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TRIBUNA

Muertos y resucitados

jueves 22 de noviembre de 2018, 20:15h

Siguiendo las lecciones del pensamiento positivo no dejo de intentar convencerme de la bondad de mi circunstancia. Si proyectara sobre el mundo una luz cálida y amable haría del mundo una realidad cálida y amable. Parece, sin embargo, que emano una luz secante y fría. Sólo logro abrir la realidad y helar sus entrañas. Aptitud de anatomista que no contribuye a suavizar la aspereza de mis días.

En torno a mí hay profundas razones para la alegría: familia e hijos, trabajo, placeres moderados, triunfos sin alharaca equilibrados por derrotas sin heridas… y, sin embargo, avanzo contra un viento ardiente y seco a través del desierto sin matices de esta vida. El problema es esta vida. La vida del hombre moderno que dejó de ser el hombre tradicional y no ha alcanzado las costas de esa tierra prometida que habitaría el hombre nuevo. Y así empieza a sospechar que ésas son costas de fantasía y el nuevo hombre no es más que el hombre moderno que ha dado la batalla por perdida y ha asumido sin resistencia los principios de la nueva ideología. Políticamente irreprochable, ciudadano comprometido, trabajador y consumidor responsable que se esfuerza por otro mundo posible y medita un rato cada día sobre el lugar del hombre en el mundo y especialmente sobre el valor de su efímera existencia.

Incapaz de encontrar sentido en la energía cósmica, consuelo en la belleza de un paisaje caduco, en la breve inocencia de una criatura, en la fugacidad intrascendente de la vida. Ego diminuto y precario que carece incluso de la soberbia consciencia de una enfática identidad. Soy otro ejemplar del ciudadano ultramoderno condenado al tedio que antecede a la depresión que precede a la oportuna supresión. Como tantos hoy, encuentro rasgos propios en la figura del zombie, no he muerto pero tampoco podría decir que esté vivo.

No creo exagerar cuando afirmo que en una situación próxima a ésta se encuentran enormes contingentes de población de la Europa actual. Existencias anodinas y tristes, con una melancolía abismal cuya raíz consiste en un desfondamiento radical, en una pérdida fundamental o una privación de absoluto. Desvanecido todo firme teológico y conmovidos sus sucedáneos antropológicos (el Hombre, la Nación, la Civilización, la Democracia…) asumimos nuestra ridícula estatura de primate hablador y buscamos consuelo en los vaivenes de nuestra voluntad errática, carente de eje al que someter su frágil disposición. Y es a nuestra subjetividad dislocada y solitaria a la que apela el pensamiento positivo y sobre la que caen los abundantes manuales de autoayuda o la homogénea diversidad de las terapias psicológicas; mientras esperamos la pronta llegada de la eutanasia que nos libere de la carga angustiosa de esta vida estupefaciente, a la vez inquieta y fría.

Sólo hay una fuente capaz de revitalizar la vida y alcanzarla debiera ser el último objetivo de nuestra acción. Pero no se logra por medios políticos o económicos que antes obstruyen que facilitan su acceso y por eso no puede ser objetivo de una revolución meramente política. En nuestra desorientación hemos olvidado su nombre. Hablamos de felicidad o de saber, de libertad o independencia, de poder o de riqueza y olvidamos que incluso la entrega de uno mismo nada vale si no tengo caridad: una privación sensible que pide ser colmada con la presencia del prójimo, el elemento de cualquier comunicación real. La caridad es el signo de una revolución sustancial, elemental, metapolítica. En la política y en la sociedad española no queda el menor vestigio de esa virtud, inaccesible porque ha de sernos concedida. Y sólo la humildad, que reconoce una carencia, es la disposición en que puede ser pedida. Porque sólo el que pide, recibe; sólo al que llama se le abre. Esa disposición nos está vetada, la figura del hombre moderno es, por el contrario, la de un menesteroso orgullo, una soberbia desvalida… en resumen la de un dios quebradizo y roto que camina moribundo por la vida.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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