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Czechoslovakia, agosto, 1968

jueves 24 de julio de 2008, 23:02h
Acabo de oír una canción de Julie Driscoll que se titula precisamente “Checoslovaquia”, con la ortografía que acabo de utilizar en el título. La letra dice que de pronto, en medio de la multitud que abarrotaba la calle apareció un carro de combate T 34. Y añade con laconismo: luego aparecieron muchos más. La voz calla y las guitarras eléctricas emiten un estridente sonido que pretende evocar el ruido de las cadenas del carro y el tableteo de las ametralladoras.

Ya que no hemos tenido pudor en evocar con cierta autocomplacencia el mayo del 68, quizá no deberíamos olvidarnos, aunque nos pille en plena siesta de agosto, de aquel otro 68 que, acaso, tenga más relevancia para nuestro futuro de europeos. El mayo del 68 representó en la mente de los jóvenes airados franceses y alemanes el último brote de utopismo exigente -recuerden que fuera lo que fuere que se reivindicara, se añadía el adverbio “ya”, para subrayar que no se estaba dispuesto a esperar-; y en la de los jóvenes americanos, aquel milenarismo blando que auguraba un nuevo paraíso más o menos hippie porque entrábamos en la era de Capricornio. Pero en ese mismo 68, los jóvenes polacos, checos, húngaros, búlgaros, lituanos, incluso rusos, tenían el problema inverso: escapar de la utopía que se les había hecho realidad, ¡ay!, en forma de “paraíso” comunista. Y más o menos es en lo que andaban los estudiantes checos, cuando aparecieron en sus calles los carros de combate evocados por Julie Driscoll, que fue testigo directo de la invasión, al encontrarse en Praga para dar un concierto.

Puede que aunque los dirigentes checos evitaran el baño de sangre que no fue posible en el Budapest de 1956 o en la Polonia de 1953, sin embargo, el alcance de su revuelta contra el ocupante soviético haya tenido más efecto que cualquier otra y conformado el principio de la resistencia que finalmente conduciría a las revoluciones del 89 y la disolución del imperio comunista. Con el televisor instalado en el comedor o en la cocina de las clases medias occidentales, era más difícil reducir el acontecimiento a otro reajuste dentro de una lejana y abstracta “guerra fría”. Los intelectuales “orgánicos” y las masas se sintieron concernidos. Pero los primeros no pudieron explicar ya a las segundas que se trataba de un pequeño sacrificio para que los hijos de los hijos vivieran mejor, felices e iguales, por fin, en un mundo sin clases. El comunismo se quedaba sin imagen a los acordes de las guitarras eléctricas. Le iba a resultar cada vez más difícil evitar la comparación con su gemelo totalitario, el nazismo, que hasta entonces había sabido evitar.

Quedaban por delante veinte años de guerra fría en barbecho, música pop, estructuralismo científico, cine de arte y ensayo, desmoronamiento de las dictaduras, erotismo disociado, agotamiento, en el mundo del arte, de las vanguardias históricas y magníficas novelas -luego películas- de espías. Había irrumpido en la literatura popular John Le Carré, quien había comprendido que la profesión de espía no tenía futuro porque lo soviéticos eran demasiado malos para ganar. Pero también surgió en aquellos años setenta, camino de los ochenta, una novedad radical en lo que un hegeliano llamaría “la vida del Espíritu”: la aparición de la figura del disidente. No coincide ni con el resistente ni con el exiliado, aunque retenga aspectos de ambos. Es aproximadamente lo contrario del intelectual que perora en los cenáculos, cátedras universitarias y espacios de moda. Lo que caracteriza al disidente es tener algo que decir -que no necesariamente tiene que ver con el poder político- y tener prohibido decirlo porque un poder policial se lo impide y, a pesar de ello decirlo, arriesgando su posición social, la de su familia y hasta la propia vida. Eso por decir, puede ser una idea religiosa o un análisis filosófico o un poema o una información sobre el medio ambiente. La famosa Carta 77 de la que Vaclav Havel fue su más brillante y visible representante en la Checoslovaquia ocupada, fue antes que nada un movimiento de disidencia intelectual, del que formó parte uno de los pensadores más profundos de la segunda mitad del siglo XX: Jan Pato?ka. Sin las enseñanzas de éste filósofo en sus seminarios clandestinos, cultivo de la simiente de aquel agosto de 1968, no habría sido posible la revolución de “terciopelo” y la caída del muro de Berlín.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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