo de corte humanista y pacifista, siendo el sello más representativo de aquellos años.

Luego la Guerra Civil en España tendrá efectos duraderos en el mercado editorial argentino. Se podría decir, al respecto, que antes de la Guerra Civil el país era importador de libros de alta calidad y productor de libros de baja calidad. Si se observa el período que va desde fines del siglo XIX a comienzos del XX, las ediciones consideradas de embergadura resultan escasas y todavía producidas con insumos importados, los que encarecían notablemente su costo. Luego, el giro producido por la Guerra Civil tiene, al menos, dos consecuencias importantes: España dejó de ser un mercado de competitividad externa, y varios notables editores españoles se radicaron en la Argentina y dieron un impulso renovado a la edición en el país. El objeto de esta reseña es destacar la presencia de ilustres emigrantes que encendieron entre nosotros una mecha que iluminaría a todo el continente. Empezaremos por tres ilustres precursores de la edición llegados de Galicia.

Poeta, crítico literario, editor y político, Arturo Cuadrado Moure, nacido en Alicante en 1904, de madre gallega, creado en La Coruña, muerto en Buenos Aires 6 de agosto de 1998, fue uno de esos artífices, acaso poco recordados. Al fallecer el padre, quien ejercía como maestro nacional, los Cuadrado Moure se trasladaron con su madre y hermanos a Galicia. En Santiago de Compostela participó intensamente de la vida cultural y política, siendo secretario por un largo tiempo de don Ramón del Valle Inclán. En 1927 fundó, junto al abogado y escritor Xoán Xesús González, en la rúa Calderería, la barraca-librería Niké, también editorial de Rafael Dieste y de la vanguardista revista Resol (una hoja volandera del pueblo). Desde 1929 hasta la sublevación militar y la guerra civil Arturo colaboró habitualmente como periodista en El País Gallego, de Santiago; El Pueblo Gallego, de Vigo; Yunque, de Lugo y El Sol, de Madrid. En julio de 1936 fue elegido para presentar el Estatuto de Autonomía de Galicia que acababa de ser apoyado en un referéndum ante las Cortes Generales de España. La sublevación militar sorprende a Cuadrado en Madrid. Por esa época, edita en Valencia Aviones, su primer libro de poemas, ubicado dentro de la poesía comprometida que las dolorosas y trágicas circunstancias históricas exigían; participa, también, activamente, en las campañas y mítines de apoyo a la República desde las páginas de Nova Galiza, editada en Barcelona, y en la edición de El combatiente del Este, con Antonio Sánchez Barbudo, Otero Espasandín y Rafael Dieste. Hacia fines de la década del ’30 Pablo Neruda le facilitó, al final de la guerra, el salvoconducto que le permitió pasar de Francia al exilio en Buenos Aires. Recuerdo que en una oportunidad yo dudé de la veracidad de ciertas proezas que refería Arturo Cuadrado y Neruda me llamó la atención. “Todo lo que cuenta Arturo es definitivamente cierto; yo soy testigo de que no es un mentiroso”. Completaré luego otras experiencias personales vividas al lado del maestro Cuadrado.

Xesús Lorenzo Varela Vázquez, nació en el barco La Navarre, durante un viaje de sus padres a Cuba el 10 de agosto de 1916 en el que iban sus padres, originarios de Monterroso (Lugo). En 1920, desde España, la familia se trasladó a Argentina instalándose en el barrio de Nueva Pompeya vecino al centro de Buenos Aires, donde Lorenzo, como se lo conocía, cursó la escuela primaria. El joven no demoró en volver a Galicia hacia 1930 (donde se lo llamaba “el argentino” debido a su acento porteño). Durante sus estudios de bachillerato entró en contacto con miembros del Partido Galeguista, participando en grupos de estudiantes guiados por Castelao y Suárez Picallo. Del galleguismo pasó al trotskismo y se vinculó con el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Al terminar su bachillerato en 1935 se trasladó a Madrid donde inició su actividad intelectual, formando parte de la redacción de la revista PAN (Poetas Andantes y Navegantes). En 1936 realizó crítica literaria para el periódico liberal Sol. En 1936 formó parte de La Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura, junto con Rafael Dieste, José Bergamín y Federico García Lorca, entre otros.

Al iniciarse la Guerra civil, ya conocido como Lorenzo Varela, se enroló para partir al frente de batalla y llegó a ser comandante de una brigada de la undécima división. Se afilió al Partido Comunista, del que sería miembro destacado. Durante la guerra escribió para revistas republicanas como El Mono Azul y Hora, ambas de España. En julio de 1937 participó en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que reunió en Valencia, entre otros a Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Ernest Hemingway, César Vallejo, Raúl González Tuñón, Octavio Paz, André Malraux y Louis Aragon.

Al terminar la Guerra Civil, Varela cruza los Pirineos y es recluido en un campo de concentración hasta que logra embarcarse hacia México, junto con otros refugiados, en el barco de vapor francés Sinaia. En México retomó su actividad literaria participando en la dirección de revistas literarias como Romance y Taller, entonces dirigida por Octavio Paz, con quien entabló una entrañable amistad; allí publicó Elegías españolas (1940) con ilustraciones del pintor Miguel Prieto. Cuando visité a Octavio en la década del ’40, el querido y entusiasta Lorenzo me hizo una carta de presentación y fui recibido por el poeta como un añejo amigo.

En 1941 Lorenzo se instaló en Buenos Aires, donde todavía residía su padre. Aquí inició su producción como poeta y escribió sus obras más importantes: Torres de Amor (1942), Catro Poemas para catro gravados, (su primer libro en gallego, 1944) y Lonxe (también en gallego, 1954), los tres con ilustraciones de su admirado camarada Luis Seoane. Aquí escribió, además, para periódicos como El Clarín, El Mundo y La Nación. Su actividad política la continuó en Buenos Aires, militando en el Partido Comunista Argentino, del que fue vocero y propagandista. También escribió en publicaciones para los exiliados gallegos en la Argentina. Entre 1947 y 1952 se instaló en Montevideo, donde mantuvo una relación amorosa con la escritora Estela Canto, antiguo amor de Jorge Luis Borges.

1976, muerto Franco, regresó a España. Murió en Madrid el 25 de noviembre de 1978. En 1981 sus restos fueron trasladados a Monterroso. En 2005, La Real Academia Gallega le dedicó, justicieramente, el Día de las Letras Gallegas.

Luis Seoane López, nació en Buenos Aires, 1 de junio de 1910 y murió en La Coruña, el 5 de abril de 1979. Dibujante, pintor, grabador e ilustrador, se lo considera como un artista argentino-español. Concluida la Guerra Civil, la familia regresó a España para establecerse en La Coruña, donde Luis completó su bachillerato, participando además, activamente en la actividad política y cultural estudiantil. Completada su carrera de leyes, ejerció de abogado laboralista en La Coruña y fue miembro del Partido Galeguista.

Según el historiador y periodista Carlos Fernández Santander, Seoane podría ser el autor que, bajo el pseudónimo de Hernán Quijano, escribió Galicia Mártir - Episodios del terror blanco en las provincias gallegas. Este libro, publicado en París y Argentina en 1938, narra la sublevación militar y la feroz represión en las provincias de Pontevedra y La Coruña entre agosto y diciembre de 1936. El maestro Seoane se estableció en Buenos Aires, donde estuvo en contacto con otros compatriotas exiliados del franquismo, como el pintor Leopoldo Nóvoa y la activista gallega María Miramontes (1895-1968).

Don Luis trabajó como pintor para la Galería Gordons de Buenos Aires, siendo su director artístico Roberto Mackintosh, experto y gran conocedor de su obra. En 1977 salió un volumen con su poética integral. En las últimas décadas de su vida, alternó la residencia en América con viajes a Galicia. En 1944 se le dedicó el Día de las Letras Gallegas. Ese mismo año fue nombrado miembro de número de la Academia Nacional de Bellas Artes de la Argentina.​

Contaba con gracia gallega el maestro Seoane que, cuando regresó de España, en migraciones de la Argentina dijo que era nativo de este país, y el agente le llamó la atención: “¿Por qué habla imitando a los españoles si dice que es argentino?”. Y respondió Luis: “¿Hombre y usted cómo cree que hablaba el general San Martín cuando regresó a su patria?”

Diré humildemente, acaso con menos humildad que orgullo, que tuve la felicidad de conocer casi íntimamente a esos tres insignes españoles y de recibir de ellos importantes enseñanzas. Empezaré por Arturo Cuadrado, que conocí en Escobar, el pueblo donde transcurrió mi infancia. Allí llegó Arturo con asilo en una quinta, que le brindó una amante. Los poetas Tilo Wenner y Tito Graneros me llevaron a esa casa de campo, donde Arturo vivía, casi siempre en compañía de alguna novia. Yo era un muchacho de 16 o 17 años, buen lector y escribidor de poemas amorosos, al que empezó a aconsejar y enseñarle ciertos códigos del verso. Con él viajaba a Buenos Aires en un tren que puntualmente, a la manera inglesa, llegaba a las 9 y 10 de la mañana. Cuadrado, junto a sus compatriotas y socios, Varela y Seoane habían fundado de editorial EMECE, junto a un señor Del Carril, que luego se quedó con el negocio. Esto hizo que el trío, casi inmediatamente fundara la editorial de poesía Botella al Mar.

Una tarde, acompañando a Arturo llegué a la presentación del libro de una pretendida poetisa cuyo nombre acaso olvidé para siempre. El poemario había sido editado por Botella al Mar y en el estrado estaban los tres socios editores que se complementaban de maravilla: Lorenzo Varela (encargado de la edición), Luis Seoane (del diseño e ilustración) y Arturo Cuadrado (escritor “solapado”, como se llamaba a sí mismo, encargado de redactar las solapas). Esa noche, que tengo bien presente, como invitado de honor había nada menos que un poeta de lujo de la prosa, nada más ni nada menos que el genial don Ramón Gómez de la Serna. Que llegó con retraso aferrado al brazo de su mujer, la encantadora Luisa Sofovich. Ramón se negó a ocupar su puesto en estrado y se acomodó en una silla dando espaldas al público. Su monólogo fue sorprendente, divertido y original; en ese monólogo exaltó los versos de la poetisa y nadie nunca supo si habló en serio o fue una de sus inéditas bromas. Lo cierto es que le quitó toda solemnidad al acto de presentación y todo el público río encantado.

Tuve el privilegio de ser un año después encargado de prensa de la editorial y de aprender de esos tres maestros del arte y de la vida. La antigua editorial no sé si sobrevive aún, pero en mi pequeña biblioteca conservo los libros, la mayoría dedicados por los tres artífices editores; la mayoría con dibujos coloreados del maestro Seoane.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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