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ORIENT EXPRESS

La sangre de tu hermano

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 28 de octubre de 2018, 19:57h

La anécdota la cuenta Joseph Telushkin en “Rebbe”, su biografía del Menachem Mendel Schneerson, el séptimo líder de Javad Lubavitch y uno de los grandes líderes judíos del siglo XX. George Rohr, un filántropo neoyorkino, se acercó el Rebbe para contarle que había reunido para la ceremonia de Rosh Hashaná -el Año Nuevo judío- a ciento ochenta personas sin origen judío. El Rebbe le respondió amable y desafiante: “¿sin origen judío? Dígales que tienen el origen de Abraham, Isaac y Jacob, Sara, Rebeca, Raquel y Lea”.

Este es el origen de todos nosotros, los que hemos crecido en la tradición judeocristiana. Hemos aprendido que el mundo tiene un sentido, que no estamos solos en la Creación y que el Señor del Mundo lo es también de la Historia. Nos han enseñado que la vida es sagrada y que en cada ser humano se refleja el rostro del Altísimo, que lo hizo a su imagen y semejanza. Toda la historia de los patriarcas y de los profetas es el relato de la lucha contra la tiranía, la sinrazón y la injusticia. Sabemos que somos responsables de nuestros actos. Sabemos que no nos es lícito contemplar impasibles cómo se derrama la sangre de nuestro hermano. Sabemos, como recordaba Scholem, que hay un Misterio en el mundo. Sabemos que la marca indeleble del Creador es la vida.

Pero el sábado pasado fue un día de muerte.

En la sinagoga El Árbol de la Vida, en Pittsburgh, un terrorista asesinó a once personas e hirió a seis más, aunque el número de víctimas es provisional. Las informaciones publicadas hasta ahora señalan al presunto autor como un neonazi que gritó “¡los judíos tienen que morir!” mientras disparaba el rifle de asalto y las tres pistolas que portaba. Después de un intercambio de disparos con la policía, se entregó.

Los mensajes de condolencia -de cuya sinceridad no hay por qué dudar- llegaron a Pittsburgh y a las comunidades judías de los Estados Unidos desde todos los rincones del mundo. Personas de buena voluntad, exteriorizaron y compartieron su dolor en las redes sociales. Los grandes líderes de los países enviaron sentidas palabras que condenaban el antisemitismo y expresaban su solidaridad con las víctimas. No hay por qué pensar que todo fuese mentira. Los sentimientos y las emociones cruzaban el mundo a velocidad de vértigo. Me entristece pensar, no obstante, que, una vez más, vayan a olvidarse con la misma celeridad con que llegaron.

Este atentado antisemita nos muestra el verdadero rostro del odio en nuestro tiempo. Detrás de este crimen, palpitan los viejos mitos antisemitas que una y otra vez escuchamos en boca de los radicales de izquierda, los radicales de derecha y los yihadistas de todo signo. Las acusaciones de crimen ritual han adoptado la forma del israelí -es decir, del judío israelí- que mata niños indefensos. Las acusaciones de errar y vagar por el mundo se han vestido el hábito del judío globalizador que carece de patria. Si quiere tenerla, será un colonialista israelí, un racista sionista o, en todo caso, un traidor en potencia. Las acusaciones de ser los primeros racistas se camuflan tras los reproches de discriminar a quienes no son judíos. La conspiración judía mundial hermana a los capitalistas y los revolucionarios en una disparatada narración que abrazan por igual la Revolución Islámica de Irán, los yihadistas del Estado Islámico y Al Qaeda y los nazis y neonazis de todas partes.

No es momento ahora de negar esos mitos ni de denunciar, una vez más, su falsedad porque hoy toca contemplar sus consecuencias. Ese discurso de odio que todos comparten jalona el camino a atentados terroristas como el que ha sufrido la sinagoga El Árbol de la Vida en Pittsburgh.

He aquí el camino que señalaron “Los protocolos de los sabios de Sion”, las Centurias Negras, el antisemitismo de la Europa de Entreguerras, la propaganda nazi, las políticas antisemitas de los partidos comunistas de Europa Central y Oriental y las proclamas antisemitas de Naciones Arias y el Ku Klux Klan. He aquí la ruta trazada por Eichmann y por Muhammad Amin al-Husayni, gran muftí de Jerusalén y colaborador de los nazis desde su residencia berlinesa. Hasta aquí conducen el discurso de Hitler que Hippler incluyó al final de “El judío eterno” –“si los financieros judíos internacionales dentro y fuera de Europa logran sumir de nuevo a las naciones en una guerra mundial, el resultado no será la bolchevización de la tierra y, por lo tanto, la victoria de los judíos, sino la aniquilación de la raza judía en Europa”- y las palabras de Mahmud Abbas este año ante el Consejo Nacional Palestino, por las que tuvo que pedir perdón días después.

Hasta aquí, hasta este nuevo crimen antisemita, conducen las palabras de Mahmud Ahmadineyad que consideraba a Israel “una mancha nefasta” que “debe ser borrada del mapa”. Hasta aquí llega la negación del Holocausto como política de Estado que la Revolución Islámica de Irán lleva años impulsando. Aquí conducen los discursos de extrema derecha y extrema izquierda que demonizan por igual a los judíos so pretexto de ser antisionistas. No repetiré aquí el análisis de Pierre André Taguieff sobre el nuevo antisemitismo. Baste señalar, por ahora, que el antisemitismo no es patrimonio exclusivo de una u otra ideología. Por desgracia, el odio a los judíos goza de excelente salud gracias a los radicales de derecha, a los de izquierda y a las organizaciones yihadistas en todo el mundo.

El odio que el antisemitismo encarna comienza con los judíos, pero no termina con ellos. El antisemitismo detesta todo lo que esa tradición bíblica en la que hemos crecido encarna: la compasión, la solidaridad, el perdón. Detesta la razón y la misericordia, la profunda lógica de amor que lleva a la reconciliación de Jacob y de Esaú y de José y sus hermanos. Frente al mensaje de odio que el antisemitismo proclama, hay una afirmación del amor del Creador por su criatura que vibra en los textos de Oseas y las profecías de Isaías y de Jeremías.

En efecto, todos los que hemos crecido en esta tradición tenemos un origen que se remonta a Abraham, a Isaac y a Jacob, a Sara, a Rebeca, a Raquel y a Lea. Todos volvemos el rostro a Quien dijo que “mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos”. Todos deberíamos saber que ayer, una vez más, la sangre derramada fue la de nuestros hermanos.

Esta columna eleva hoy una oración por las víctimas del atentado terrorista contra la sinagoga El Árbol de la Vida de Pittsburgh.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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