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TRIBUNA

El gobierno de España

Juan A. Hernández Les
sábado 10 de noviembre de 2018, 19:06h

La idea de un concepto de España no corresponde hoy a la idea de una pertenencia a un pueblo, a una nación, sino, encialmente, a un Estado. Después del motín de Esquilache -1766-, o del de Aranjuez -1808- prácticamente no se ha vuelto a hablar en España de pueblo, concepto arramblado por los partidos. Esta es una cuestión que no debe dejarnos tranquilos, ya que cuando se habla de naciones sin Estado se olvida que no hace tanto tiempo también el Estado estuvo en crisis, como lo estuvieron los partidos si nos remontamos al pangermanismo o al paneslavismo.

Es cierto que nación se refiere a pueblo, y que Estado se refiere a individuo -¿quién me protege?-. Es cierto que si el Estado se desmorona desapareceré como individuo y habré de desaparecer infiltrado en la confusión de la masa, otro asunto que estuvo muy de moda cuando el pueblo empezó a sentir que ni era protegido por los partidos ni por el Estado. Los panes, los nacionalismos, los fascismos y el franquismo se parecieron mucho en una cosa: en el intento de la ruptura de clases, y en el engaño a las burguesías, al menos históricamente, pues creyeron éstas, ilusas, que gobernarían solas sin tener que ceder ni un ápice al pueblo. La vuelta de la nación frente al retroceso progresivo del Estado se vuelve fácil ya que la igualdad social, aunque sea un espejismo, parece extenderse con cierto vigor.

El eslogan propagandístico del mal llamado gobierno de España está cogido por los pelos, no sólo porque se trate de una transgresión lingüística, falsa asunción o anacoluto miserable, sino porque se produce sin atender a esta crisis epistemológica con la que abordamos el problema. Lo inventó Zapatero y lo continua Sánchez, este avenido. Los individuos sin Estado, de seguir este proceso, se verán obligados a seguir a una nación, es decir, a un pueblo, aunque entonces tendrán que reconocer el tipo de sangre que va en sus venas, reprimir su nombre hasta normalizarlo, o huir al mar como un marinero errante. Es decir, este individuo cederá su identidad, la que le conformó como persona, a costa de perder los atributos de su personalidad, hasta su disolución. No basta con haber nacido en un lugar, sino que habrá que demostrar que perteneces a una raza.

La crítica a un supuesto españolismo esgrimido por algunos para desacreditar a los que no se sienten nacionalistas, es necia, carece de rigor; es una pura posición, como diría Foucault o Canetti. Más que de una composición de españoles que se sienten españoles, habría que hablar de un grupo de españoles que se sienten ciudadanos de España, ese lugar donde se carece de pueblo, que es una nación, y que puede correr el peligro de eliminarse como Estado. Así, estamos pasando de la vieja e histórica desvertebración orteguiana a ser los españoles unos individuos sin suelo, unos Juan sin tierra.

Entre 1931 y 1936 hubo en España dieciséis gobiernos, coincidiendo en el periodo dos revoluciones homogéneas que nada querían saber de la democracia, por más que se fuera a votar y se contaran los votos de aquella manera: de un lado la revolución socialista; de otro, la revolución contra España, la de su desintegración. Los vencedores de la guerra posterior nunca pudieron reestablecer la nación pero, en contrapartida, hicieron esfuerzos por articular el Estado, ese paradigma que nunca había sido, que nunca había estado entre nosotros (antiguamente los funcionarios eran de partido, no del Estado). La memoria histórica no quiere recordar que entre 1933 y 1939 la mayor parte de los países europeos capitalistas adoptaron Regímenes muy próximos a las dictaduras o hicieron apaños para gobernar con apariencia de mayorías en donde los gobiernos actuaron dictatorialmente: véase Polonia o Francia. Los colaboradores del nazismo en Europa se extendieron por todos los países, y sus nombres producirían sonrojo a los actuales corregidores.

El odio al Estado es odio a España. Otra cosa diferente es que España esté dotada de un Estado, y que este Estado se haya agiornado en una forma de federación sub especie aeternitates que gira ya abiertamente a la Confederación sin que los sanculotes convoquen a los Estados Generales. El hecho de que no exista tal debate, y que este proceso quiera ser llevado con toda impunidad por los semióticos de los calzoncillos convierte esta actualidad en una degradada ficción de terror vacui.

El mal llamado gobierno de España, que parece más bien un invento del cínico Mirabeau, con una cierta apoyatura republicana, la de los sansculottes, digámoslo ahora en francés por eso de la concordancia, olvida que en democracia se gobierna en oposición, y no contra ella. En realidad, es la oposición, decía Hannah Arendt, más que la posición simbólica del rey, la que garantiza la integridad del todo contra la dictadura de un partido. España todavía no es una dictadura, pero los insultos emitidos por panegiristas deslenguados, o por políticos sin oficio contra personas decentes, son la manifestación más cutre y deplorable de la dictadura de un partido contra la oposición. En Europa las mayorías que gobiernan con alianzas hicieron posible que gobiernen los mejores de cada partido.

Juan A. Hernández Les

Historiador

JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.

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