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TRIBUNA

La esfera vasca

jueves 08 de noviembre de 2018, 19:47h

Numerosos comentarios han provocado las calculadas comillas que envolvieron el “agravio” español sobre Alsasua. Basta leer a un lado la prensa oficial navarra, de otro los diarios de tirada nacional – quiero decir los que se publican en todo el territorio del Estado – para hacer evidente el horizonte al que nos dirigimos. También para reconocer la posición oficial de los autores de las comillas: la Radio Televisión Española y la Agencia EFE. No cabe dudar de la unanimidad que produce la oposición a la presencia española en España y no me refiero a la ciudadana inglesa, F. Jackson, que reclamó ante su agencia de viajes por la gran cantidad de españoles que encontró en Benidorm. Me refiero a la escasa presencia de españoles en la unánime merindad pamplonica, escasa pero suficiente para generar los anticuerpos que expelan tan infecciosa realidad. Menos del 2% del censo electoral, dice la prensa foral, razón suficiente para negar su presencia en la calle, que es propiedad de la unanimidad bien representada por el señor de las ajorcas y los aretes, por ese anciano matarife bien anillado que, oculto tras su bigote, fue una de las figuras de la resistencia al maketo opresor que quiso ofrecer su agresivo discurso en las muy nobles calles de la ciudad

Los jóvenes del bozo cubierto y la sudadera de guerrilla apelaron en un castizo español a los agentes que protegieron la convocatoria, que tuvo la delicadeza de titularse “España ciudadana”. Delicadeza insuficiente y absurda que quiso atenuar el sustantivo con un adjetivo biempensante. Bien saben los discípulos del mostachón casi nietzscheano, Josu Zabarte Jn., que bajo la toga ciudadana se esconde España y, sin duda, huelen bien la temerosa precaución del que se esconde. A la voz más simple y directa de “España”, sin adjetivos, la respuesta habría sido idéntica pero más evidente el sentido para los que, más allá de las ilustres fronteras abertzales, se contemplen antes como españoles que como ciudadanos.

La imagen que hemos podido ver tenía el robín de lo viejo y lo gastado, el propio gudari irredimible es un señor de edad avanzada. El hastío que genera la repetición de este gesto de afirmación ciudadana procede de su incapacidad para entender que no hay posibilidad de comunicación, que la hermética hostilidad de esa unánime Alsasua, pide una afirmación contraria y que el gesto de deponer allí unas palabras más que simbólico es, simplemente, electoral. Aunque si surtiera efecto electoral acaso podríamos acabar reconociéndolo como símbolo y como anuncio de otra realidad.

Pero es que menos que a esos jóvenes embozados y a su resentido líder nos gusta a nosotros España, la España efectiva cuya realidad impugnamos, la España asfixiada por su aspiración neo-europea y por su arquitectura formal o constitucional. Frente a la España que ha enarbolado la derecha progresista y socialdemócrata buscamos en nuestro suelo histórico las raíces agostadas de otra España. Tampoco es la España enfáticamente nacional y homogénea, sino la España trascendida por la universalidad capaz de albergar su unidad abierta y dispar. Por eso no queremos oponer a ese nacionalismo inmisericorde y fragmentario un nacionalismo análogo, igualmente esférico, aunque de más amplio radio: un nacionalismo de derechas. Si el nacionalista vasco se quiere auténticamente vasco (euskotarrak), sólo se es español – por el contrario – espoleado hacia horizontes que trascienden origen y procedencia, el español está siempre más allá de sí: desmedido. El nacionalista español o no es nacionalista o no es español o, dicho de otro modo: “nacionalismo español” es una expresión contradictoria. Esa contradicción puede tener detrás una errada comprensión de España o supone un paso más en el progreso de ajuste de la realidad de España a la forma de nación política. Si hubiera que aceptar la constitución nacional de España, lo sería únicamente como un momento, acaso necesario, para trascender esa constitución hacia la formación de una unidad capaz de superar esa identidad política. Hacia la unión hispano-americana que, aunque cada día menos posible, significaría por su dimensión – capaz de universalidad – la salvaguarda en su seno de nuestra pequeña realidad hispano-europea. Universalidad es nuestra aspiración y nuestro signo, universalidad abierta como la expansión sin límites que, frente a la esfera aunque creciente invariablemente cerrada, rige la figura lineal y tajante de una cruz siempre inacabada.

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