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TRIBUNA

El hombre que permanecía callado

Juan A. Hernández Les
sábado 20 de octubre de 2018, 19:55h

El hombre permaneció callado el primer día. Siguió callado un año y durante los años siguientes así continuó, hasta que llegó su oportunidad. Durante todo ese tiempo ese hombre, sin embargo, no había estado quieto en ningún instante. Dicen los que le conocen que, no habiendo podido acudir a las clases de Savater cuando era un estudiante de Derecho, acudió después disfrazado durante el tiempo que permaneció callado en el Parlamento

Sólo iba a clase cuando el profesor hablaba de Maquiavelo. Coincidió precisamente con la mayor dedicación que el profesor otorgó al teórico del Estado. Maquiavelo nunca hubiera escrito aquel tratado del Príncipe si no fuera porque él mismo lo traicionara, ofreciéndose como Secretario al clérigo Savonarola, clérigo republicano que echó a los Médici. La clase ya había comenzado cuando entró aquel hombre espigado, de fácil y amplia sonrisa, y una peluca que ocultaba su verdadera identidad. Le llamó la atención que el profesor hiciera una profunda crítica de la democracia: el instrumento político de la democracia es tan apto como cualquier otro para vehicular el despotismo, y mejor que todos los otros para legitimarlo

Esto lo sé porque yo estaba allí, y no me fijé en otra cosa que en observar lo que hacía ese hombre tan singular. Siempre llegaba tarde y siempre se marchaba del aula el primero. Ese primer día los alumnos habíamos comprendido que para Maquiavelo la democracia podía ser un sistema tan siniestro como cualquier otro, pues inmediatamente el profesor añadió que el Secretario de Estado había establecido que la libertad política era relativa, mientras que la necesidad de vivir era imperiosa.

Al poco de empezar, Savater se descargó con una soflama, que no recuerdo si era una cita, o si era una reflexión personal: el secreto principal del gobierno consiste en debilitar el espíritu público hasta el punto de desinteresarlo por completo de las ideas y principios con los que hoy se hacen las revoluciones. El hombre prestaba una gran atención a las palabras de nuestro profesor, que se encendió declamando su siguiente párrafo más allá de la cuenta: la propuesta de Maquiavelo es absolutizar la superficie democrática para mejor pervertir su fondo; sustraer el contenido de las instituciones y fórmulas antidespóticas para sustituirlo por la médula misma del despotismo, esto es: temor, avaricia y sumisión impúdica ante la fuerza

Era sorprendente estar asistiendo a aquello, a una crítica de la democracia, cuando no llevábamos en ella más que tres años escasos. Así que, Maquiavelo no sólo habría propuesto una teoría del Estado, sino que además habría propuesto una teoría del exterminio democrático de la democracia, en donde todo era posible: la impunidad, la persecución y el crimen, un útil revestimiento para tipos inteligentes y modernos de tiranía oligárquica

En la clase siguiente todavía el profesor pudo completar su discurso sobre Maquiavelo. En el pasillo, antes de entrar, pude atisbar, la presencia de otros desconocidos, que vestían igual que el forastero. Todos llevaban sombrero, y gabardinas caladas hasta el cuello. Al escucharles me di cuenta que tres eran catalanes; uno, vasco y, dos, gallegos. Cruzaron unas palabras con nuestro hombre, y se sumaron al personal cuando Savater retomó el tema. ¿Acaso no vemos que ocurre así un poco por todas partes y que los autócratas siempre se encumbran apoyados por los tibios liberales que ven en ellos la mano fuerte que ha de poner orden en el revuelto corral democrático

Maquiavelo había recomendado el terror como antídoto contra la revolución, y el profesor lo explicaba de una manera brillante: terror a la anarquía y a la inseguridad en política interior, terror a la bancarrota en política económica y terror a la guerra internacional en política exterior. El Estado, tal y como lo explicó Hobbes, nace de los terrores del hombre, pero no para abolirlos definitivamente, sino para conservarlos en suspenso, para dosificarlos sabiamente

En esta última clase siguió sobre todo la propia dialéctica de Joly, que en su diálogo en el infierno nos revela algo que ya está sucediendo 150 años más tarde: nuestra prensa de la oposición no existe prácticamente, y el gobierno nombra directamente a los directores y a los redactores utilizando diversos medios para ello. Hoy da una cierta grima ver a las cadenas de televisión de la derecha, y a casi todas las emisoras de radio, a los periódicos de provincias, a sus periodistas, y tutti cuanti, haciéndole el caldo al disfrazado que entraba solícito en las clases del príncipe, pues en cada diario todo el mundo se autocensurará y vigilará a su compañero para evitar la desaparición de su medio de vida

¿Sabéis que hará mi gobierno? Se hará periodista. Los periódicos oficiales harán la panoplia de cubrir las apariencias, mientras que la auténtica propaganda la realizarán diarios que aparenten oposición. Se pertenecerá a mi partido sin saberlo. Quienes crean agitar su propio partido, agitarán el mío, y quienes creyeran marchar bajo su propia bandera, estarán marchando bajo la mía.

Juan A. Hernández Les

Historiador

JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.

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