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TRIBUNA

Justicia orientada

viernes 26 de octubre de 2018, 20:37h

Hemos visto entrar en prisión al que fuera vicepresidente del gobierno y rutilante director gerente del FMI, hemos visto entrar en prisión al consorte de una infanta, al excelentísimo señor Urdangarín, hemos visto en prisión a alcaldes, diputados y concejales, a banqueros y empresarios… que infectaron con una capa de verdín y herrumbre la quebrada estructura económica y política del Estado.

Algunos juzgarán insuficiente el número de corruptos que han entrado en prisión, denostarán las condiciones en que la condena se cumple y que resultan ajenas, al parecer, a las habituales en nuestro sistema penitenciario. Sea como fuere no queda entre nosotros otro signo de la existencia del Estado que la eficacia del poder judicial. Entiéndase que las penas son benévolas o extremas, que se exhibe un privilegio intolerable en las condiciones del encierro o se aplica una severidad inadecuada. En cualquier caso, la misma presencia de honorables e ilustrísimas, de excelencias y muy señores míos, junto a penitentes anónimos o pseudónimos, es índice de la realidad del Estado. Si se quiere será un índice precario, pero significativo de la existencia todavía indudable de España.

Siendo inaceptable la corrupción económica, que como mugre u orín ha cubierto la arquitectura entera del Estado, al punto de poner en peligro su composición material, parece comprometer de modo más directo esa arquitectura la corrupción política que, como una agresión directa y sistemática, busca quebrantar los pilares básicos del sistema político o su estructura formal. Y, sin embargo, al tiempo que Rodrigo Rato ingresa en prisión los socios de gobierno de nuestro presidente le exigen que “oriente” a la fiscalía a la hora de juzgar la situación de unos presos acusados de atentar contra la estructura misma del Estado. Acusados de secesión y rebelión.

El muy escrupuloso presidente Sánchez no puede admitir la acusación de participar en el golpe de estado seriado, de tránsito lento, que ejecutan sus socios parlamentarios. Sus escrúpulos le conducen a una indignación que, por otra parte, le permite no responder a las demandas que la oposición le dirige, dado que ha preferido retirarles la palabra. No dudo de que el Sr. Sánchez se siente ofendido, como no dudo de que tenga la certidumbre subjetiva de no participar en la secesión que, acaso representada más que ejecutada, tiene lugar en Cataluña. No se olvide que la representación es, en asuntos humanos e institucionales, un momento de la ejecución. En cualquier caso, a nadie importan las certidumbres y sentimientos que Sánchez pueda tener: su colaboración con el acto de secesión es objetiva. ¿No basta con ver que sus apoyos parlamentarios son los agentes mismos del programa secesionista? Que el Sr. Sánchez no cree estar apoyando un golpe de estado podría resultar un síntoma de neurosis, cuando la realidad palmaria es que sus socios son los disociadores de la unidad política de España. ¿Sánchez pretende construir una España federal y no simplemente destruir o fragmentar el país en esas esencias nacionales que se pretenden a menudo gestadas más allá de la historia? Parece simple obstinación interesada no querer ver que es otro el programa que orienta a sus aliados y acaso es simple ignorancia no entender que esa soñada federación, cuya realización no está en sus manos, tiene como precio el remate o acabamiento de la España histórica.

En algún momento ese programa tendrá que dar la cara y manifestar expresamente sus objetivos, tanto como medir las consecuencias de su eventual logro. Por el momento, hay que señalar al presidente lo poco que importa su certeza subjetiva de no participar en la secesión, ante la alianza objetiva que sostiene su gobierno.

La acusación de la oposición ha sido pretexto para el arrebato con el que pretende justificar su silencio. Olvida Sánchez, dominado por el principio del placer, que su enfado no le exime de la respuesta, que a nadie importa su indignación, que el presidente del gobierno tiene la obligación formal de responder a las preguntas que se le han formulado. No puede Ud. declarar que no tiene nada de qué hablar con el líder de la oposición mientras no retire sus palabras, porque esas palabras diáfanas le emplazan y su silencio ofendido es signo de una soberbia astuta que, sin embargo, a nadie engaña.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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