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TRIBUNA

Los enemigos de la libertad

Juan A. Hernández Les
viernes 05 de octubre de 2018, 21:41h

La degradación de la política es sorprendente. Algún tiempo antes de morir abatido por sus asesinos el Presidente Kennedy tuvo un encuentro con los periodistas a los que se dirigió con un discurso magistral. Aquí, de Kennedy, nunca sabíamos nada, salvo que había sido asesinado aquella mañana, y después, que había sido amante de una mujer necesaria, ecológica y dispar como Marilyn Monroe, o sea, nada. Se dice que aquellas palabras fueron la causa de su injusta muerte y procedo ahora a señalar algunas, pues como decía Heidegger el lenguaje es la casa del ser, esa vivienda en donde mora el hombre. Después, añadía que los pensadores y los poetas son los vigilantes de esa vivienda, aunque aquella mañana el orador también cuidó de la suya.

En una sociedad libre y abierta, la misma palabra, secreto, es repugnante, dijo nada más comenzar. Y nosotros somos intrínseca e históricamente personas opuestas a las sociedades secretas, a los juramentos secretos, y a los procedimientos secretos. Es curioso, pero es fácil sostener que la fuerza de sus discursos no residía en que dominara con soltura la escena o en que se procurase el acento y el énfasis convenido en el arte de la oratoria, sino sólo en que sus palabras eran ciertas. Hablaba rápido, casi sin puntos ni comas, pero a medida que escucho ahora sus palabras hallo que su potencia inigualable reside en que a medida que avanza hacia el final sus palabras parecen un mazo que está a punto de horadar la madera definitivamente y que el clavo se ha hendido hasta el final.

Veamos: hace tiempo que decidimos que los peligros de la ocultación excesiva e injustificable, de hechos pertinentes, sobrepasan de lejos los peligros que se citan para justificar tal ocultación. Incluso hoy existe poco valor para oponerse a la amenaza de una sociedad cerrada al imitar sus restricciones arbitrarias o para asegurar la supervivencia de nuestra nación si nuestras tradiciones no sobreviven con ellas, y existe el gran y grave peligro de que una programada necesidad por aumentar la seguridad sea arrebatada y utilizada por aquellos ansiosos e impacientes por expandir sus intenciones a los mismos límites de la censura y ocultación oficiales. Aquella comparecencia duró alrededor de ocho minutos, y fue cortada livianamente con aplausos por algunas personas que se encontraban allí. Oír hablar a Kennedy en aquellos términos era como regresar a la época de los pioneros. Kennedy les recordó que la primera Enmienda de la Constitución de 1778 hacía precisamente referencia a la libertad de prensa, y después de Kennedy, que no fue quien mandó las tropas al Vietnam, se acabó todo.

El secretismo de la política ciertamente es repugnante. Desde que nos dimos a un nuevo Régimen el secreto, las decisiones en secreto, han ido en aumento, han impregnado a la sociedad, y han atravesado Instituciones y Colegios. En el trabajo diario quien se cree imbuido de autoridad institucional usa del secreto para mantenerse en el poder, y si es un partido o un grupo quien lo ostente, ninguna acción o comisión deja de estar sujeta a esa veleidad, a ese carácter.

Es demasiado falso todo lo que hemos oído estos días, y todo porque hay un problema ético grande y grave en nuestra clase política, integrada por un numeroso grupo de faisanes que se dejan cocinar a la intemperie como si sólo dispusieran de sus grasas, pero no de sus palabras. Si la esencia del hombre es el lenguaje no me cabe duda que la esencia del político es el discurso, pero a diferencia de las vulgatas de este tiempo hallo en John Fitgerald Kennedy una necesidad, no de hablar bien, sino de decir la verdad. Eso es justamente lo que el discurso de Kennedy denunciaba. El interés de sus palabras se acrecienta porque habla desde una sociedad aparentemente democrática y, sin embargo, en cuya vigilancia la sociedad ha decaído. Los enemigos de la libertad en las sociedades democráticas son numerosos, y por eso hablar hoy de democracia en nuestro ámbito particular produce sonrojo. Aquí, paradójicamente, el peligro no viene de los intereses económicos o militares, sino de los políticos, y nada ni nadie les puede hacer frente por el momento. Además, Kennedy habla de valor, de coraje y heroísmo, palabras hoy fuera del discurso políticamente correcto.

En ese discurso trágico resuena el eco de una angustia y un temor: Kennedy no sólo no se fiaba de los poderosos, de los nuevos ricos, sino que tampoco le merecían ninguna confianza los suyos. Esto ya había ocurrido previamente con otros hombres. A Sócrates le atacaron con un argumento muy fácil: había resquebrajado supuestamente los pilares de la democracia ateniense, y al acabar el periodo de los treinta tiranos le acusaron de haber traído la dictadura. Sin embargo, Sócrates había denunciado la corrupción, y para demostrar su inocencia se dejó llevar a la muerte. La tesis de Popper no deja de ser interesante: Platón, lejos de ser un buen filósofo, que también, amaba la dominación, y su inteligencia, tan perversa, le llevó a utilizar a Sócrates para escribir cosas en las que no creía y ocultar otras en las que sí pensaba.

Kennedy les anunciaba a los periodistas que no permitiría de ninguna de las maneras que alguien ejerciera la presión sobre ellos o sobre la información. Ningún presidente deberá temer el escrutinio público de su programa, pues de ese escrutinio surge el entendimiento, y de esa comprensión emana apoyo u oposición, y ambos son necesarios. Sin debate, sin crítica, ninguna Administración puede tener éxito, y ninguna República puede sobrevivir.

Juan A. Hernández Les

Historiador

JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.

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