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ENSAYO

Josep Pla: Viaje a Rusia

domingo 28 de octubre de 2018, 17:08h
Josep Pla: Viaje a Rusia

Traducción y prólogo de Marta Rebón. Barcelona, Destino, 2018, 280 páginas. 18 €. Libro electrónico: 9, 99 €.

Por Francisco Estévez

Que la literatura de viajes vive una agradable época entre nosotros es cosa manifiesta. Así lo demuestra el vigor de editoriales especializadas como Línea del Horizonte, donde, a bote pronto, se pueden destacar de reciente edición las intimistas Variaciones sobre Budapest, del escritor-nómada Sergi Bellver, y Chuquiago. Deriva de la Paz, del polígrafo Miguel Sánchez-Ostiz. Otra buena muestra es la traducción del libro que ahora nos ocupa del catalán más universal del siglo XX, Josep Pla. Una primera traducción al español de cualquier texto del ampurdanés es siempre motivo de felicidad para las letras peninsulares y al trasluz síntoma de la dejadez y poca pericia editorial, por no hablar del nulo tiento cultural, si consideramos que 1981 es la fecha de muerte del escritor. Sea como fuere, llegan ahora estas crónicas rusas traducidas por Marta Rebón, quien añade un prólogo sereno y útil, adjetivos poco comunes en estos tiempos sectarios. Rebón es conocida por ese libro suyo de ciudades, interesante, explorador y curioso, que ha cosechado a partes iguales aplausos y griteríos, los primeros a cuenta de la escritura íntima a través de sus propias lecturas, escritura híbrida a la postre, los segundos, a fuerza de ser sincero, de lo mismo visto al revés, o sea, de su citacionismo nervioso y otras quejas sobre escritura posmoderna.

Conviene señalar, como hace Pla al iniciar discurso, rasgo de buen reporter, la enorme curiosidad que respiraba Europa entera por los aires agitados de Rusia cuando se le solicita cubrir unas “Noticias de la URSS. Una investigación periodística” en 1925. Si cabe, la Revolución de Octubre funcionó como espoleta detonando el ansia de información cuando Europa comenzó a poblarse del exilio ruso. En estas páginas se practica un periodismo alejado del pedestre sensacionalismo: “Esta clase de periodismo de una dialéctica tan primaria nunca me ha interesado”. Insiste el autor, pues, en centrarse en los hechos, truculentos o no, como aquel detalle por el cual nadie va vestido de rico lo cual “modifica completamente el aspecto del país” para sorprenderse finalmente “con la vivacidad, la vitalidad, la movilidad de la gente”.

Por supuesto queda retratada la inmensidad del paisaje ruso razón por la cual entiende el catalán que la natural soledad que ello provoca “explica el internacionalismo, el comunismo y el ilusionismo moral” en el individuo. Se descuelga brillante apuntando el choque capitalista visto a través de apunte que hoy sería tachado por el puritanismo: “Para una señora occidental, encontrarse en una ciudad sin escaparates tenía que ser un choque fortísimo”. Y, sin embargo, el apunte consigue centrar en breves palabras la profunda sensación que implica la ausencia de comercio por las calles. La socarronería exclusiva y polisémica de su prosa da imagen vívida de todo lo que cae ante sus ojos y traza en pocas líneas un retrato plural del pueblo, el soviet, las elecciones, los salarios, la industria, etc. alcanzando brillantez máxima en las páginas dedicadas a la burocracia o a la libertad. Como es lógico tiene al Partido comunista como “la clave de todo, la explicación y el fundamento de todo” y a Rusia como uno de los gobiernos más fuertes de la época pues “trabajan. Esta es la explicación del misterio”. Todo lo cual le hace entender la experiencia comunista como “el primer ensayo de occidentalización a fondo que soporta este pueblo”.

Por otro lado, el buen reportaje se complementa, como era deseo inspirado del propio autor, con la semblanza del desdichado Andreu Nin (1892-1938). Ambos textos son a todas luces complementarios. Cuando Pla visitó Rusia en 1925, el marxista revolucionario catalán le brindó buena acogida y gran información. Pasados los años, cuarenta para ser exactos, el ampurdanés trazó una semblanza en su colección de “Grandes tipos”. El gran conocimiento del mundo ruso facilitó el trabajo al periodista; Nin llegó a formar parte del gobierno soviético, su celebridad viene del asesinato en extrañas circunstancias por agentes estalinistas durante la Guerra Civil española. Es en estas páginas donde se cuenta, además, la estupenda anécdota de cocinar un arroz por petición de Nin. Es un hermoso artificio que adorna Pla para cuajar definitivamente la psicología del personaje, el cual admitirá poseer coche y dacha gracias al cargo.

Trampantojo o menos, nótese de tal modo, el poder serpenteante de la prosa planiana para cumplir objetivos; aparte queda la continua broma en la punta de los dientes: “Durante dos o tres días, no pensó más que en el arroz. Como buen fanático, era un espíritu monográfico”. Sea como fuere, y a pesar de la dureza casi granítica del perfil trazado, en última instancia, salvará al personaje cediéndole un puesto privilegiado en la literatura catalana, al ser traductor de Tolstói y Dostoievski. Sobre el asesinato, que a fin de cuentas es por lo que deviene famoso el trotskista, como en las Memorias de Manuel Azaña, nada claro sonsaca. Pla insinúa una “bala leninista” a pesar de que el pasaje real queda junto al exterminio del POUM como fragmentos poco iluminados de nuestra cruenta historia de guerra civil.

Toda crítica que se precie de tal sobre la prosa de Josep Pla tiene por obligatorio referirse a la célebre adjetivación del catalán. Éste pues resulta un tópico irresoluble, escabroso y, a la fuerza, algo cansino cuando no fastidioso. Demos aquí, por tanto, una solución sino lucida, al menos decente. Tiene el adjetivo de Pla en estos apuntes su típica concisión y brillantez que, en ocasiones, pudiera malentenderse, por ejemplo, el retrato final de Nin. La prosa de Pla atiende mediante aristas imprevistas y esquinas sorpresivas por ingratas a darnos nueva luz sobre los objetos o figuras.

Por más señales, dejemos apuntado aquí que, de forma lateral, Josep Pla se brinda un mínimo y condescendiente autorretrato, al considerarse persona “dormida en la tolerancia y la dulzura de Montaigne”, apréciese bien el juego de contrastes y los matices que apunta la polisémica frase por más que actúa de refuerzo al contrastar con la figura de Nin a quien considera: “Ligado a los dogmas implacables del marxismo-leninismo”. Y de propina regala otra definición más de la esencia catalana, Pla que tantas buenas definiciones ha regalado de su terruño: “Un país en que la pasión no está más que en la boca, en un país de pasiones muertas si exceptuamos la pasión del dinero”.

Las miserias de la cultura o la poca valentía editorial pueden explicar que a estas alturas del siglo Josep Pla no esté traducido por entero al español, bien anotado y mejor prologado en unas Obras Completas que demanda el gran clásico de las letras catalanas. Similar en afanes al portugués Miguel Torga y su La creación del mundo, con quien comparte esa grandeza de universalizar lo pequeño o, por otro decir, convertir a la aldea en el universo entero al poseer lupa adecuada. Sólo de semejante cariz se puede entender la respuesta a modo de poética literaria que endosa Pla a Nin cuando el trotskista le inquiere por el carácter único, exclusivísimo, del pueblo ruso: “-A mí me parece que el pueblo-pueblo en todas partes es el mismo más o menos…”. Si prescindimos de la característica muletilla falsamente humilde y realmente jocosa de “más o menos” entenderemos el sincero piropo que tildó al pueblo ruso de aquella época. El de ser un pueblo con hechuras sinceras, sin amaneramientos ni poses, en sus palabras, “pueblo-pueblo”, como la literatura de Josep Pla, literatura-literatura.

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