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DESDE ULTRAMAR

México: ¿nuevo plan de seguridad?

jueves 15 de noviembre de 2018, 20:05h

En vísperas de un traspaso de poderes entre el presidente saliente, el priista Peña Nieto, y el entrante, el morenista López Obrador (1 de diciembre) dos notas enmarcan el necesario nuevo plan de seguridad –nacional, interior– que debe acompañar un modelo renovado a presentar por el nuevo gobierno.

La primera nota ha sido que el capo Joaquín Guzmán Loera “El Chapo”, dos veces fugado y ahora extraditado a Estados Unidos –donde se lo juzga– manda decir por boca de su abogado que sobornaba a los presidentes Calderón y Peña Nieto, mientras en Nueva York se cierra el puente de Brooklyn para que lo atraviese en exclusiva cada vez que se produzcan su ida y regreso al juzgado. Una bomba que desde luego, rechazan los aludidos. La segunda es la presentación del referido plan, uno muy esperado si consideramos el fracaso del PRI y la inoperancia del PAN en la materia, los dos partidos gobernantes precedentes, ante un tema grave, sensible.

Es preciso decirle al lector que en 2012 en plena guerra contra el narco desatada en 2007, el PRI decía en campaña que si le dábamos el voto, solo entonces nos diría qué haría para paliar la violencia desatada por aquel conflicto. Ganaron la presidencia y nunca nos dijeron qué harían. Peña Nieto se la pasó un sexenio solo diciéndonos que aplicaba una estrategia. ¿Cuál? nunca la supimos. Gastó millonadas en decir eso en los medios, sin más. Veíamos capturar capos a veces y decía que se combatían. Una táctica sobradamente fallida. 2017 es el año más violento de nuestra historia. Usted dirá si no fue un fracaso rotundo, en tanto crecían el narcomenudeo o las fosas clandestinas.

Y en ese contexto existía una gran expectación para ver qué propondría el equipo entrante. A mí no me ha dejado boquiabierto, sino patitieso. Ha sido decepcionante. Ante la ofrecida continuidad priista, los nuevos presentan ideas poco originales. Llamado pomposamente como Plan Nacional de Paz y Seguridad, precedido de 8 puntos a abordar proponiendo lo de siempre: respeto a los derechos humanos, justicia efectiva, reparación de daño, combate a las drogas, construcción de la paz, es un listado un tanto vago, pues aunque propone atender las causas de la intranquilidad y la violencia, apuntando al desarrollo económico y social y al fortalecimiento de los valores, no queda clara la eficacia del combate y los resultados.

El presidente electo plantea que su eje de combate a la violencia y por ende, entenderíamos que ello se reflejaría en mejores condiciones de seguridad, que se proteja a los jóvenes (votantes en potencia) y fortalecer a las familias para evitar que se desbalaguen. Supone atender la economía como causa de la violencia e inseguridad ante la falta de oportunidades. Establece además la materialización de una Guardia Nacional. Ella se conformaría de 266 coordinaciones, de 120 a 150 mil efectivos. Y espanta el panorama: requerirá de 120 mil a 150 mil efectivos. De qué tamaño es el problema de seguridad, dicho sea. Es una cantidad nada despreciable vía una convocatoria de reclutamiento midiendo recursos y tiempo (3 años) para conseguirlo. Hasta ahora dicho así, colisionan sus ideas de austeridad con estos gastos nuevos. Dependería del ministerio de Defensa y ante la descomposición de los cuerpos policiacos, concebidos como el soporte de garantizar la seguridad sin ya hacerlo, apuesta a ser la nueva garantía para obtener esa quebrantada seguridad pública, la interior y la nacional, integrándola en un inicio tres policías en una sola corporación: la militar, la naval y la federal.

De índole policíaca no queda claro exactamente para hacer qué. Irá a las regiones más requeridas de seguridad, afirma. El concepto es positivo solo si tiene por modelos al francés, si acaso al estadounidense, pero puede sí, virar hacia el ejemplo panameño de Noriega y el indeseable venezolano chavista. Sí, es posible, también. La desgaja en gran medida de las fuerzas armadas a las que refrenda en sus tareas de seguridad tan criticadas, como en los dos sexenios recientes. Así, en ello no hay novedades. Seguirán las fuerzas armadas en las calles. Esto es importante porque el presidente electo y la corriente ideológica de izquierda que lo sostiene, como opositores se opusieron a este modelo militarizado. Ya como gobierno, refrenda ese actuar.

Además, se repone un ministerio de seguridad pública muy desmantelado en el inoperante sexenio priista que termina y que su ausencia ha descoordinado los esfuerzos en la materia –en una política priista irresponsable de desbaratar todo lo desarrollado por sus antecesores y con pésimos resultados– y los cerebros de este plan nuevo no revelan ser lumbreras en la materia de seguridad. Las medidas dejan más preguntas que respuestas.

López Obrador ha señalado que se respetarán los Derechos Humanos, mientras se debate la constitucionalidad de una ley de seguridad interior polémica que militariza México y revuelve conceptos con seguridad nacional o pública, y expresa el presidente electo la necesidad de formular “Nuevos paradigmas de seguridad” que cuestionan las instituciones vigentes, con razón, por ineficaces, dígase, pero que abren incógnitas hacia el futuro, apelando a soluciones del pasado que no funcionaron. Y encima, no esperemos milagros y el problema de fondo lo veo irresoluble.

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