Pedro Sánchez lleva más de cuatro meses bajándose los pantalones hasta los mismísimos tobillos para contentar a los cuatreros políticos que le llevaron al paraíso monclovita. Solo en los últimos días, ha cedido las líneas maestras de los presupuestos a los ultracomunistas de Podemos provocando el pánico en el mundo económico. Ha pisoteado la dignidad del Estado de Derecho hincándose de rodillas ante las pretensiones golpistas de sus socios catalanes. Sostiene a la ministra de Justicia pringada por las cloacas. Franco se burla de él desde la ultratumba. Y miente, se contradice, hace el ridículo allá donde va, pero se cree el político más garboso del orbe.
A cambio, está disfrutando del poder como jamás había soñado. No ha parado de volar con sus horteras gafas de sol en el Falcon, va en helicóptero al pueblo de al lado, porque los atascos son cosas de la plebe; corretea por los jardines de palacio y sube las fotos a las redes sociales para que los españoles admiren su donosura; se pone a la misma altura que los Reyes en el Palacio Real. Y cada vez que se da un trastazo acusa a la oposición de haberle puesto la zancadilla. Criticarle es cosa de fascistas.
Se ha convertido en un pollo sin cabeza corriendo hacia ningún lado. Resulta casi imposible encontrar en la Historia de España un solo presidente del Gobierno más inepto que él. Zapatero, a su lado, parece un estadista de talla mundial.
Pero, al final, ni las humillaciones, ni las cesiones, ni la bajada de pantalones parecen servirle para su propósito. Todos se mofan de él, todos se aprovechan de él para luego dejarle tirado en la cuneta. Su debilidad parlamentaria, su inexperiencia política, su megalomanía y su afán por amarrarse al poder le hacen vulnerable. Y los más astutos, que son todos, le están chupando la sangre. Pablo Iglesias le torea como a un becerro, los separatistas le fuerzan a ceder hasta la indignidad y luego le niegan el saludo y el apoyo en los presupuestos, los barones socialistas se avergüenzan de él. Está solo y al borde del precipicio, pero tan borracho de poder que ni se entera.
Esa puede ser la explicación de la última monstruosidad que ha hecho para mantenerse al frente del Gobierno Frankenstein. Después de declarar que los dirigentes de la Generalidad habían cometido un claro delito de rebelión, después de tachar de racista a Torra, después de apoyar con entusiasmo el artículo 155, ahora ha dado un giro en redondo para forzar a la Abogacía del Estado a erradicar cualquier referencia a la violencia en su escrito de acusación. Y, lo que es peor, la maniobra no tiene otro fin que allanar el camino para conceder el indulto a los golpistas. Que nadie dude que Pedro Sánchez lo intentará si todavía es presidente del Gobierno cuando el Tribunal Supremo emita su veredicto, cuando condene a los que intentaron destruir la democracia y romper España. Pero incluso entonces, los encarcelados le dejarán en ridículo, pues para que el Gobierno conceda los indultos, los condenados tienen que pedirlo. Y, de momento, lo rechazan, pues se niegan a admitir el delito que presuntamente cometieron. Quieren la absolución. Ya anda Carmen Calvo buscando la treta ilegal para que Junqueras y compañía salgan por la puerta grande de la cárcel en olor de multitudes. En efecto, Pedro Sánchez pasará a la historia. Pero como el presidente más inepto, indecente e irresponsable de la democracia. Aunque él nunca lo sabrá.