El plan del gobierno de Sánchez no es diferente al de los independentistas y los comunistas de Podemos; se trata de aguantar en el poder el mayor tiempo posible sin escatimar costes, como ya se ensayó en la Segunda República, para suprimir a media España. El plan de la Oposición es pedir, a veces sin mucha convicción, elecciones anticipadas; los partidos sedicentemente constitucionalistas no quieren desgastarse demasiado para que no los llamen radicales. Todos simulan huir de la mayor deficiencia de nuestra historia, a saber, media España rechaza lo hecho por la otra media y lo da por inexistente. Pero, envuelto en una meliflua palabrería, vuelve nuestro acostumbrado extremismo. Y otra vez, como hace un siglo, no es ocioso repetir las amargas palabras del más grande humanista e historiador de España: “el lento suicidio de un pueblo que, engañado por gárrulos sofistas, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores y reniega de cuanto en la Historia los hizo grandes”.
Gárrulos sofistas, políticos de pacotilla y sueldo asegurado liquidan tanto el pasado remoto como el más cercano, sin que nadie pueda mostrar con claridad los caminos de la emancipación del pueblo español. Esto, el Estado, no está en vilo sino cayéndose a trozo, después de haber pisoteado la Nación… Nadie creía el 17 de julio del 36 que a otro día, el famoso 18-J, comenzaría la guerra civil más monstruosa de la historia contemporánea. Tampoco hoy hay mucha gente dispuesta a decir que el gobierno de Sánchez tiene que ser juzgado por delito de alta traición a su nación, pero nada hay más cierto que los signos dados por este Gobierno de apoyo a los golpistas catalanes. Sánchez y sus ministros antes aparecen como marionetas de los separatistas y populistas que como políticos autónomos, representantes dignos de un pueblo desarrollado, que defienden el Estado-nación.
Acaso por eso, por esa apabullante masa de datos, noticias y acciones que nos muestran a un gobierno de espaldas, como mínimo, a media España, tengamos que reconocer que ya quedó atrás la mayor aportación de España a la historia reciente: la transición ejemplar de una dictadura, la de Franco, a la democracia. Ahora, por el contrario, estamos asistiendo al proceso inverso, a la consumación de un retroceso que comenzó con los atentados criminales del 11-M, la llegada de Zapatero al poder, y la atrabiliaria moción de censura que puso a Sánchez y los independentistas en el poder; vivimos, en verdad, un trágico tránsito de la democracia a la dictadura de los socialistas, separatistas y populistas.
Así las cosas, empecemos a valorar lo que de bueno tiene nuestro despreciable extremismo. Reconozcamos, antes de que sea demasiado tarde, la limpia posición de intransigencia que hizo alguna vez grande a España, seamos intransigentes incluso con nosotros mismos. Digamos con los versos de Lope de Vega: “Yo nací en dos extremos, que son amar y aborrecer: no he tenido medio jamás”. O amamos la democracia, es decir, la nación española, o viviremos de rodillas ante el poder de la chusma separatista, o sea aborrezcamos al gobierno que la patrocina.