En México, donde suceden las cosas más raras del mundo, el nuevo gobierno, en el umbral de su periodo, prepara una consulta nacional para decidir si se hace un aeropuerto ya en construcción o se inicia otra en un lugar remoto, lejos de todo y cerca de nada.
Como el aeropuerto en obra fue una idea del antecesor, pues durante la campaña el futuro presidente López Obrador, famoso por sus ocurrencias, prometió acabar con él.
Y para salvar cara, ha decidido ordenar una consulta nacional, porque el sentido común recomienda continuar con lo ya hecho, a pesar de la oposición de quien es ya una vez frenaron hace doce años, la necesaria obra..
Y antes de la consulta se han organizado foros, porque últimamente estamos en el forismo. De ahí obtuve esto:
Nada más era cosa de verlo. Con los ojos rasados, Felipe Hernández Álvarez advertía en un señalamiento de alta política en torno de su urgencia de cancelar la obra del aeropuerto:
“Si no hace lo que prometió (Reforma)en su campaña (AMLO), estaremos creyendo que todo fue (sic) mentiras, no nos preguntaron si queríamos el proyecto y quieren consultarnos ahora fuera de tiempo y fuera de la ley; yo pediría a las autoridades que hagan una consulta para repartir los bienes de la dinastía Slim”, dijo.
Pero si se llega a creer en la lucha de clases como fondo de esta lucha de intereses, la verdad es otra: los opositores al aeropuerto no están defendiendo la tierra ni a sus opimos productos (en el erial del zacate salitroso); están luchando hasta con sus vidas por el ajolote.
La verdad yo ignoraba la importancia fundamental del ajolote, pero alguna debe tener porque un aeropuerto internacional de las dimensiones de este diseño de Norman Foster, cuya amplitud y funcionalidad colocaría a la ciudad de México en mejores grados de conectividad e impulso económico, está amenazado por una especie cuya vida transcurre en el infecundo lodazal y las charcas de Texcoco.
Yo sólo puedo regresar a Juan José Arreola o mirar el horrible mural en una de las pilastras del Metro sobre la avenida Congreso de la Unión, en cuyo fresco el inspirado pintor del grafiti barrio bajero preñó el cemento con las branquias ajolotas.
Pero mejor lo dice Arreola:
“…Acerca de ajolotes sólo dispongo de dos informaciones dignas de confianza. Una: el autor de las Cosas de la Nueva España; otra: la autora de mis días.
¡Simillima mulieribus!, exclamó el atento fraile al examinar detenidamente las partes idóneas en el cuerpecillo de esta sirenita de los charcos mexicanos.
“Pequeño lagarto de jalea. Gran gusarapo de cola aplanada y orejas de pólipo coral. Lindos ojos de rubí, el ajolote es un lingam de transparente alusión genital.
Tanto, que las mujeres no deben bañarse sin precaución en las aguas donde se deslizan estas imperceptibles y lucias criaturas. (En un pueblo cercano al nuestro, mi madre trató a una señora que estaba mortalmente preñada de ajolotes.)
“Y otra vez Bernardino de Sahagún: “…y es carne delgada muy más que el capón y puede ser de vigilia. Pero altera los humores y es mala para la continencia. Dijéronme los viejos que comían axolotl asados que estos pejes venían de una dama principal que estaba con su costumbre, y que un señor de otro lugar la había tomado por fuerza y ella no quiso su descendencia, y que se había lavado luego en la laguna que dicen Axoltitla, y que de allí vienen los acholotes”.
Pero si la menstruación es para Arreola una catástrofe cíclica, los ajolotes son para quienes dicen defender la tierra hasta la muerte misma su fuera necesario como afirma Ignacio del Valle, la variedad de recursos opositores es infinita, quizá como la salamandra, prima mitológica del ajolote cuya vida no se extingue ni en el fuego, porque los opositores ya han dicho los daños causados por las minas gastadas para haber materiales de construcción (arena, basalto, piedras de diversa dureza, etc) o los entierros de desperdicio; la alteración ecológica de ese paisaje lunar y hasta la presencia de sosa en la tierra, como si el enorme evaporador solar del Caracol, no hubiera sido, por años, precisamente un espacio destinado a recoger ese corrosivo de lejía en la desaparecida Sosa Texcoco, en cuyos aguajes sólo había gusanos grises y algas de la llamada “spirulina” con cuyas galletas México iba a resolver la hambruna del planeta.