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TRIBUNA

Felipe el Bueno

Natalia K. Denisova
sábado 20 de octubre de 2018, 19:21h
Si Felipe II era merecedor del apodo Prudente, Felipe VI merece con creces el sobrenombre de El Bueno. Es necesario ser valiente, discreto y sensato para insistir en la defensa de la nación española y su Constitución en los tiempos que corren. Felipe VI defiende la nación y el estado de España en cada acto público que asiste. El discurso del Premio de la Princesa de Asturias es otro acto de afirmación nacional frente al totalitarismo que se ha instalado en las instituciones y amenaza a devorarlas para ponerlas a su servicio. La tesis del Rey es clara: o defendemos el Estado con todos sus inconvenientes o sólo nos queda buscar un nicho dentro del Estado totalitario que están tramando algunos partidos, para incrustarnos en él como los moluscos en sus conchas sin más perspectivas que la espera de las prestaciones del tirano de turno.

Felipe VI tiene toda la razón en insistir que la clave de la democracia es la defensa de la Constitución y de su cumplimento: “Una Constitución fruto de la concordia entre españoles, unidos por un profundo deseo de reconciliación y de paz, unidos por la firme voluntad de vivir en democracia”. Defender la Constitución y el Estado es la clave de la convivencia y la paz, de la Cultura con mayúscula frente a la discordia y los atávicos instintos cantonales. La existencia de España está puesta en cuestión no sólo por una parte de los catalanes, sino por una buena porción de los andaluces, vascos, gallegos, madrileños, valencianos… Hoy todos somos los mejores y merecemos más que cualquiera. La negociación de los presupuestos autonómicos se parecen a las broncas en el patio de un colegio donde los niños se ensañan con “yo quiero más”. ¿Qué puede sacarnos de este marasmo?

Ya que entre las compras y el tráfico, metidos en el ajetreo infecundo del día a día no tenemos tiempo para pararnos a pensar un poco, llegará un momento de la verdad. Las leyes de la Historia son inexorables, sobre todo, cuando el hombre se olvide del pasado voluntariamente. Cuando el hombre, arrogante e ignorante, se siente amo de la situación es cuando más la Historia se ensaña con él. ¿Qué es para un ciudadano actual España? Algunos dirán que es un gran país, otros que es un espacio entre el mar Cantábrico y los montes Pirineos… Pero el sentir general es que el estado es un ente del que no tenemos mucha necesidad, una excrecencia accidental que ayuda identificarnos cuando cruzamos las fronteras o, lo que es peor, es algo que nos roba. Sin embargo, el Estado y la Constitución constituyen el único refugio que nos queda frente a los mezquinos intereses de los nacionalistas y frente al totalitarismo de las élites políticas advenedizas.

La enfermedad de la desintegración nacional se ha convertido en crónica. El estado moderno y centralista que cuenta con unos 500 años de historia no surgió por el capricho de un monarca autoritario. Fue el estado que comenzó a aparecer con los Reyes Católicos y que iba transformándose paulatinamente hasta hoy. Actualmente las élites intelectuales y políticas han aceptado el tópico de que es el mayor enemigo de las libertades y de las diminutas "culturas" locales. Sin embargo, su razón de ser no fue la opresión del poderoso, sino el hastío del pueblo con las guerrillas entre los señores o reyezuelos de la Edad Media que si no se peleaban con los moros se peleaban entre sí. La Providencia quiso que a finales del siglo XV en los reinos de Castilla y Aragón surgiese un sentir raro, peculiar, pero precioso, que hizo a las élites y a la población general apartar sus intereses individuales para pensar en algo más grande que sobrevivir el día a día con la panza llena. Esto fue el principio del Estado: una idea, un proyecto de vida en común. Este lugar común, este poder central, como dijera Unamuno, es entre lo mucho malo, lo menos malo acaso que tenemos.
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