Antonio Sánchez Jiménez (Toledo, 1974) es Catedrático de Literatura Española en la Université de Neuchâtel (Suiza), se especializa muy pronto en la obra de Lope de Vega, hace ediciones críticas de sus poesía (Arcadia, La Dragontea, Isidro, Romances de juventud, Romances de senectud…), pinta tres monografías sobre el Fénix de mucho peso: Leyenda Negra: la batalla sobre la imagen de España en tiempos de Lope de Vega (2016), El pincel y el Fénix: pintura y literatura en Lope de Vega Carpio (2011), Lope pintado por sí mismo: mito e imagen del autor en la poesía de Lope de Vega (2006). Ahora le llega el turno a una biografía que se lee en estado de rapto, convulsa, prodigiosa, formidable, única, erizada y violenta: Lope: el verso y la vida (Cátedra). Lope oceánico en su mar propio: “Mi vida son mis libros”.
Fue la envidia precisa de Cervantes y Góngora, fue capacidad de trabajo ante todo (1.500 comedias) y lo que el mismo trabajo le iba dando, dejó pistas como buen exhibicionista, llega a decir en el Epistolario que él, como los ruiseñores, tenía más voz que carne, mujeriego sí pero mucho más letraherido y adicto al potro de tortura de la pluma. Escribe leyendo, trabaja leyendo, y la clave la da por entero en La Dragontea: “¿Cómo compones? Leyendo,/ y lo que leo, imitando;/ y lo que imito, escribiendo;/ y lo que escribo, borrando;/ de lo borrado, escogiendo”. Su recurso más característico es el de la ficción autobiográfica: la obra como continua confesión pública de su propia intimidad, debidamente transformada, cubista, pintura albañal de mujeres o aquella otra elitista y rompedora (Elena Osorio, Isabel de Urbina, Juana de Guardo, etc). Todo el mundo envidiaba su producción (“Murmuran porque no imprimen”) y se propone un yo en ciclos sucesivos (“De mí mismo nací”) pero en constelación o estela amplia: comedias pastoriles, de amor y celos, de capa y espada, filosofía y digresión, máximas morales, amor loco y vida en llamas, fuego y agua.
Le plagian, roban sus versos, el humor negro no le cura las heridas abiertas pero ello le lleva a empezar a publicar sus obras en tochos, por grupos, visceral, retador y desafiante: “Imprimo, al fin, por ver si me aprovecha/ para librarme de esta gente, hermano,/ que goza de mis versos la cosecha./ Cogen papeles de una y otra mano,/ imprimen libros de mentiras llenos;/ danme la paja a mí, llévanse el grano./ Veréis en mis comedias (por lo menos/ en unas que han salido en Zaragoza)/ a seis renglones míos, ciento ajenos;/ porque al representante que los goza,/ el otro que le envidia, y quien dañan,/ los hurta, los compone y los destroza./ Veréis tanto coplón, que aun los estrañan/ los que menos entienden y que dicen/ que solo con mi nombre los engañan”. Fue palaciego, fue intrigante, busco en la letra ascenso social, como hijo de bordador, pero todo lo aprendió por su cuenta, desde el cancionero petrarquista hasta los griegos, en comedias que unen desafío entre caballeros a enredo amoroso, reflexiones sobre la naturaleza del amor y poética/política golfa, raleo costumbrista, la figura del villano con honor (Fuenteovejuna), la entrega absoluta de alma y cuerpo a un embeleco (La dama boba), amor y honor o sueño y miedo (El perro del hortelano) hasta esas comedias de las que nadie habla sobre la ciudad lunática de todos los amaneceres (El acero de Madrid, La moza del cántaro, etc).
Tiene bien claro desde los inicios la fórmula de su fábrica industrial de sus papeles sin calma: poética de mezcla, mezclar clases sociales en los argumentos al mismo tiempo que géneros, comedia y tragedia, todo dentro de la preceptiva clásica, como imitación de la naturaleza. Que hable Lope: “Lo trágico y lo cómico mezclado,/ y Terencio con Séneca, aunque sea/ como otro Minotauro de Pasife,/ harán grave una parte, otra ridícula;/ que aquesta variedad delita mucho./ Buen ejemplo nos da naturaleza,/ que por tal variedad tiene belleza”. Deleitar al público es la misión pues su paciencia está tasada, sacarles el doblón es su meta, generalmente una acción, decoro y suspense, brevedad en la comedia, distribuir bien el conjunto: “El sujeto elegido escriba en prosa,/ y en tres actos de tiempo le reparta”. Terencio, Plauto, ironía del autor, conocimiento del vulgo, hablar en necio al vulgo para darle gusto y que pague. Lope vende una adicción, toda una literatura, así no había linaje ausente en casa a su retrato, fama y ataques nocturnos, musas como rameras, lo precario del mundo teatral, luto en el estómago.
Tuvo destierro (Toledo, Valencia…) por sonetos infamantes, y una manera de ver el lenguaje como alucinación, destierro y rabia. Protectores, tipo el duque de Sessa, no le daban minuta sino regalos. Tuvo la mejor casa de Madrid (calle Francos entonces, hoy Cervantes) que compra por nueve mil reales (dos años de escritura de comedias).Domina todos los metros: sonetos, redondillas, romances, liras, estancias, octavas, etc. Sus feroces rivales se quedan boquiabiertos con sus cultismos en combinación con abundante barro en las ruedas. El programa va por rachas: epopeya histórica de tema contempóraneo (La Dragontea), épica hagiográfica (Isidro), el romanzo (La hermosura de Angélica), la epopeya cristiana (Jerusalén), etc. Su trilogía de la gloria (Arcadia, La Dragontea, Isidro) sigue el modelo de Virgilio: égloga (Bucólicas), poesía didáctica (Geórgicas) y epopeya (Eeneida). Luce erudición, hace literatura de la literatura, tapa bocas, pero sobre todo destila ingenio en su reto permanente como novelista, poeta lírico y comediógrafo. El trabajo mismo le puso siempre al abrigo de los tiros de la envidia y bajo el respeto reverencial de sabios y cortesanos.
Lopillo, para Góngora, siempre insufrible por sus libros repletos de apostillas extraídas de poliantelas y otras enciclopedias del momento. Virgilio y Horacio por un lado; por el otro, Ariosto y Tasso. Lope pío e impío, nube de hijos, frugal y solitario, siempre distante, ciego por el exceso de trabajo (“de escribir disparates para vivir he tenido un ojo para perder”), escritura de viento hurtada al sueño y aún más al sustento, por pagar deudas de progreso y ambición ambarina. Lope total, apenas un torrezno al desayuno y el martirologio de la pluma sin mengua de fervor: “Entre libros me amanece el día,/ hasta la hora que del alto cielo/ Dios mismo baja a la bajeza mía./ Y cuando nuestra luz con pies de hielo/ la noche eclipsa, lo que al rezo sobra,/ su parte con las musas me desvelo”. Escribe desde el alba, sí, leyendo, tachando y puliendo el estilo, hasta dejar “oscuro el borrador y el verso claro”. Una o dos comedias al día como rutina, alguna correría amorosa, y esa fuerza, sí, la de no bajar escalón: “Mil y quinientas fábulas admira,/ que la mayor el número parece:/ verdad que desmerece/ por parecer mentira,/ pues más de ciento, en horas veinticuatro,/ pasaron de las Musas al teatro”. Humor, amor, refinamiento, lujo, distinción, leyenda.