En España, desde hace algunos años, la libertad está bajo amenaza. No se trata tanto de las conductas que se han ido criminalizando -aunque conviene atender a este fenómeno también- porque, a fin de cuentas, al menos en un proceso penal hay ciertas garantías. Es verdad que, desgraciadamente, la presunción de inocencia tampoco atraviesa su mejor momento -ahí están los juicios paralelos, las cazas de brujas y los linchamientos en redes sociales- pero hay esferas de la vida española que cada vez sufren más el acoso del prohibicionismo por vía civil, administrativa o, fuera ya de lo jurídico, por el moralismo, que llega a ser el antónimo de la moral rectamente entendida.
Podríamos hablar de los ataques contra la tauromaquia, pero hay más cosas. Ya en el pasado, por ejemplo, los fumadores se fueron viendo reducidos al ostracismo hasta el punto de tener que salirse a la acera para echarse una calada. Los locales de ocio no pueden abrir cuando lo desean. Nuestra sociedad sufre cada día más normas que limitan la libertad en lugar de fomentarla. La vida social sufre una oleada de puritanismo, moralina y emotivismo.
Así, no sólo se resiente la economía, sino también las costumbres. El consumo de carne comienza a verse con recelo. El estigma de maltratador de animales se cierne amenazante sobre quien defiende el chuletón o la morcilla. Algunos creen que, tras el yogur y el queso, se esconde el expolio de las vacas y la desnutrición de los terneros, pero lo más preocupante es que, a fuerza de sentimentalismo y mala conciencia, es la libertad la que va perdiendo terreno. Gente que jamás ha tenido contacto real con el campo, ni con los animales ni con las formas milenarias de relación entre el ser humano y su entorno, irrumpen con propuestas normativas que amenazan ecosistemas enteros. La industrialización desbocada no es la única amenaza que se cierne sobre el medio ambiente.
Más preocupante aún es la pasividad frente a las minorías ruidosas y activas que abogan por las prohibiciones. No se las debería minusvalorar alegremente. Su capacidad de penetrar en el discurso cultural termina creando la impresión de que son mayoría y, más aún, de que tienen una superioridad moral que no necesitan justificar y que no se puede discutir. Por ahí, se va al totalitarismo.
En efecto, esos mismos que hoy se creen con derecho a censurar el consumo de carne, mañana se creerán legitimados para imponer sus convicciones por la vía de los hechos consumados, las normas jurídicas o la presión social. La ley dejará de ser la garantía de la libertad, para asegurar la imposición de un determinado modelo de vida: el suyo.
No se trata, pues, de lo que uno piense de los toros, la pesca, la caza o el circo. Esto no va de si uno fuma o se toma un costillar a mediodía, sino del peligro de dar por bueno que uno pueda imponer a los demás su propia escala de valores. Sin duda, debe haber conductas prohibidas, pero me temo que en España la prohibición se está extendiendo como forma fácil de resolver conflictos. Está dejando de ser una forma de defender el bien común y se está convirtiendo en un instrumento al servicio de unos pocos. Quien tiene mayor capacidad de presión política, social o mediática se impone, sin que se comprenda el fondo liberticida que todo esto conlleva. Los mismos que exigen libertad para protestar como deseen, reivindican la prohibición de aquello contra lo que protestan. Para ellos, las sociedades libres transitan en una única dirección: la suya.
Por eso, debemos reaccionar. No crean que esto se detendrá cuando se proscriba el último festejo taurino ni cuando se revoque la última licencia de pesca. No acabará con la imposición de menús sin carne en centros educativos, cuarteles y prisiones. Su final no será la clausura del último circo. Esto terminará con el linchamiento tuitero de quien piensa o vive diferente, con el ostracismo, la multa o algo peor. Esto terminará con la nostalgia de un tiempo en que cada uno podía hacer lo que quería dentro de cierto marco de convivencia que excluía a los piquetes moralistas.