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La veleta naranja y los yogurines encanecidos

miércoles 10 de octubre de 2018, 20:14h

Vox y Podemos, veíamos ayer, en su nueva política y viaje absoluto fuera del bipartidismo, tienen más en común de lo que se piensa: uno quiso ser el nuevo PSOE y el otro quiere ser ahora, desde Vistalegre, el mejor PP. Ambos se muestran como quintaesencia, nada de destilados o productos/partidos “light”, pero el enemigo de Vox no es el PP, de algún modo es su madre, viene de ahí, sino Ciudadanos. Albert Rivera quiso ser centro derecha, coger al adulto o anciano de la derecha desencantado (¿clase media?) junto al joven en absoluto precariado que busca otras opciones, entre ellas un mejor futuro laboral, pero siempre conservador en lo privado, buenos chicos aunque no necesariamente gente guapa ni gente bien, como se decía antes.

El odio cerval de Santiago Abascal hacia Ciudadanos es completo. Ciudadanos marea, Ciudadanos no es derecha exacta, Ciudadanos es perder votos o, algo peor, rebajar ideología. Estaba bien cuando Albert Rivera se ponía en bolas en las vallas publicitarias para denotar limpieza y transparencia pero la cosa empezó a decaer cuando el futuro partido de los yogurines se llenó de gente muy extraña, encanecida, con gafotas enormes de pasta y jerséis muy locos (fucsias, rojos, amarillos) de pico, que no se sabía muy bien qué pintaban ahí. Ciudadanos hubiese llegado más lejos si no hubiese buscado viejos, aunque el origen mismo de tal siglas en Cataluña, según escuché en una conferencia a Arcadi Espada, estaba ahí, en los viejos que desconfiaban de la gente joven y buscaban eso, gente cabal con más de cuarenta años que dijese sensateces para todos. Una rebeldía a lo Pla, siempre dócil y esa mansedumbre que no llega a la pelea jamás, retirándose antes. Era el partido de los viejóvenes, diría un moderno.

Lo que no cuentan es que la veleta naranja (Abascal dixit) roba votos a la derecha, tiene rumbo marcado, Arrimadas exhibe coraje y, tal vez, de ahí las pullas y tirrias de Vox, sabiéndose recién nacido. Nada más abrir la boca Vox se apartó de toda moderación (“La España que madruga está harta de ver cómo los manteros y la inmigración ilegal campan a sus anchas, protegidos por las instituciones”, “Se está regalando el fruto de nuestro esfuerzo a los que llegan sin llamar a la puerta”, “El estado del bienestar es para los españoles”) por lo que es muy difícil que un votante de Ciudadanos cambie a Vox, pero, si nos fijamos, en el momento que una votante de Vox se enamore de un mantero, la cosa ya está jodida. El odio racial en nuestras ciudades y sociedades multiétnicas tiene poco que hacer. Es nacer con vocación de minoritarios. La gente va por la calle con los ojos abiertos y no puede estar vomitando en cada semáforo. Pronto el xenófobo, sí, conoce a una chica, a un camarero, a un vecino del cuarto o del quinto, a una banda de mariachis despendolados que le hace retroceder y cambiar de opinión.

Vox no es la alternativa a Casado ni a Rivera, puede radicalizar las bases de ambos, pescar algún voto distraído, especialmente si la corrupción sigue azotando, pero la situación no es la misma que la de Francia y Alemania. Calculan los expertos entre uno y tres por ciento de votos para Vox si fuesen hoy las elecciones. Con más arraigo –según Metroscopia- en pueblos y ayuntamientos pequeños. Se habla de un posible votante masculino, sobre 55 años, e incluso se fija en los trece mil asistentes a Vistalegre (diez mil dentro y tres mil fuera del recinto) falta de seguridad a la hora de dar la papeleta por entero a la urna señalada. Vox puede ser una borrachera, un estado de ánimo, farra y euforia, algo así como Manolo Escobar cantando Y viva España justo después de Me gusta el vino y las mujeres. Sigma Dos habla de cómo el PP perdería, a favor de Vox, tan solo un dos por ciento, y no hay más contienda que la señalada: PP/Ciudadanos.

Metroscopia creía, pasado el verano, otra situación para el PP pero Casado no mejora en sus perspectivas. ¿Dónde está pues la fuga de votos? En los yogurines, está claro, ahora pronto todos en bolas en las publicidades para evitar gerontocracias y sin arcoíris de jerséis, por eliminar horteradas. El aznarato no beneficia nada a Casado: a estas alturas, con varias sentencias en la mano, reportajes enteros de periódicos, presidiarios a micrófono abierto, empresarios sin pelos en la lengua, decirnos que no hubo sobres blancos, amarillos y azules en su financiación es absurdo, no vale el tema ni para romance de ciego. En la veleta naranja, en los yogurines fucsias (por culpa del jersey) está el miedo de toda la derecha española, incluida la derechona. España Ciudadana –la plataforma contra el independentismo de Ciudadanos en Cataluña- es quien ha dinamitado a Torra y su unión con PDeCAT. A un yogurín con verdaderas ganas de follar y ser feliz, encanecido o joven, gafapasta o en bolas sueltas y nutridas, no lo para ni Adolf Hitler.

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