En los últimos tiempos, que ya se cuentan en décadas, han aparecido noticias procedentes del ámbito académico, relativas a la formación excelente de los señores que nos gobiernan. En efecto, son noticias relativas a esos mismos señores a los que no se les caía de la boca, a la hora de hablar de educación, el término “excelencia”. Próceres de lo suyo, prohombres de nuestra democracia, parecían afanados en promover una revolución educativa bajo el signo de la excelencia. Una tras otra brotaron de sus pasmosas inteligencias leyes de educación. Transformaciones asombrosas de la ratio studiorum de la enseñanza secundaria que acabarían conmoviendo los fundamentos de la escuela clásica y aportando enteras áreas de conocimiento a la universidad del futuro. Así brotaron rutilantes maestrías o másteres: experto en acción internacional humanitaria, máster en anticoncepción y salud sexual reproductiva, máster en comportamiento no verbal y detección de la mentira, social media influencer and profesional blogger or video blogger… No les engaña el olfato si detectan un cierto perfume globalizador. El mismo que emana de la gran revolución en los medios y herramientas educativas que, tras la panacea de las TIC´s, abandera el Global Teacher Price. Al fondo, el avance – de apariencia inexorable – de una homogenización de los contenidos y los métodos bajo el funesto signo de la ISO (International Organization for Standardization) siempre orientado a la normalización de la sociedad civil global.
Pero “excelencia” es sólo una de las hermosas palabras prostituidas por su torcido abuso en las voces de nuestros eximios administradores. Nadie que disfrute de cierta salud espiritual podrá pronunciarla ya sin enormes reservas. La educación excelente ha resultado en la impostura de titulaciones de favor y acreditaciones de saldo. Es que esos últimos tiempos empiezan a parecer verdaderamente el final de los tiempos.
Sobrevivimos en una sociedad pulverizada, en la que subjetividades opacas flotan en la turbia atmósfera en la que hace mucho tiempo se desvaneció todo lo sólido. El tema es ubicuo en la teoría social de nuestros días: desde el conocido paso marxista a la tematización, por M. Berman o Z. Bauman, de una asombrosamente plástica liquidez. De esa atmósfera evanescente forma parte una inquieta adaptabilidad de la “industria educativa” a las condiciones siempre cambiantes del mercado laboral y, por tanto, a las tendencias del consumo, que imponen una educación modular y flexible semejante a nuestras formas de trabajo. Se difunde la especie de una fascinante organización por proyectos del trabajo y del estudio. La columna de la vieja escuela se quiebra y se diseminan sus fragmentos estériles. La filosofía, acaso especialmente, se dispersa en presuntas ciencias humanas y en técnicas de intervención social: análisis de relaciones laborales, terapias psicológicas, gestión de recursos humanos, mindfulness y todo un repertorio de técnicas orientadas a despertar nuestras conciencias individuales, separadas, estancas. Los problemas de la vieja tradición metafísica se dan o por resueltos o por disueltos, los principios otrora inconmovibles de la tradición clásica y cristiana, que vertebró la vida común de los europeos, se disponen, entre tantos otros, en el nuevo catálogo de las opciones vitales. La desorientación convive con la soberbia masiva de una muchedumbre intratable de egos diminutos y el sistema educativo aparece como la noche oscura en que todos los gatos son pardos y el gastrónomo o el turista engolan la voz ante el nuevo auditorio universitario mientras adoptan el gesto teatral de la vieja autoridad, ahora avalada por sus millares de seguidores, distantes pero presentes en su muro de Facebook. El descrédito de los méritos académicos se propagó ya hace mucho tiempo.
En este horizonte nebuloso y oscuro, la vanguardia de los partidos – sus perfiles más conspicuos – adornan su figura con másteres, doctorados, estancias y programas de investigación acreditados por las mismas instituciones que el estado subvenciona o ampara de uno u otro modo. Y así las listas – que siguen cerradas y bloqueadas a la hora del voto – aparecen pobladas de una élite académicamente sancionada. Nuestros políticos del día pueden esgrimir titulaciones que acreditan aparentemente la divisa que los señala como “la generación más preparada de nuestra historia”. En ningún momento se cuestiona el sentido de una educación que asume íntegramente la orientación prescrita por las instituciones económicas y políticas. En resumen, nadie se pregunta por el objeto de tanta “preparación”. ¿Qué acredita nuestra educación? Preparados ¿para qué?