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TRIBUNA

Elogio de la decadencia

Juan A. Hernández Les
sábado 24 de noviembre de 2018, 19:43h

Hay una literatura de la decadencia, y una filosofía, y una vida de la decadencia. Un hombre decadente es alguien que sabe que la Historia está pasando por delante de él, que le rebasa, mientras sus contemporáneos no se enteran de nada, aunque les pase la vida. Para ser un auténtico decadente hay que vivir un cierto tiempo, y han de ocurrir algunas cosas. Pasar de un estado a otro, sufrir una guerra y sobrevivir a ella. Y sobre todo, se trata de un estado de ánimo a la vez que de una resistencia, un respeto a lo que fuiste, y un respeto al pasado, a tu verdadera época. Uno puede ser un decadente si aspira a vivir como un romántico de Weimar, o como un caballero de la Corte de Catalina de Rusia.

El ejemplo máximo de decadentismo fue Valle, y después Camba y Ruano. Hay quienes sostienen, por ejemplo, que Camba fue escritor “entre dos épocas”. En este sentido, deberíamos considerar un hecho importante: la literatura de la decadencia, sólo es posible a partir de la conciencia de la desintegración de una dignidad, de la propia libertad o de la identidad cercenada por la irrupción violenta de un acontecimiento o acontecimientos que cambian la sociedad y el mundo. Cervantes, consciente de vivir en un mundo horrible, escribió El Quijote; Chateaubriand, que se salvó por los pelos de la guillotina, viose obligado a escribir sus Memorias de ultratumba; y más recientemente Zweig, conminado a refugiarse en el exilio, hubo de afrontar El mundo de ayer. En el cine sirva de paradigma la figura de Visconti, quien organizó una obra completa a partir de la mirada de un intelectual con mala conciencia por proceder de la aristocracia, como se observa en El gatopardo, o después en Muerte en Venecia, filme en donde Visconti es una decadencia de sí mismo.

Sin duda, Camba sobrevivió a su tiempo: primero a un exilio económico, después a las guerras europeas, a la República, a la guerra civil y a un franquismo tedioso. Él mismo prefiguró en su forma de vestir un canon fatídicamente narcisista y un oculto fatalismo trufado de falsa comicidad, pero definitivamente trágico por más que se esconda. Esta decadencia que también usaron Wenceslao, Valle, González Ruano, y en menor medida Jiménez Caballero y Ortega. La decadencia es el anacronismo de vivir en medio de una época que no nos merece, o que simplemente nos desprecia al demostrar que hemos vivido.

En la Restauración o en la Dictablanda, en la República o en el Franquismo, el decadentismo es el punto de referencia ideológico para entender las cosas. La España de la Restauración, al prolongarse, fue pura decadencia, y la República la decadencia misma, aunque se maquillara de revolución. Los españoles de entonces eran más parecidos a sus abuelos de la Gloriosa que a los que vivimos la transición. Cuando el franquismo se instala, todos los vencedores se vuelven decadentes. Viajan al casino o al café. Las niñas bien van a bailar a la Hípica. La gente coge el tranvía o el autobús, porque la pobreza ha igualado a todos en muchas cosas. No hay vacaciones para casi nadie. No hay parados, sino cesantes. Toros en verano y cine en invierno. Fútbol los domingos. Sólo van de fiesta los extranjeros, porque éste es el mejor país del mundo para vivir si eres extranjero, igual que hoy.

Lo propio de un hombre decadente es ser un extranjero en su propio país. La prueba la tenemos el día en que Alcalá Zamora dio el discurso de bienvenida a los diputados de las Cortes Constituyentes el 14 de julio, y la conversación que Plá y Camba mantienen en los pasillos después de los primeros nombramientos. Para Camba, Don Niceto había batido todos los records. Al parecer, Camba había tenido ilusiones diplomáticas en los días anteriores. Sus ojos, en opinión del hombre que más se le pareció –Josep Plá- eran una mezcla entre irónicos y entristecidos.

Este gracioso diálogo transcrito por Plá seguramente tendría otro tono en la pluma de Camba, pero en cualquier caso los dos también observaron con un cierto humor negro el advenimiento de la República y asumieron el franquismo después de la guerra civil. El hecho de haber vivido encerrado dentro de un hotel la mayor parte de su etapa final dice mucho de la psicología del personaje. Por aquel tiempo un personaje muy diferente a él, Howard Hughes, también se acoquinó en la habitación de un motel, mucho más humilde y cutre que el Palace, y allí permaneció hasta la muerte, produciendo una mitología que Welles trató en Fraude, en 1973. Delante del Palace tenía las Cortes franquistas, y ese escenario es un buen lugar para enterarse de todo lo que podía estar pasando dentro de la ballena. Hotel, dicen, que pagado por Juan March.

A Camba ya no le quedaba otra salida para vivir bien que vivir como un extranjero. Vas a donde quieres. Eliges los amigos. Y no te enteras de nada de lo que pueda pasar en la calle. Nadie se mete contigo. No les preocupa tu religión, tu sexo, ni tus ideas políticas. Puedes pasar de votar –entonces, poco-, y puedes vivir de incógnito. Camba en Madrid, siguió viviendo como en Estambul, Lisboa, Londres, Nueva York, París o Berlín. Se hacía el sueco. Además, el hotel Palace estaba muy cerca de la redacción del ABC, su gran diario, al que más años de su vida dedicó. No hay un solo caso de periodista en el mundo que haya vuelto a publicar sus artículos 40 años después de haberlos difundido en el mismo periódico, y tuvo el valor de permanecer soltero como buen decadente.

Y existe también la técnica del sobrevivir, que es una técnica puramente decadentista, que le proporcionó a Baudelaire una justificación permanente para el cabreo. Camba, una vez, se inventó una partida de póker con un ministro para que éste le diera asilo y comida. El encuentro tuvo lugar en Vitoria, y allí, en un hotel vacío quedó instalado el escritor, que lo único que quería era comer y que acabaría refugiándose en Sevilla para hacer sus crónicas del ABC, muy lejos del frente. Era un hombre fiel a toda idea de decadentismo, igual que Rossellini Y Onetti, quienes recibían a sus colaboradores en la cama, y dormían siempre a pierna suelta. En la cama dijo Camba aquello de que la vida es hermosa, pero se acaba.

Juan A. Hernández Les

Historiador

JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.

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